Al inicio fue solo una sospecha. Las luces blancas en las playas de la península de Guanahacabibes nunca son portadoras de buenas noticias. Quienes trabajan en la conservación y estudio de las tortugas marinas usan luces rojas para no molestarlas durante su anidación; quienes llegan hasta allí para cazarlas ilegalmente, necesitan las luces blancas y no les preocupa usarlas.

Este sitio, en el extremo occidental de Cuba, debería ser un paraíso para ellas. Con una sola vía de acceso terrestre custodiada por una garita las 24 horas, seis campamentos de voluntarios, dos puestos de Guardabosques y los trabajadores del Parque Nacional, la península posee todo un despliegue que debería garantizar la seguridad de las tortugas que, año tras año, llegan hasta estas costas a desovar.

Sin embargo, el lugar aún está lejos de ser un verdadero refugio.

En julio de 2019 nuestro campamento estaba en La Barca, una de las nueve playas monitoreadas anualmente –durante la época de anidación– por los voluntarios del Proyecto Nacional de Conservación de Tortugas Marinas. A menos de un kilómetro de allí, en Playa Cadenas, vimos las luces.

Primero fue una sospecha. Luego, las manchas de sangre, la arena removida y los buitres revoloteando nos indicaron dónde escarbar. Entonces tuvimos la confirmación que tanto temíamos: dos caparazones, aún impregnados de sangre y restos de intestinos, eran la prueba de que allí, en medio de un Área Protegida, se cazan tortugas.

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La caza de tortugas marinas no es un negocio nuevo en Cuba. Si bien ha estado regulada por ley desde los años 30 del pasado siglo, no fue hasta 2008 que el país vedó por completo la captura de estos animales.

Por más de tres décadas, a partir de 1960, la flota pesquera cubana tuvo entre sus objetivos la captura a gran escala de tortugas carey (Eretmochelys imbricata), de la cual se exportaba su concha (con gran valor para las artesanías) y la carne se destinaba al consumo en el mercado interno.

Declarar la veda total en aguas nacionales le tomó a la dirección del país casi dos décadas, después de la entrada de Cuba a la Convención sobre el Comercio Internacional de Especies Amenazadas de Fauna y Flora Silvestres (CITES, por sus siglas en inglés) en julio de 1990; aunque la reducción en la caza de tortugas fue notable en 1992, tras el cierre del mercado internacional de productos de tortugas marinas, bajo los acuerdos de CITES.

Entre 1994 y 1995, ya sin mercado internacional para los caparazones, el Ministerio de la Industria Pesquera (MIP) impuso una veda permanente para la caza de tortugas marinas en las aguas cubanas, con dos excepciones: la captura tradicional de las especies en Isla de la Juventud y en Nuevitas, Camagüey.

En 1997 la Resolución 83 del MIP limitó su pesca a 25 toneladas, repartidas entre las dos únicas empresas autorizadas: Islaescama (Isla de la Juventud) y Nuevimar (Nuevitas); declaró la veda de estas especies durante el período reproductivo (meses de mayo, junio y julio) y estableció la talla mínima de 65 centímetros para los ejemplares cazados.

Finalmente, para 2008 la Resolución 009 del Ministerio de la Industria Pesquera declaró la veda total de las tortugas marinas, poniendo fin a cualquier tipo de caza de estos animales. Tres años más tarde, la Resolución 160 de 2011, emitida por el Ministerio de Ciencia, Tecnología y Medio Ambiente, listó a las tortugas marinas en el Apéndice I de las “especies de especial significación para la diversidad biológica en el país”. Ello representó la salida de las tortugas del listado de especies cazadas por instituciones estatales, ya que “los usos u otra actividad relacionada con las especies del Apéndice I, solo se autorizan con fines de investigación científica o de conservación”, según se lee en el Artículo 21 del documento.

Sería imposible negar los esfuerzos realizados por el país. Sin embargo, la sobrexplotación a la que se sometió a la especie durante décadas fue notable. Según el informe presentado en 1997 por la delegación cubana ante la Décima Conferencia de las Partes de CITES, se estima que solo entre 1970 y 1995 la flota pesquera cubana capturó más de 112 000 ejemplares de carey; aun cuando la especie había sido reconocida desde 1982 dentro del Apéndice I de CITES –donde se recogen aquellas especies amenazadas de extinción– y Cuba es signataria y miembro de CITES desde julio de 1990.

La propuesta presentada por Cuba en 1997 pretendía mover la población cubana de carey del Apéndice I al II, para permitirle al país comercializar con Japón un stock cercano a las 6 toneladas de concha de carey, proveniente de los ejemplares capturados entre 1993 y 1995. En esos tres años las empresas cubanas habían cazado 4 338 ejemplares, estimaba el informe. Pero la enmienda a los apéndices no fue aprobada.

Desde su entrada a ese mecanismo internacional, y hasta hoy, Cuba mantiene una Reserva sobre el carey y la tortuga verde (Chelonia mydas). Se trata de una ventana que le permite al país –aún siendo parte de CITES– no respetar el acuerdo que decretó el cese del comercio internacional de carey en 1992, e hipotéticamente continuar comerciando legalmente productos provenientes de estas especies con los dos países que mantienen activa la misma Reserva: Palaos y San Vicente y las Granadinas.

Lo interesante es que, desde 2008, Cuba vetó la caza de esta especie en sus aguas territoriales, por lo que la Reserva que aún mantiene en CITES carece de objetivo práctico. O, al menos, eso parece.

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Los cazadores furtivos entierran los caparazones de sus presas en la arena. Cavar estos hoyos, sin utensilios, es una tarea dura (Foto: Jans Sosa).

Desenterrar los caparazones en Playa Cadenas nos tomó casi una hora. Sin palas ni utensilios tuvimos que retirar la arena con lo que encontramos: un pedazo de remo, un pedazo de tanque plástico, nuestras manos…

A medida que buscábamos “herramientas” encontramos también los restos de matanzas anteriores: fragmentos de petos secos al sol, aletas dispersas entre la maleza, rocas manchadas de sangre. Lo que a la distancia semejaba un paraíso tropical, se nos revelaba como un cementerio.

Cazar tortugas, en esos lares, no es una ciencia oculta. Muchos de los pobladores locales pueden sentar cátedra de cómo hacerlo con eficiencia. En nuestro caso, la explicación nos la dio uno de los visitantes que tuvimos. Luego supimos que ese muchacho que apenas llegaba a los 20 años, hablaba de las tortugas diciéndoles “pejes con concha” y disertaba sobre caza ilegal, era el hijo de uno de los guías del Parque Nacional.

En Guanahacabibes hay un momento en el que los cazadores furtivos pueden aprovechar para cazar a las tortugas con facilidad: el desove. Mientras ponen los huevos en la arena, estarán totalmente quietas, indefensas ante su mayor depredador en tierra: el hombre.

La brutalidad del acto en sí mismo, aterra.

Escondidos en la maleza, los cazadores esperan a que las hembras lleguen a la playa, entonces las golpean en la cabeza –puede ser con una piedra, un tronco o cortándolas con un machete. Luego las viran bocarriba para cortarles el cuello. Con un poco de suerte, caerán con el primer golpe, de lo contrario morirán degolladas, entre estertores.

Muchas veces los cazadores furtivos viran varios ejemplares al mismo tiempo, los cuales permanecen en esa posición, totalmente indefensos, hasta que llegan sus turnos de ser sacrificados.

El siguiente paso es una carnicería: separar el peto, cortar y botar las aletas, destajar los músculos y guardarlos en sacos, vaciar las vísceras hasta que de la tortuga apenas queda la concha y algunos despojos: un cuenco vacío y sanguinolento que luego será enterrado para cubrir las huellas de la matanza.

A pesar de la veda impuesta desde 2008, reportes más recientes atestiguan que la demanda de productos de estos animales se mantiene en comunidades costeras y sitios turísticos en todo el país. No solo el consumo de su carne basado en supuestas propiedades afrodisíacas, sino también de artesanías elaboradas con los caparazones.

El artículo “Achievements and challenges of marine turtle conservation in Cuba”, publicado por el Boletín de Ciencia Marina de la Universidad de Miami en enero de 2018, recoge que la existencia de una “red de restaurantes privados en ciudades costeras con un gran número de visitantes extranjeros –como La Habana, Camagüey, Trinidad, Santiago de Cuba y Baracoa– aumenta la demanda, ya que la carne de tortuga se ofrece clandestinamente a los clientes y se promueve como un manjar afrodisíaco. Alrededor del 15 % de los restaurantes visitados ofrecían carne de tortuga. El comercio ilegal y el tráfico de caparazones de carey y artesanías también se producen en estas ciudades como resultado de la demanda turística. Las artesanías de carey se ofrecían en 29 de las 42 tiendas visitadas, con precios que llegaban hasta los 200 dólares por objeto”.

Para los locales, la caza de tortugas no es extraña. La han practicado por generaciones y todavía lo hacen (Foto: Jans Sosa).

Sobre la caza ilegal de esta especie, el documento apunta que “el 91 % de las incautaciones de carne y de redes se producen en el noroeste de Cuba”, y que además de la depredación de las hembras anidadoras en playas de débil vigilancia y remoto acceso, se realiza la pesca en zonas de alimentación y corredores migratorios usando redes y arpones.

Sin embargo, en el documento resalta un dato crucial: “en el 33 % de las playas protegidas” de Cuba se reporta la caza ilegal de la especie.

El informe está firmado por especialistas de instituciones cubanas y estadounidenses, y para su elaboración fueron visitados 68 restaurantes y 42 sitios de venta de artesanías. Según el documento, entre los años 2004 y 2014, las autoridades cubanas incautaron “más de 3 000 kg de carne de tortuga y docenas de kilómetros de redes, aunque las cantidades muestran una gran variación anual, tal vez debido a un esfuerzo irregular de aplicación de la ley”.

En Guanahacabibes el esfuerzo por aplicarla depende de las condiciones de trabajo del Cuerpo de Guardabosques, el cual no cuenta con medios de transporte para realizar el patrullaje de la zona (más de 156 200 hectáreas entre áreas terrestres y marinas), limitando así la eficacia de su labor.

El entramado legal cubano, posterior a 1959, normó la caza de esta especie desde 1973, cuando se prohibió su captura a los pescadores privados. Sin embargo, no fue hasta el Decreto Ley 164 de 1996 (Reglamento de Pesca) que se establecieron multas de 400 a 4000 pesos por la pesca ilegal de tortugas marinas en aguas cubanas, y de 500 a 5000 pesos por recolectar, conservar o comercializar huevos de tortugas marinas.

Actualmente, para todo el territorio cubano está en vigor la Ley 129 de Pesca, la cual establece la multa de 5 000 pesos a quien pesque carey, tortuga verde, caguama (Caretta caretta) y tinglado (Dermochelys coriacea); y a quienes recolecten, transporten y/o comercialicen huevos de tortugas marinas.

Además, en dependencia de la gravedad de la infracción cometida, el cuerpo legal prevé “la suspensión o cancelación de la licencia y el decomiso del producto, las artes y avíos de pesca, incluyendo los buques, embarcaciones y artefactos navales y cualquier otro medio utilizado para cometer la infracción o directamente vinculado a la misma”.

Multas y decomisos, a eso se enfrentan los cazadores furtivos que tienen como presa las tortugas marinas en Cuba. Apenas 5 000 pesos por cazar un animal al que le tomó, como mínimo, 16 años conseguir la edad reproductiva. Una cifra de dinero similar se consigue al vender las cerca de 100 libras de carne que pueden obtenerse de una tortuga verde adulta.

En contraposición, las regulaciones legales de México y Costa Rica, prevén sanciones de cárcel para los cazadores furtivos de estas especies. En el caso del Artículo 420 del Código Penal Federal de México, se impone la “pena de uno a nueve años de prisión y por el equivalente de trescientos a tres mil días multa, a quien ilícitamente capture, dañe o prive de la vida a algún ejemplar de tortuga o mamífero marino, o recolecte o almacene de cualquier forma sus productos o subproductos”.

Mientras que la costarricense Ley de Protección, Conservación y Recuperación de las Poblaciones de Tortugas Marinas, establece que “quien mate, cace, capture, destace, trasiegue o comercie tortugas marinas, será penado con prisión de uno a tres años. La pena será de tres meses a dos años de prisión para quien retenga con fines comerciales tortugas marinas, o comercie productos o subproductos de estas especies”.

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La presencia de huevos entre los restos de las tortugas encontradas permite asegurar que se trataba de hembras adultas que llegaron a anidar en Playa Cadenas (Foto: Jans Sosa).

Aunque por mucho tiempo los caparazones han sido uno de los motivos esenciales de la caza de tortugas marinas, en las playas de Guanahacabibes estos son dejados atrás en la mayoría de las ocasiones, enterrados en la arena para evitar llamar la atención. Allá, las tortugas verdes son sacos de carne a los ojos de sus depredadores.

Ello obedece a las circunstancias excepcionales de la zona. Según explica Julia Azanza Ricardo, Doctora en Ciencias, responsable del Programa Universitario de Conservación de Tortugas Marinas e investigadora del Centro de Investigaciones Marinas, “dejan los carapachos atrás porque sacarlos [del Parque Nacional] es muy difícil: abultan mucho y eso aumenta la posibilidad de ser descubiertos. La carne es más simple de esconder. Además, arrancar las conchas a un carapacho fresco es muy complejo. Por eso, si quieren tener el carapacho, muchas veces lo que hacen es dejarlos bajo agua y regresar luego a buscarlos. Lo que pasa es que en el área de anidación eso es prácticamente imposible, sobre todo por el sistema de vigilancia que está implementado. Es por esa razón que solo aprovechan la carne y dejan detrás todo el carapacho”.

Entre los consumidores, ya sea en poblaciones costeras o en ciudades, es habitual la atribución de altas propiedades nutritivas a la carne de tortuga marina. Sin embargo, la Dra. Azanza confirma que muchas de estas creencias no tienen sustento científico alguno. “Es más consumida por cuestiones culturales, como el mito de que es afrodisíaco, por ejemplo; pero la carne posee altísimos niveles de colesterol, así que no es nada saludable”, explica.

Además, el artículo “Peligros asociados al consumo de carne y huevos de tortuga marina: Una revisión para los trabajadores de la salud y el público en general”, publicado por la revista EcoHealth en 2006, asegura que el consumo de estos animales puede acarrear riesgos “debido a la presencia de bacterias, parásitos, biotoxinas y contaminantes ambientales. Los efectos reportados en la salud por el consumo de tortugas marinas infectadas con patógenos zoonóticos incluyen diarrea, vómitos y deshidratación extrema, que ocasionalmente han resultado en hospitalización y muerte. Los niveles de metales pesados y compuestos organoclorados medidos en los tejidos comestibles de tortuga marina superan las normas internacionales de seguridad alimentaria y podrían tener efectos tóxicos, incluida la neurotoxicidad, enfermedad renal, cáncer de hígado y efectos en el desarrollo de los fetos y los niños”.

El mismo estudio especifica que, entre las bacterias aisladas en tejidos de tortugas marinas (especialmente de la tortuga verde), se incluyen la Salmonella, Mycobacterium, Vibrio, y algunos Escherichia coli; así como parásitos, metales pesados (Cadmio, Plomo y Mercurio) y biotoxinas.

En cuanto a la presencia de este producto en la dieta de las poblaciones costeras, Azanza también asegura que se trata de cuestiones básicamente culturales, pero que “en Cuba no existe hoy una comunidad tan aislada (excepto quizás Isla de la Juventud) que haga imprescindible la presencia de tortuga marina como parte de la dieta. El mismo flujo comercial y la cría de animales hace que la mayor parte de la población tenga acceso a otros productos. No es el caso de comunidades indígenas de otros países que sí viven aisladas y no tienen otra fuente [de alimentos]”.

A ello se suma que la recuperación de la especie en aguas cubanas aún dista mucho de posibilitar un uso sostenible de estos animales, ni siquiera para comunidades donde tradicionalmente las tortugas han formado parte de la dieta. “Aún no hemos llegado, para que haya un uso sostenible tiene que existir una población que sustente ese uso y todavía, al menos en Cuba, no existe. Hay otras poblaciones que sí se han recuperado y lo admiten, pero todavía Cuba no, precisamente porque aún existe la sobrexplotación de las tortugas marinas en aguas cubanas: queda mucha pesquería ilegal e incidental, demanda de productos (carne y accesorios para artesanía). Esa sobrexplotación no permite que las poblaciones se recuperen al ritmo que se necesita”, asegura Azanza.

“El otro aspecto es el económico: la depredación existe, porque existe un mercado negro asociado a la comercialización de las tortugas. Para el pescador es un buen negocio cazar una tortuga porque podría recibir un incentivo económico importante. Hoy la mejor vía es ofrecer alternativas, opciones de desarrollo que se alejen de la depredación de esta especie. A las comunidades hay que ofrecerles alternativas tanto de ingresos como de consumo para evitar que las tortugas se conviertan en el sostén económico de las familias”, concluye.

La Bajada, el poblado más occidental de Cuba, podría ser un ejemplo de ello. Lo que antes fue un caserío de pescadores hoy se ha volcado al turismo y los pequeños hostales y habitaciones de renta frente al mar han venido a sustituir en muchos casos los botes y avíos de pesca. Sin embargo, otras comunidades tierra adentro no poseen las mismas dotes naturales para el desarrollo del turismo como alternativa económica.

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A pesar de los esfuerzos de voluntarios, trabajadores del Parque Nacional y autoridades, Guanahacabibes aún dista mucho de ser un verdadero refugio para las tortugas marinas (Foto: Jans Sosa).

Solo hay una vía terrestre para entrar y salir de la península de Guanahacabibes: la carretera, terminada en 2010, conecta el poblado de La Bajada y el Centro de Visitantes del Parque con el Faro Roncali y la Marina Gaviota Cabo de San Antonio. Solo se accede a esa carretera pasando por un punto de control de acceso donde se chequean los nombres de quienes entran al Parque. Los visitantes nocturnos, que llegan para observar las tortugas en la época de anidación, únicamente pueden traspasarlo con un guía del Parque Nacional que aporta un documento con los datos de quienes lo acompañan.

Nada entra o sale de la península sin detenerse ante la garita. En teoría, el punto de acceso debería funcionar como un filtro infalible. Pero no es el caso.

Una posible explicación sería que entre tanta maleza que circunda la zona, los cazadores hubiesen podido hacer una vereda, una vía alternativa para entrar y salir del Parque Nacional sin ser vistos y así eludir el control de acceso. Pero en el puesto de Guardabosques nos explicaron que era imposible: los trillos que existen en el Parque no permiten el paso a más de una persona y cargar sacos de carne sobre los hombros durante kilómetros no es factible para los cazadores.

O lo que es lo mismo, si alguien saca del Parque dos sacos de carne de tortuga, lo tiene que hacer empleando un vehículo; y si usa un vehículo, solo puede salir por el punto de acceso.

Tampoco los dos caparazones que desenterramos en Playa Cadenas son un caso aislado. El día en que llegamos hasta el puesto de Guardabosques más cercano a denunciar lo ocurrido, coincidimos con los voluntarios de Playa El Perjuicio: habían encontrado dos tortugas adultas patas arriba en la playa, esperando su turno de ser degolladas. Ellos, por suerte, llegaron a tiempo para salvarlas. Ese mismo día denunciamos las irregularidades en el Centro de Visitantes, donde radica la dirección del Parque Nacional.

En la noche del 19 de julio, un día después de nuestra denuncia, un camión de Guardabosques llegó a nuestro campamento: con refuerzos y transporte, esa noche se disponían a patrullar la zona, explicó el oficial al mando del operativo. Fue la única vez, en las dos semanas que permanecimos en La Barca, que los Guardabosques consiguieron patrullar tanto terreno.

Por supuesto, esa noche ninguna luz blanca fue vista en las playas de la Península.

La ausencia de medios de transporte entre los trabajadores de ese Cuerpo en Guanahacabibes hace imposible mantener una vigilancia estricta en los casi 60 kilómetros de costa y miles de hectáreas que ocupa esta Reserva de la Biosfera. Si los niveles de depredación en esta zona no ponen en ridículo al Cuerpo de Guardabosques y a los trabajadores del Parque Nacional es porque, de alguna manera, la presencia de los voluntarios del Programa de Conservación de Tortugas Marinas, sirve de contención.

Pero el Programa solo consigue monitorear nueve playas de la Península, apenas una parte de todo el territorio. Aquellas zonas fuera de la vista de los voluntarios, terminan por convertirse en sitios de muerte, cementerios plagados de caparazones enterrados y abandonados: la otra cara de la moneda de la conservación.

En raras ocasiones y con algo de suerte, los voluntarios llegan a tiempo para salvar a los animales. Otras, la mayoría, solo podemos contemplar durante las caminatas de monitoreo diurno los restos de las matanzas y, a veces, desenterrar los cuerpos mutilados de los animales que fuimos a proteger.

Sobre el autor

Julio Batista Rodríguez

Julio Batista Rodríguez

Melena del Sur, La Habana (1989). Periodista cubano, 29 años de edad. Desde 2015 forma parte del equipo fundador de 'Periodismo de Barrio', donde integra el Consejo Editorial y se desempeña como periodista. Recibió el Premio Iberoamericano de Periodismo Rey de España 2017 en la categoría de Periodismo Ambiental y Desarrollo Sostenible. Graduado de la Facultad de Comunicación de la Universidad de La Habana (2013). Cursó estudios en los postagrado internacional de Periodismo Deportivo (2014) y el de Periodismo Hipermedia (2015) en el Instituto Internacional de Periodismo José Martí. Ha participado en eventos académicos y profesionales como el Foro de Periodismo Centroamericano (El Salvador, 2016), Taller para Periodistas Cubanos (Alemania, 2017) y el Congreso Internacional de Comunicación (La Habana, 2015). Como profesional laboró en el periódico 'Trabajadores' (Cuba, 2009-2016) y como asesor de programación del canal nacional de televisión Tele Rebelde (Cuba, 2014-2016). Además, ha publicado en las revistas 'Cubahora', 'OnCuba', 'Progreso Semanal', 'elTOQUE', 'Cuba Contemporánea', 'Postdata', 'Cuba Posible', el Centro Cultural Pablo de la Torriente Brau, el periódico alemán 'Taz'. Actualmente se mantiene como colaborador de 'Radio Francia Internacional'.

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