Es 7 de julio. Domingo. Estamos despiertos desde las 4:00 a.m., y a mediodía la arena blanca de La Barca es un espejo infernal que refleja el inclemente sol del verano en Cuba. A esta hora es imposible tener los ojos abiertos sin usar lentes oscuros.

Desde La Habana, en transporte directo, hemos tardado más de seis horas en cubrir los 320 kilómetros hasta una de las playas de la península de Guanahacabibes, el Parque Nacional más grande de Pinar del Río y uno de los sitios de mayor anidación de tortugas marinas en todo el Caribe.

Las próximas dos semanas este será nuestro hogar: un bohío sirve de cocina y almacén de suministros y –a pocos metros– un ranchón, bajo el que tenemos tres casas de campaña y una mesa rústica con bancos. Frente a nosotros, una playa de 600 metros de largo.

Hemos llegado en medio del pico de anidación de la tortuga verde, la más abundante de las cinco especies que anidan en las playas cubanas. Ya nos han dicho que el trabajo será duro y el equipo de voluntarios al que relevamos se ve agotado: ojeras, piel muy tostada, barbas y cabellos sin cuidar. Entre risas pregunto si ese también será mi futuro. Ellos responden que no: siempre puede ser peor para los novatos.

Nosotros somos esos novatos.

Nos entregan los implementos de medición que utilizaremos (gigantescos calibradores Pie de Rey para los especímenes adultos y su versión pequeña para los neonatos, cintas métricas, linternas de luz roja para el patrullaje nocturno, contadores manuales), sobre la mesa están las planillas y el registro de los días anteriores. Mientras unos reciben instrucciones, otros desvalijamos el tráiler y luego ayudamos a subir los bultos del equipo que se marcha. A la carrera se ultiman detalles y, en el mismo transporte que nos trajo hasta aquí, regresan ellos a La Habana.

El relevo ha demorado menos de 45 minutos. Durante los próximos 15 días, La Barca, los nidos repletos de huevos en la arena y las tortugas que lleguen hasta allí cada noche, son nuestra responsabilidad.

Lunes 8

Nuestro campamento está casi en medio de la península. Las construcciones rústicas no se ven desde la carretera y, si no fuese por el tanque de agua plástico que está al borde del asfalto, cualquiera podría pasar de largo sin notarlo. Para acceder allí solo hay un trillo que se retuerce entre grandes rocas y lleva directamente hasta la cocina.

Tras la llegada, empleamos las primeras horas en acomodar las pertenencias, armar las tiendas, poner los alimentos en alto (lejos del alcance de los roedores, puercos jíbaros y hormigas), llenar los pomos de agua potable para cocinar y beber (el agua es más importante que la comida), reparar el rústico baño improvisado: un palé de madera en el suelo, ubicado entre cuatro troncos que sirven de sostén a las paredes de hojas de palmera.

Luego hicimos una caminata por la playa. Más por curiosidad que por deber. Aprovechamos mientras había luz para explorar y ubicar los accidentes en la arena, aunque eso no evitó algunas caídas mientras patrullábamos durante la noche. Cenamos espaguetis, un clásico: rápidos, simples de hacer, con muchas calorías.

La primera noche fue un infierno. A pesar del espantoso calor, los jejenes nos obligaban a cubrirnos totalmente el cuerpo. Ayer salieron a la playa cuatro tortugas verdes y tres de ellas anidaron. La primera la encontramos a las 10:00 p.m.; la última a las 3:00 a.m. La primera fue una fiesta, nuestra primera tortuga, 103 huevos; la última, una mueca de resignación, la barrera entre nuestros cansados huesos y el sueño.

Aunque creímos saber, pronto aprendimos que las historias no te preparan psicológicamente para el trabajo en Guanahacabibes. Más que la resistencia física, mantener la cordura es la clave: solo la mente consigue mantenernos en pie cuando el cansancio deja de ser una idea y se convierte en sensación muscular, en calambres y contracturas; cuando, tirados en la arena, somos un festín para los jejenes.

Usualmente, las primeras noches son definitorias. Después de la primera anoche, o te rajas o te quedas allí.

Martes 9

Los primeros días han sido duros. Organizar el campamento, repartir roles, aprender de nuestro trabajo y conocer la playa han sido los focos delirantes. En las últimas 72 horas “adaptarse” es la palabra que más he repetido.

En La Barca toca adaptarse a la falta de electricidad, al calor infernal, a los jejenes que no dan tregua en la noche, a la humedad que nos hace sudar dentro de las casas de campaña cuando tratamos de escapar de los insectos, al ardor del repelente con que nos cubrimos el rostro y el cuello antes de salir a patrullar la playa… En La Barca toca adaptarse, sobre todo, porque no hay vuelta atrás; porque, incluso si el regreso fuera posible, el equipo quedaría incompleto, recargando de trabajo a quienes se queden.

Los picos de anidación de la tortuga verde en Guanahacabibes coinciden con la pleamar, entre las 10:00 p.m. y las 2:00 a.m. (Foto: Jans Sosa).

Somos cinco personas en el campamento y solo uno de nosotros tiene experiencia previa en el monitoreo de tortugas marinas. Randy Calderón es el más joven del grupo, pero lleva más de una década en estos trajines, primero como voluntario, luego como estudiante de Biología de la Universidad de La Habana (UH), ahora como profesor e investigador de su misma Facultad.

Cada grupo de voluntarios que llega a Guanahacabibes como parte del Programa Universitario para la Conservación de Tortugas Marinas, organizado por la Facultad de Biología de la UH, tiene un jefe de campamento, me había explicado Julia Azanza Ricardo, coordinadora general del proyecto. Capacitar a los novatos es una las responsabilidades del jefe de campamento.

Con Randy dentro del equipo, cada día es una clase. Tras vencer los conocimientos prácticos del trabajo –contar huevos, medir y marcar los ejemplares–, se empeña en que entendamos. Así aprendemos de hábitos alimenticios, comportamientos reproductivos, términos científicos, ciclos de vida, migraciones, efectos de la temperatura atmosférica en los nacimientos de tortugas, depredadores de la especie… Randy no cesa de hablar. El ranchón donde pasamos el día escondidos del sol es su aula y nosotros, sus alumnos.

Jueves 11

La Barca puede ser el infierno, o el paraíso. Todo depende de la brisa.

Hoy en la madrugada comenzó a correr el viento y desde entonces no hay mosquitos entre los árboles ni jejenes en la arena. Finalmente hemos podido tirarnos en la hamaca y dejar de cubrirnos con repelentes. Ahora podemos sentarnos a la mesa y conversar sin preocuparnos por los insectos que, a cada segundo, espantábamos a manotazos o aplastábamos contra nuestra piel.

Con los días –más bien las noches– de trabajo, el equipo ha terminado por economizar horas de sueño. Las dos primeras noches todos estuvimos despiertos: turno único de vigilancia. Pero esta es una carrera larga y tantas noches sin dormir terminarán por pasarnos factura. Así que hemos decidido hacer dos turnos: el primero de 9:00 p.m. a 1:00 a.m., el segundo de 1:00 a.m. a 5:00 a.m. Por supuesto, cada noche se intercambia el orden de los equipos.

Playear es un trabajo nocturno. Al amparo de la oscuridad las tortugas marinas llegan, para desovar, hasta las mismas playas donde nacieron años atrás. La filopatría –así se le conoce a este fenómeno– es un complejísimo proceso natural que da cuenta de la fidelidad de las tortugas con sus playas de nacimiento. En él intervienen la capacidad de la especie para orientarse a partir del campo magnético de la Tierra y las corrientes marinas con el fin de ubicar áreas geográficas específicas; una vez allí, detectan cada playa mediante el sonido generado por el tipo de fondo marino que posea (en dependencia de su pendiente y profundidad); y, ya localizada la playa, los procesos químicos en el cerebro guían a la hembra hasta la zona de la duna escogida para desovar.

La duna de arena se divide para su estudio en tres franjas: A, la más cercana al mar y muy sensible a la variación de las mareas; B, zona media de la playa; y la C, más alta y donde se ubica generalmente el inicio de la vegetación costera. En su mayoría, las tortugas verdes suelen anidar cerca de la zona C, para camuflarse mejor y evitar los depredadores nocturnos, pero complicando el proceso de monitoreo a los voluntarios.

Tras escoger el sitio correcto, las tortugas hembras harán primero la “cama”, agujero grande y poco profundo, y luego en la cama harán la “cámara” con sus aletas posteriores. La cámara, un agujero de entre 40 y 50 centímetros de profundidad, es donde finalmente desovarán. Como promedio las cámaras tienen más de un centenar de huevos, llegando hasta los doscientos. Una vez completado el desove, la hembra tapará la cámara y la cama lanzando arena sobre ellas. Esto cumple dos funciones: proteger el nido y despistar a los posibles depredadores.

Cuando finalmente comienzan a poner sus huevos y se quedan totalmente quietas, inicia el trabajo real para los voluntarios. Uno de nosotros se acuesta detrás de la tortuga para contabilizar los huevos, mientras otro toma las medidas del caparazón (largo y ancho), chequea la marca física en la aleta derecha (especie de presilla metálica a presión que permite identificar y rastrear a las tortugas en sus desoves), realiza la foto que se añade al archivo del ejemplar y prepara la guía que señalará la posición exacta del nido. Todos los datos se trasladan luego a una planilla para después ser compilados y servir a las investigaciones científicas.

Solo durante el desove es posible tomar las medidas de estos animales, pues en ese tiempo las hembras permanecen totalmente quietas (Foto: Jans Sosa).

Sin dudas el conteo de huevos es lo más emocionante. Con la mano se pueden sentir cada uno de los huevos al caer, cubiertos por el fluido que los mantendrá unidos en la cámara. Son blancos y redondos, del tamaño aproximado de una pelota de pimpón. Para más exactitud en la cifra registrada, se emplean contadores manuales.

El momento del desove es el más vulnerable para las tortugas. Más de 100 kg de vida inmóviles sobre la arena por más de una hora, ocupados únicamente en una tarea: crear la cámara perfecta y depositar allí los huevos. Es, también, el único momento en que se puede trabajar con este animal pues, completada la tarea, volverá al agua. Se necesita un armazón fuerte y al menos tres personas para poder detener a una tortuga verde y poder colocarle un transmisor satelital sobre el caparazón; pues uno solo sería arrastrado sin inconvenientes por un ejemplar adulto en su camino de regreso al mar.

Sábado 13

No somos los únicos en Guanahacabibes. En menos de una semana han desfilado por nuestro campamento todos los personajes que deberíamos conocer del Parque Nacional: trabajadores del Ministerio de Ciencia Tecnología y Medio Ambiente (CITMA), apicultores, directivos, miembros de la policía y hasta un agente de la División Antidrogas. Para ser un sitio tan distante, no nos han faltado las visitas.

Fundado en 2001, el Parque ocupa 39 901 hectáreas, poco más del 20 % de la península de Guanahacabibes, que fuera declarada Reserva de la Biosfera en 1987 por la UNESCO. Desde su fundación, solo ha tenido un director: Lázaro Márquez. Fue el primero en aparecer, al día siguiente de nuestra llegada.

Su estancia demoró el tiempo justo para comprobar que el campamento estaba en orden. No saludó, no habló con ninguno de nosotros. La impresión que deja a su paso es que los voluntarios del programa son un estorbo para él, aunque la única responsabilidad de los trabajadores del Parque es llevar agua potable a tres campamentos una o dos veces por semana, y dar mantenimiento a los ranchones que sirven de cobijo a nuestras tiendas de campaña.

Los apicultores llegaron en un camión cargado de trabajadores y tanques metálicos. Siempre pasan por La Barca en sus expediciones semanales para castrar los panales que tiene la Empresa Apícola de Cuba cerca de nuestro campamento. En Guanahacabibes las relaciones sociales se fomentan con café y ron, el tipo de bebida que se brinda depende de la hora del día y del tipo de visitas. Los apicultores tomaron café y conversamos un buen rato: nosotros queriendo saber, ellos contando cómo es la vida más allá de los campamentos en la playa. A su regreso, nos dejaron un poco de miel para endulzar el café. No es trueque, en Guanahacabibes, sin electricidad y sin lujos, se ofrece lo que se tiene: café, ron, miel, o un jarro de agua fría.

Caminando, junto a sus perros de montear, aparecerían Luis Alberto y Pedro, la pareja de guardabosques que está de servicio en esta etapa. Su puesto de mando, a cuatro kilómetros de La Barca, es el único sitio con paneles solares, teléfono y una pequeña nevera para el agua en más de 20 kilómetros. La casa es también nuestro primer punto de contacto si hubiese algún problema en la playa.

Ambos son pinareños, ambos con hijos y familia, ambos cultivan tabaco cuando no están de servicio, ambos estuvieron en la guerra de Angola. Patrullan más de 40 kilómetros de costa y monte sin vehículos, las rondas dependen de hasta dónde aguanten sus piernas y las de sus perros flacos acostumbrados a los olores de la península. Su principal trabajo es el de enfrentar la tala y la caza ilegal, pero es demasiado terreno para dos hombres sin transporte. Hace unos años, los guardabosques tuvieron una motocicleta con la que podían hacer mejores recorridos, pero se rompió y, tras llevarla al taller, jamás regresó a Guanahacabibes.

Los integrantes del Cuerpo de Guardabosques que trabajan en la zona se organizan por parejas y hacen turnos de diez días consecutivos, con igual tiempo de descanso. Luis Alberto y Pedro conocen cada pedazo de costa, ensenada, persona, cueva y trillo posible en Guanahacabibes. Fueron también ellos las primeras personas que nos hablaron de los recalos: paquetes de droga envueltos en nailon que son lanzados en altamar por los traficantes y llegan, arrastrados por las corrientes marinas, hasta estas costas. Dijeron que los recalos son comunes aquí y que seguramente recibiríamos visitas de la policía para explicarnos mejor.

Pedro y Luis Alberto (ambos a la derecha) conversan sobre su trabajo mientras tomamos un café en el campamento de La Barca (Foto: Jans Sosa).

Tenían razón, pero además del capitán Jefe de Sector de la Policía Nacional Revolucionaria en la zona, también llegó un agente del Departamento Antidrogas del Ministerio del Interior. Fueron visitas casi de rutina, informativas: debíamos avisar a Guardabosques si hallábamos uno de estos paquetes en la playa. No abrirlo, solo ponerlo lejos del mar y esperar a que ellos llegaran. Nunca abrirlo, recalcaron ambos antes de marcharse.

Sin embargo, las visitas más esperadas llegan en la noche. Después de las 10:00 p.m. los guías del Centro de Visitantes llevan hasta la playa a los turistas que vienen a ver tortugas marinas. Pueden ser grupos de dos o tres, o de más de diez con niños incluidos. Algunos hacen preguntas sobre nuestro trabajo aquí, otros se limitan a mirar. Todos quieren tener una foto de las tortugas. Cada uno de los visitantes ha pagado un cover de 15 CUC por la excursión y deben garantizar la transportación de los guías, quienes son los únicos autorizados para llevarlos hasta los campamentos.

Lidiar con los turistas y evitar que entorpezcan el trabajo de los voluntarios es tarea de los guías del Parque. Pero con los visitantes, además de la actividad inusual, llega el mayor lujo al que puede aspirarse en La Barca: pomos de agua congelados que los guías traen como cortesía. El agua fría es una bendición, una fiesta para quienes llevamos una semana sin electricidad y casi hemos olvidado el “sabor” de lo frío; para el grupo, el hielo es el recordatorio de que seguimos viviendo en el siglo XXI.

***

Julia Azanza Ricardo es, podría decirse, la heredera de un sueño. Un sueño que ha llevado a más de 3 000 voluntarios hasta las playas de Guanahacabibes en los últimos veinte años.

Aunque hoy es profesora de la Facultad de Biología, parte del equipo del Centro de Investigaciones Marinas y coordinadora del Programa Universitario para la Conservación de Tortugas Marinas, Julia apenas era una estudiante de pregrado cuando vino en la primera expedición del proyecto en el extremo occidental de Cuba: era 1998 y estaban bajo la tutela de la profesora María Elena Ibarra Martín.

Hasta su fallecimiento, la doctora Ibarra fue la líder del proyecto y clave en el apoyo gubernamental que recibió el programa en los años iniciales. En La Barca, sobre tablas talladas y a la sombra de las palmeras, puede leerse: EN MEMORIA DE LA DRA. MARÍA E. IBARRA MARTÍN 1932-2009. ESTUDIOSA Y PROTECTORA DE LA TORTUGAS MARINAS. ESTA PLAYA GUARDA SUS CENIZAS Y LA PENÍNSULA HONRA SU OBRA.

En la última década ha sido Julia la responsable de mantener vivo el legado de Ibarra y el proyecto al cual ha dedicado su vida como profesional.

“La idea llegó mediante especialistas que vieron el funcionamiento de los campamentos tortugueros en México y el sistema de voluntarios, además del intercambio con especialistas como el doctor Félix Moncada (miembro del Centro de Investigaciones Pesqueras, encargado del tema de monitoreo de las tortugas hasta ese momento)”, explica Julia Azanza.

Tras desovar y cubrir el nido de arena, las hembras se apresuran en regresar al mar (Foto: Jans Sosa).

Los campamentos de tortugueros son comunes en América Central, especialmente en las playas de alta anidación en las costas de México, Costa Rica, Panamá, Florida o Bermudas. En tierras ticas radica uno de los principales sitios de protección en el Parque Tortugueros, donde la organización Sea Turtles Conservancy (STC) tiene un centro de investigación y turismo.

Fuera de Cuba, las estancias en estos campamentos son costosas. Por ejemplo, en Tortugueros los programas oscilan entre 1 890 y 4 836 USD por cada voluntario, en dependencia del tiempo de estancia y el tipo de habitación. Estos precios no incluyen boletos aéreos o impuestos de aeropuertos. Un porciento de la recaudación servirá para financiar el trabajo científico y de conservación en el área; aunque STC también ayuda a otros programas más modestos, como el cubano.

El primer año de la experiencia en Guanahacabibes solo había un campamento ubicado en Playa Antonio y se monitorearon dos playas: Antonio y Resguardo, recuerda Julia. “Al año siguiente fueron cuatro playas, al siguiente cinco, hasta que se lograron cubrir con voluntarios de la UH diez playas”, cuenta.

Todo este esfuerzo logístico y organizativo para mantener el flujo de voluntarios y campamentos era insostenible en el tiempo para la Universidad. Pero en 2001 se crea el Parque Nacional, entidad dedicada también a mantener y desarrollar acciones de conservación, que aún hoy está vinculado al Programa. Además, Azanza confirma que “el Programa de Monitoreo ha sido posible gracias a varias instituciones y proyectos internacionales que –en diferentes etapas– han financiado el apoyo logístico que se requiere en términos de alimentación, combustible. Algunas de esas contribuciones provienen del Fondo Mundial para la Naturaleza (World Wildlife Fund, WWF), el Fondo Mundial para el Medio Ambiente (Global Environment Facility, GEF), el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), países como Canadá, y el Consejo de Estado cubano apoyó muchísimo durante los primeros diez años del proyecto (lo que permitió bajar los costos y poder mantener la cantidad de voluntarios que se requería)”.

Los campamentos de tortugueros en Guanahacabibes son los únicos en Cuba que permiten realizar el patrullaje nocturno durante el período de anidación (Foto: Jans Sosa).

Escoger a Guanahacabibes para ser el centro de monitoreo no fue una elección difícil. Se basó, esencialmente, en cuestiones prácticas: “la península es el único sitio de anidación en Cuba que tiene acceso por tierra, lo cual facilita el traslado de los voluntarios”, explica Julia.

Hoy las principales áreas de anidación de tortugas marinas en el país se ubican en la costa sur de la península de Guanahacabibes, los Cayos de San Felipe, sur de la Isla de la Juventud, Cayo Campos, Cayo Rosario, Cayo Largo, Tunas de Zaza, Cayos de Ana María y Jardines de la Reina, según el libro Estado actual de la biodiversidad marino-costera, en la región de los archipiélagos del sur de Cuba, donde se recogen los principales resultados del proyecto Aplicación de un enfoque regional al manejo de las áreas marino-costeras protegidas, en la región Archipiélagos del sur de Cuba. Este proyecto, financiado por el GEF a través del PNUD y ejecutado por el Centro Nacional de Áreas Protegidas de Cuba (CNAP), sirvió de sombrilla para amparar entre 2009 y 2014 –entre otros proyectos de monitoreo y conservación– al Programa Universitario que hoy lidera Azanza.

Los datos que cada año son tomados por los voluntarios que llegan hasta Guanahacabibes entre junio y septiembre son esenciales para el trabajo científico que se realiza en el Centro de Investigaciones Marinas de la UH. La existencia del Programa mismo ha permitido mantener abiertas diez líneas de investigación: Monitoreo de la anidación, Genética poblacional, Caracterización morfométrica, Conducta de anidación, Marcación física, Geomorfología y dinámica de playas, Temperatura en nidos, Éxito de emergencia de las crías, Influencia de los ciclones tropicales en la anidación, y Cambio climático y la anidación de tortugas marinas.

El trabajo de años, desarrollado por especialistas y voluntarios, ha permitido “identificar al menos 25 variantes genéticas, lo que la convierte en una de las áreas más diversas en todo el Atlántico y un área de preservación por su biodiversidad”, confirma Azanza.

Pero no solo se trata de datos. La presencia de voluntarios en la zona durante la temporada de anidación ha servido para reducir la llegada de cazadores furtivos a las principales playas de la península, aunque la depredación ilegal sigue siendo hoy una de las mayores amenazas para la especie. Además, resulta muy importante el trabajo educativo realizado con las comunidades costeras, en especial con los niños, para vincularlos a la conservación de la especie.

Sería injusto hablar solo de la UH y su Programa Universitario para la Conservación de Tortugas Marinas. Aunque en su momento la principal universidad cubana copó de voluntarios toda la península, hoy solo es responsable directa de dos campamentos: Antonio y La Barca. Los otros cuatro (El Holandés, Caleta de los Piojos, Caleta Larga y Los Cayuelos) se completan cada año con voluntarios de la Universidad de Pinar del Río mayormente, aunque también llegan grupos desde la Universidad Central Martha Abreu en Villa Clara.

Repartidos a lo largo de 60 kilómetros de costa, estos seis campamentos de tortugueros monitorean un total de nueve playas. Todos forman parte del Programa Cubano de Tortugas Marinas, coauspiciado por diferentes instituciones que incluyen al Ministerio de Ciencia Tecnología y Medio Ambiente (CITMA), la Empresa Flora y Fauna (teniente y administradora de la mayoría de las Áreas Protegidas donde anidan tortugas marinas en Cuba) y al Centro de Investigaciones Pesqueras (con amplia experiencia en el tema y que formó parte del antiguo Ministerio de Pesca y hoy pertenece al Ministerio de la Industria Alimentaria).

“Uno de los logros más importante ha sido el movimiento que se ha conseguido para apoyar estas acciones de conservación. Cómo pasamos de ser una sola facultad llevando a cabo esta investigación, a tener ahora un grupo importante de organizaciones involucradas, incluso la comunidad, que antes hacía uso de las tortugas como recurso y hoy las ven como algo que también deben proteger”, comenta Julia Azanza.

En 23 campañas ininterrumpidas desde 1998, han llegado más de 3 000 voluntarios hasta Guanahacabibes (Foto: Jans Sosa).

Pero sin duda son los voluntarios el alma del Proyecto. Sin ellos sería imposible soñar con los resultados académicos y la labor de preservación que se ha realizado en 22 años. Aunque muchos suelen repetir, lo cierto es que el flujo de voluntarios funciona como efecto dominó: una persona participa y luego involucra a otras cinco, y así el grupo crece. “Las redes sociales se han convertido también en una herramienta muy poderosa para esto, porque quienes van, postean, y siempre eso sirve como ‘publicidad’ para que otros quieran vivir la misma experiencia, y es una manera muy rápida de transmitir ese tipo de información”, según Julia.

Lo complejo para la coordinación del Proyecto hoy no es encontrar voluntarios, sino poder distribuirlos durante los meses de anidación. Para conseguirlo, Julia y el equipo deben hacer verdaderos malabares: “Hay una etapa de mucha demanda que son las vacaciones, cuando puedo tener hasta 100 personas queriendo ir en los mismos 15 días. Sin embargo, hay otros momentos en los que no tengo a nadie porque las personas están trabajando o estudiando”.

“El pico de anidación (mes de julio) siempre se logra cubrir. Pero en septiembre tenemos el pico de la eclosión de los nidos. Así que la fórmula es tratar de garantizar los meses de julio y agosto con los estudiantes, y para septiembre tratar de negociar con los graduados y otras personas que puedan planificar sus vacaciones para ese momento”.

Más de 22 años en las playas, trabajando con voluntarios, le han enseñado a Julia que no se requieren habilidades especiales para formar parte de estas expediciones. “Solo se necesita amor por la naturaleza y capacidad de sacrificio: no es un pícnic y hay dificultades de escasez de muchos recursos, así que estas personas tienen que poder sostenerse por quince días sin las comodidades habituales”, dice.

Pero la falta de agua y de electricidad, los insectos y las pocas comodidades son pasajeros. Entre quienes han vivido la experiencia, con el tiempo, predominan otros recuerdos: las tortugas, los nuevos amigos, la paz de estos sitios, sostener a una tortuga recién salida del cascarón…

***

Lunes 15

El sargazo y la basura que llegan hasta la orilla de La Barca conforman una barrera imponente. Más de un metro de algas acumuladas, pestilentes y achicharradas por el sol son el muro que tienen que franquear cada noche las tortugas que anidan aquí.

Hace más de cinco años se documenta el arribo masivo de manchas de sargazo a la costa de la península. Aunque la gran explosión del tema en el Caribe se dio por las afectaciones que tuvo la industria turística en Yucatán, investigaciones demuestran que no es un fenómeno nuevo en estas playas y que afecta la anidación de las tortugas.

El momento de mayor arribo de sargazo coincide con el pico reproductivo de estos animales, justo a mediados del mes de julio. Ello incrementa el número de intentos de anidación fallidos y dificulta el acceso de las tortugas a la playa, sin importar la especie, aunque las montañas de sargazo suelen afectar más a las caguamas (Caretta Caretta) que son de menor tamaño y anidan en la primera línea de costa. El mismo fenómeno es también un obstáculo extra para los neonatos en su camino al mar.

Sin embargo, este es un problema que no solo afecta a las tortugas. El sargazo también incide en los ecosistemas costeros y de arrecifes, interfiriendo en la fotosíntesis y reduciendo los niveles de oxígeno en el agua.

Afortunadamente, La Barca es una playa abierta y el mismo mar que trae flotando el sargazo se encarga de ir retirando, ola tras ola, los residuos de las plantas descompuestas. A poco más de dos kilómetros de aquí, Caleta del Chivo, de baja profundidad y en forma de bolsa, se ha convertido en un mar de sargazo putrefacto que apesta a azufre. Más que una ensenada, Caleta del Chivo es una ciénaga nauseabunda.

Los residuos de plástico llegan constantemente hasta la costa sur de Guanahacabibes, que por tramos parece ser más un basurero que un Parque Nacional (Foto: Jans Sosa).

Nosotros tampoco hemos podido sobrepasar las montañas de sargazo. Apenas dos incursiones en el mar cuando las manchas menguan. La mayoría del tiempo las caretas de buceo y patas de rana que cargamos en el equipaje han estado colgadas en el ranchón. La casi permanente nata de algas impide la visibilidad, incluso bajo el agua, y dificulta nuestros movimientos.

Afuera, en la orilla, el sargazo crea dos franjas de tonalidades diferentes: la más fresca y amarilla son las algas que recién llegan a la costa; la otra, ya vieja, de color marrón y negro, rostizada por el sol.

La basura también llega constantemente, arrastrada por las mismas corrientes marinas que sirven de guía a las tortugas. La variedad es alarmante, pero los plásticos predominan entre los desechos que se acumulan en la costa: botellas de diferentes tamaños, juguetes, zapatos, boyas, redes de pesca y restos de trampas utilizadas para atrapar langostas, vasos…

Es tanta, que no se notan los esfuerzos por eliminarla. Hasta estos sitios, alguna que otra vez, llegan trabajadores del Parque Nacional, voluntarios o niños del Proyecto Cámara Chica (programa televisivo que trata de visibilizar el cuidado del medio ambiente), quienes hacen recogidas de basura del litoral. Pero, en poco tiempo vuelve a llenarse la playa. El mar termina por devolver lo que los hombres lanzan en él.

Lo peor es que, por lo alejado del sitio y el poco acceso al Parque, el tema de la basura en Guanahacabibes no es un foco de atención constante. Sobre todo, porque la basura se acumula en estas playas y no en la fina arena frente al hotel Villa Cabo San Antonio, en el extremo de la península.

En el campamento tratamos de aprovechar todo lo que llega: los pomos plásticos son usados para señalizar –sobre estacas de madera– la posición exacta de los nidos, las redes terminan por convertirse en cestos de basura, los cintillos de embalaje son picados en tiras finas y funcionan como las guías que, unidas al poste de madera y colocadas mientras las tortugas desovan, permiten hallar los cascarones vacíos tras la eclosión de los nidos. Pero es poco lo que podemos hacer en comparación con la avalancha de basura que llega diariamente.

Miércoles 17

Diez noches, 35 tortugas, 29 nidos, 2 895 huevos… y contando. A estas alturas ya somos expertos en monitoreo.

Aunque no nos ha faltado el trabajo, todos en el campamento esperamos lo mismo: un nacimiento, el espectáculo de un centenar de pequeñas tortugas emergiendo de la arena y arrastrándose al mar por puro instinto. En La Barca, varios nidos de inicios de temporada están casi listos, después de que los huevos han madurado por más de 45 días en la arena.

Randy nos explicó que las eclosiones están determinadas por cambios en la temperatura. O sea: al amanecer, al atardecer, o lluvias fuertes. Y ahí hemos estado por más de una semana: levantándonos temprano y bajo aguaceros torrenciales, haciendo guardia a los nidos más viejos de la playa. Todo sin suerte.

Nada es simple para las pequeñas crías. Antes de nacer ya están bajo el acecho de larvas de insectos, hormigas, cangrejos, puercos salvajes o cazadores furtivos. El consumo de huevos en la dieta humana no está marcado por la necesidad, sino porque la imaginación popular les ha asignado –sin fundamento alguno– propiedades afrodisiacas.

Lugo, al romper el cascarón, más de medio metro bajo la arena, las pequeñas tortugas tendrán que excavar hasta la superficie. Salir del nido puede tomarles tres días, o una semana. Como promedio, el éxito reproductivo (ejemplares nacidos por nido) de la tortuga verde en Guanahacabibes es cercano al 80 %. Pero también, como promedio, se estima que solo uno de cada mil neonatos alcanzará la edad reproductiva: 16 años.

El investigador y profesor Randy Calderón durante el monitoreo diurno en uno de los primeros nidos de la temporada (Foto: Jans Sosa).

Las tortugas marinas son lo que los biólogos conocen como Estrategas R: especies que, ante la vulnerabilidad de los ejemplares jóvenes en los primeros tiempos de vida, apuestan por un alto número de crías para garantizar que, al menos un porciento de estas, lleguen a la fase adulta. En contraposición, están los Estrategas K: especies que se reproducen en pequeñas cantidades y apuestan por la protección de las crías hasta que estas pueden valerse por sí mismas; sí, los humanos somos de este grupo.

Con las tortugas las responsabilidades paternales terminan cuando la hembra sepulta el nido bajo la arena. Desde el primer momento, los neonatos solo tienen como refugio la masa. Por eso esperan, bajo la arena, la señal para lanzarse al mar. Si han de enfrentar todo tipo de depredadores y obstáculos, es mejor hacerlo juntos.

A su paso dejarán una multitud de huellas. Son fáciles de identificar. A diferencia de sus madres que trazan una ancha franja sobre la arena, cuando se marchan los neonatos la playa parece cubierta por una red muy fina, que surge de un punto específico y luego se abre en abanico en dirección al mar.

Al nacer, las crías buscan el punto más brillante para orientarse, el cual suele ser donde baten las olas. Las luces artificiales pueden desorientarlas –como también desorientan a las adultas. Si esto ocurre, las pequeñas estarán expuestas más tiempo a los depredadores o corren el riesgo de morir deshidratadas.

La temperatura es un factor clave en el desarrollo del nido, pues de ella depende el balance sexual entre crías: un punto pivote de 29 °C ofrece equilibro entre ambos sexos, por debajo de esa temperatura predominarán los machos y por encima las hembras. Además, los embriones son muy sensibles y precisan un rango de entre 25 °C y 35 °C para tener una incubación exitosa. Por debajo de los 23 °C, o por encima de los 36 °C, morirán.

Con el aumento de las temperaturas debido al cambio climático, el balance hoy mismo favorece el nacimiento de hembras, fenómeno que feminiza las poblaciones y pone en riesgo el futuro reproductivo de la especie.

Viernes 19

La vía para conectar por tierra el Cabo de San Antonio y el poblado de La Bajada, no fue totalmente inaugurada hasta 2010.

Bordeando la costa sur de la península de Guanahacabibes, la carretera es una lengua de asfalto de 63 kilómetros que se retuerce, sube y baja en dependencia de la topografía. A lo largo de ella se encuentran los seis campamentos de voluntarios y las nueve playas que estos monitorean, dos puntos de guardabosques, casas de monteros, casas de descanso de instituciones cubanas, un cementerio con cruces blancas de cemento, el Faro Roncali, una guarnición de Tropas Guardafronteras justo al costado del Roncali, el alojamiento de los trabajadores del hotel, el hotel Villa Gaviota Cabo de San Antonio y la Marina Gaviota de igual nombre.

La carretera es la única entrada y salida de la península, “custodiada” por un Punto de Acceso que lleva el control de los visitantes (extranjeros y nacionales) y del personal de trabajo que ingresa diariamente al Parque Nacional.

Sin asentamientos humanos, por allí no transita transporte público. Para trasladarse de una punta a otra de la península, o visitar otras playas y campamentos, los voluntarios del Programa de Tortugas dependen del autostop. Con algo de suerte y calculando los tiempos, pueden encontrarse camiones de carga que van a buscar carbón o miel, o el transporte asignado a los trabajadores del hotel. Por suerte los choferes estatales, como promedio, tienen gran condescendencia con los voluntarios.

Ubicado en el extremo este de la carretera, La Bajada es un caserío que ha ido cambiando su rostro. Hace unos años era apenas un sitio de pescadores azolado una y otra vez por los huracanes, con una escuela primaria, una unidad de Tropas Guardafronteras como única edificación de dos plantas y el famoso Radar de La Bajada, que tantas veces ha citado José Rubiera durante las tormentas. Hoy muchas de las viviendas se han acondicionado para recibir el turismo que llega hasta allí: no importa si es cubano o extranjero. Incluso un ranchón, pensado como restaurante y bien surtido, puede encontrarse.

Al fondo, el Faro Roncali en el extremo oeste de la Isla de Cuba (Foto: Jans Sosa).

El Faro Roncali, punto más al oeste de la Isla de Cuba y que ha estado en funcionamiento desde 1850, es uno de los principales atractivos turísticos de la península. Pero al faro no se puede subir. Llegados al borde de un país y, desde los acantilados, solo se consigue fotografiar la mole de 25 metros que por más de siglo y medio ha servido de guía a las embarcaciones en estas aguas.

Estamos ya casi a punto de terminar la estancia en Guanahacabibes y nuestro aspecto físico ha cambiado. Barbas sin recortar, cabellos descuidados, piel profundamente tostada, ropa fresca que nos mantiene a cubierto del sol y los insectos, gafas oscuras, sombreros de yarey adornados con plumas de aves que encontramos en la playa, zapatillas viejas y muy cómodas para las largas caminatas…

Para los residentes locales y trabajadores habituales, nuestra indumentaria no pasa desapercibida: notan que no somos simples turistas y llevamos algo de experiencia en esto de sobrevivir a los insectos y a la costa; pero también reconocen, en nuestros asombros, que apenas estamos descubriendo el sitio.

Ya sea en el pequeño pueblo de La Bajada o entre quienes custodian el Roncali, nos espera la misma sonrisa, seguida por el saludo de rigor: “Tortugueros, ¿no?”.

En eso nos hemos convertido durante los últimos doce días. Tortugueros. Y, con cada saludo, el apodo se nos va convirtiendo en elogio.

Domingo 21

Antes de salir a playear dejamos todo listo en el campamento. Fuera de las maletas solo quedó lo imprescindible. Para la última noche decidimos hacer turno único de guardia. Una especie de despedida, si se quiere. Pero La Barca nos tenía un regalo: en la primera ronda encontramos un enjambre de huellas diminutas, intactas.

La lluvia de esa tarde, la primera en la que no hacemos guardia como posesos esperando por un nido, desató la estampida de neonatos. Nosotros, al parecer, habíamos llegado tarde al espectáculo.

Los pequeños especímenes de tortuga son medidos antes de liberarse al mar. Se estima que solo uno de cada mil llegará a la edad adulta (Foto: Jans Sosa).

Enseguida localizamos el nido y mientras con suavidad escarbábamos para contabilizar cascarones, encontramos tres crías entre la arena. Las pequeñas, de apenas cinco centímetros de tamaño, son extremadamente delicadas, puro instinto concentrado en un solo objetivo: llegar al mar. Cuesta creer, viéndolas, que tenemos sobre las palmas de las manos a animales que podrían vivir más de un siglo, crecer hasta alcanzar más de un metro de largo y pesar hasta 160 kilogramos.

Mientras tomamos las medidas no paran de mover sus aletas delanteras. Fuera de la arena y el agua, parece que trataran de volar.

No existe forma de saber si son machos o hembras por su aspecto externo. Las hemos salvado, esas tres crías pudieron haber sido parte del 2 % de los neonatos que, estiman los investigadores, mueren antes de abandonar el nido al quedarse rezagados.

Terminado nuestro trabajo con ellas, son puestas sobre la arena e inmediatamente emprenden la carrera por alcanzar las olas. Avanzan sobre rocas y luego sobre montones de sargazo antes de lanzarse al mar. Deben hacer todo el camino solas. Es parte de su relación con el sitio de nacimiento: con esta primera caminata comienza a formarse la filopatría. Nosotros, sentados en el suelo, nos limitamos a ver el espectáculo.

A último minuto, Guanahacabibes nos ha dado un cierre de lujo.

Ahora, con todos los bultos recogidos, esperamos nuestro regreso. Sobre la mesa de madera están las planillas que resumen el trabajo de estas dos semanas, las linternas rojas, las cintas métricas, los contadores que pasan de un grupo a otro… Sobre la mesa queda lo que ha sido nuestra vida por 14 días con sus noches.

Nuestro historial, registrado en las planillas de monitoreo, se resume a 55 tortugas, 42 nidos y 4 331 huevos contabilizados (Foto: Jans Sosa).

El relevo es un déjà vu: unos ayudamos a descargar los bultos de quienes llegan y subimos nuestros tarecos al tráiler, otros entregan las planillas y los instrumentos, damos consejos y deseamos suerte. Todo demora menos de 45 minutos bajo un sol apabullante que se refleja en la arena blanquísima de La Barca.

A La Habana nos llevamos memorias, la familia que hemos formado en estos días, la suerte de sentirnos parte de un grupo que no conocemos en su totalidad, pero que mantiene vivo un proyecto que nos sobrepasa. Somos parte de esa masa sin rostro que, cada año, los locales terminar por llamar con un solo nombre: Tortugueros.

Sobre el autor

Julio Batista Rodríguez

Julio Batista Rodríguez

Melena del Sur, La Habana (1989). Periodista cubano, 29 años de edad. Desde 2015 forma parte del equipo fundador de 'Periodismo de Barrio', donde integra el Consejo Editorial y se desempeña como periodista. Recibió el Premio Iberoamericano de Periodismo Rey de España 2017 en la categoría de Periodismo Ambiental y Desarrollo Sostenible. Graduado de la Facultad de Comunicación de la Universidad de La Habana (2013). Cursó estudios en los postagrado internacional de Periodismo Deportivo (2014) y el de Periodismo Hipermedia (2015) en el Instituto Internacional de Periodismo José Martí. Ha participado en eventos académicos y profesionales como el Foro de Periodismo Centroamericano (El Salvador, 2016), Taller para Periodistas Cubanos (Alemania, 2017) y el Congreso Internacional de Comunicación (La Habana, 2015). Como profesional laboró en el periódico 'Trabajadores' (Cuba, 2009-2016) y como asesor de programación del canal nacional de televisión Tele Rebelde (Cuba, 2014-2016). Además, ha publicado en las revistas 'Cubahora', 'OnCuba', 'Progreso Semanal', 'elTOQUE', 'Cuba Contemporánea', 'Postdata', 'Cuba Posible', el Centro Cultural Pablo de la Torriente Brau, el periódico alemán 'Taz'. Actualmente se mantiene como colaborador de 'Radio Francia Internacional'.

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