El 8 de abril de 2020, el ministro de Salud Pública José Ángel Portal Miranda informó en la Mesa Redonda que 25 trabajadores de la salud se habían contagiado con el SARS-CoV-2 en Cuba. Nueve días más tarde, la cifra aumentó a 92, incluyendo a 5 estudiantes de medicina. Ese 17 de abril, los casos confirmados del personal de salud o trabajadores de servicio asociados al sector representaban el 10 % de las personas enfermas.

“Algunos se contagiaron de manera extrahospitalaria, debido al contacto con extranjeros y determinados casos confirmados; otros, por el manejo de pacientes que no aparentaban tener ningún síntoma respiratorio vinculado a la COVID-19, y también han enfermado por violaciones de las normas de seguridad”, explicó Portal Miranda.

Cuba aplica el protocolo de uso racional del equipo de protección personal indicado por la Organización Mundial de la Salud (OMS). Sin embargo, más allá del uso de los medios de protección y la responsabilidad individual, el contagio será siempre un riesgo del personal sanitario.

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Aquella noche, además de su bata de médico, Ronny llevaba guantes y mascarilla. Las gafas protectoras no habían llegado aún al hospital, pero él sabe que el virus no entró por sus ojos pardos. Al menos no aquella noche, cuando hizo todo lo posible para salvar a un hombre con un paro respiratorio.

“El paciente había ocultado los síntomas por varios días y llegó muy deteriorado al hospital”, cuenta. “A esa hora uno no piensa en los riesgos que corre, sino en salvar la vida de la persona”.

El hombre murió y la COVID-19 le fue confirmada post mortem. Inmediatamente, el personal médico que había tenido contacto con el fallecido fue aislado. Así lo establece el protocolo. Días más tarde, Ronny recibió los resultados de su PCR: positivo.

Fue uno de los primeros médicos confirmados con el SARS-CoV-2 en Cuba. Sin embargo, él no se contagió directamente con el paciente, sino luego, durante el aislamiento con uno de sus colegas.

Ya de alta hospitalaria y cumpliendo el aislamiento domiciliario indicado por 14 días, Ronny tiene ganas de volver a su consulta. “Creo que los profesionales de la salud, a nivel mundial, somos partícipes de un pacto silencioso y no declarado: si te caes, te levantas y sigues caminando sin importar cuánto sangraste”, concluye.

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Reynaldo explica el protocolo para quitarse el traje de protección como una película de ciencia ficción en la que el astronauta se somete a una rigurosa desinfección antes de abordar la nave.

“Cuando sales del área roja es el problema, porque retirarte el traje es muy peligroso y debes hacerlo con calma y sin violar las medidas de seguridad. En ese proceso está el mayor riesgo de contagio”.

Asegura que los trajes no pesan, pero molestan. “El dióxido de carbono (CO2) se acumula en la mascarilla –dice– y puedes tener hasta mareos. El calor es otro factor que se suma al estrés”.

Reynaldo estuvo 21 días en el área de terapia intensiva del Instituto de Medicina Tropical Pedro Kourí (IPK). Así trabajan todos los especialistas. Están 15 o 21 días seguidos atendiendo pacientes y luego hacen una cuarentena de 14 día más antes de reunirse con su familia. Descansan en el hogar unas semanas y vuelven a los hospitales.

“En el IPK las habitaciones de los médicos están en la misma sala de terapia intensiva: para estar más cerca, para estar disponible siempre”.

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De acuerdo con la OMS los equipos de protección personal (EPP) se componen de guantes, mascarilla médica (quirúrgica), bata, pantalla facial y gafas de protección. El protocolo cubano también los incluye, sobre todo para quienes atienden a pacientes confirmados o sospechosos.

Sin embargo, no todos los galenos cuentan con estos medios en la Isla. Carmen, por ejemplo, atendía la consulta de Infecciones Respiratorias Agudas (IRA) en su policlínico, pero no tenía mascarilla autofiltrante la noche en que se contagió. Usaba un nasobuco de tela, cuya eficacia para prevenir el contagio aún no ha sido probada científicamente.

“Me protegí con los medios disponibles”, cuenta. “Estaba en una consulta separada del resto del servicio del policlínico. Entré de guardia y recibí a dos personas que ya habían sido identificadas como casos sospechosos: tenían síntomas y habían regresado de Estados Unidos”.

Carmen llevaba pijama sanitario, sobrebata, nasobuco, guantes, gorro, botas. No recuerda haber violado ninguna medida de bioseguridad, pero reconoce que en cualquier contacto hay riesgo.

“Estuve con ellos hasta que llegó el SIUM [ambulancia del Sistema Integrado de Urgencias Médicas]. ¿Cómo iba a imaginar que en unos días yo estaría en la misma situación?”.

Tras ser confirmado uno de los pacientes con la COVID-19, Carmen se convirtió en su contacto directo. Fue trasladada a un centro de aislamiento para personal de salud y allí recibió la noticia de que era positiva a la enfermedad.

“Estuve asintomática todo el tiempo”, cuenta. “Mi evolución fue satisfactoria”.

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Sergio no ha estado en la zona roja directamente, al menos no de forma consciente. “Estoy en contacto con pacientes que bien pueden ser asintomáticos y pasar inadvertidos. No obstante, a todos los trato como potenciales enfermos de COVID-19”.

Cada día pesquisa a unas 300 personas de su comunidad, todas las mañanas y tardes, de lunes a lunes. El sol es insoportable, el nasobuco exacerba el calor, pero no se queja.

“Soy de la vieja escuela”, cuenta. “Me inculcaron una conciencia humanista. La pesquisa no es solo preguntar si alguien ha tenido fiebre o tos. También atiendo otras dolencias que me informan cuando visito a las personas”.

Pero Sergio toma todas las medidas de protección higiénico sanitarias. El regreso a su casa incluye una rutina de desinfección inviolable: “entro sin tocar absolutamente nada, echo la ropa en un nailon, me baño y luego subo a jugar con mi niño. Él y mi esposa me ven llegar desde el balcón –el cuarto está en un segundo piso– y esperan a que yo esté listo para abrazarlos”.

En su consulta tiene una mochila con los artículos de uso personal necesarios. Está preparado en caso de contagio. Conoce los riesgos.

“Mi esposa sabe que el día que yo sienta algún síntoma sospechoso me quedo en el policlínico y no regreso a casa”.

Proteger a quienes protegen

Médicos que reciclan películas de rayos X para hacer sus propias caretas faciales, trabajadores por cuenta propia que donan pantallas protectoras y cabinas de acrílico para la intubación, son algunas de las iniciativas que contribuyen a la protección del personal de salud en Cuba.

El no ingreso de pacientes con síntomas respiratorios –incluso cuando no sean sospechosos– y su traslado directo a los centros donde se atiende la COVID-19, o la aplicación preventiva de interferón alfa 2b recombinante al personal sanitario, son también algunas de las medidas para proteger a ese sector en mayor riesgo.

Además, la OMS sugiere el uso de la telemedicina y la atención telefónica para evaluar inicialmente a los casos sospechosos, así como la utilización de barreras físicas (pantallas de vidrio o de plástico) para reducir la exposición al nuevo coronavirus.

A pesar de los temores, aquellos que cumplieron sus días de cuarentena obligatoria tras concluir el trabajo en hospitales, o quienes se incluyen en la lista de pacientes activos o recuperados, ya quieren regresar al trabajo.

“El miedo nunca se va –dice Carlos–, pero la vocación de servir es más fuerte”.

 

* Ronny, Reynaldo, Carmen y Sergio son nombres ficticios de médicos cubanos. No dieron su testimonio en calidad de anonimato. La decisión de ocultar su verdadera identidad fue nuestra, para protegerlos de posibles represalias por ofrecer entrevistas a un medio independiente. Estos “héroes de batas blancas” –para citar el epíteto del momento–, no deberían ser anónimos… nunca más.  

Sobre el autor

Glenda Boza

Glenda Boza

Periodista de elTOQUE.

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