6:00 a.m. La alarma enciende la pantalla del celular. Ya no hay círculo infantil ni escuela, pero el tiempo sigue siendo el mismo: insuficiente. Veinticuatro horas no alcanzan para una madre soltera con dos niñas. Tiene deseos de dormir un rato más, pero su cuerpo ya olvidó la sensación de despertarse después de las seis. Apaga el sonido de la alarma y se queda quieta.

“Me cuesta dormir la mañana. En la mente, todavía acostada, repaso todas las tareas del día, las organizo, pero sé que no me dará tiempo. Otra vez”, cuenta Nixys Leydis Báez Polanco, ingeniera informática de 31 años que vive en Las Tunas.

6:31 a.m. Ha sentido a las niñas moverse en la cama. Se han levantado. Se finge dormida y ellas se sientan frente al televisor. No hay muñequitos. Encienden la tablet. Se aburren. Tienen hambre. La despiertan. Se va a la cocina y pone a hervir la leche. Un ligero descuido y la espuma se derrama sobre la hornilla eléctrica.

“Antes de desayunar se bañan. Como Lorena ya tiene 7 años exige bañarse sola. Lianet, la más pequeña, imita a su hermana. Ellas solas se cepillan la boca y se duchan. Tengo que estar pendiente porque me gastan el agua del tanque. En las tardes las baño yo”.

9:02 a.m. Todas están sentadas en la mesa. El horario de mamá es estricto. En la mesa del comedor hay poco espacio para la computadora y los libros y las libretas de las niñas. Pero se las arreglan. A veces ellas ocupan una mesita pequeña, redonda, casi de juguete, para dejarle más espacio a su mamá. La madre enciende la computadora, pero el equipo estará toda la mañana –y posiblemente la tarde– en reposo.

“Pocas veces puedo adelantar los asuntos de trabajo. Me lleva toda la mañana ayudarlas a hacer las tareas, explicarles los contenidos de cada teleclase. Con Lianet es fácil porque está en prescolar y tiene que hacer trazos y recortes. Con Lorena es más difícil. Está en primer grado y de mí depende ahora que aprenda bien a leer, a escribir, a sumar, a restar”.

10:00 a.m. Las niñas piden merienda. Buscan en el refrigerador restos de flan, pudín, cremitas de leche, algún dulce que su madre terminó la noche anterior, casi de madrugada. Hacen una pausa y vuelven a los libros y libretas. La madre aprovecha para servirse agua. El bombillo de la computadora parpadea. Sigue en reposo.

“Como están todo el tiempo en la casa siempre tienen hambre. A veces bromeo con que me van a comer a mí. Es muy difícil conseguir lo que se necesita, sobre todo para mí, que no tengo quien me cuide a las niñas. A veces mi mamá me ayuda, pero ella vive lejos.

”El 21 de abril Lorena cumplió 7 años y tuvimos una fiesta para nosotras tres. Me costó conseguir algunas cositas para que ella no se sintiera mal. Es una niña, pero sabe que su cumpleaños es un día de fiesta, que no puede faltar el cake. Por suerte, la familia y los amigos le enviaron mensajes por WhatsApp y le prometieron que cuando todo pase vamos a celebrar”.

10:55 a.m. La alarma del celular vuelve a encender la pantalla. Es el horario de las teleclases. Las tres se acomodan en los dos sillones de la sala. Las niñas se entretienen. La madre trata de concentrarse. Hace fotos y videos de la pantalla. No quiere perder ningún detalle.

“Las teleclases casi son más para los padres que para los niños. Todo lo explican muy rápido. El profesor nos enseña a nosotros cómo debemos enseñarles a ellos. Siempre estoy con una clase de atraso. La de hoy se las explicaré mañana y así sucesivamente. Entre la cocina, la limpieza de la casa y la ropa, la compra de alimentos, el trabajo…, casi no doy abasto. Algunas teleclases, incluso, las perdí porque se me rompió el televisor. Válgame mi padrastro, que a los pocos días vino y lo arregló.

”A veces me río sola viendo a los profesores explicar en la televisión el funcionamiento familiar: ‘los niños tienen que regar las plantas y hacer tareas con abuela mientras mamá cocina y papá sale a buscar los alimentos’. Así, supuestamente, todo da tiempo, pero esa no es mi realidad, ni la de mis hijas”.

11:23 a.m. Las niñas se entretienen y poco o nada escuchan de las condiciones familiares que explican en la televisión. Valga suerte. Un rato más tarde termina la “penitencia” frente al televisor y están listas para almorzar. Desde la ventana una vecina les avisa que sacaron helado en una tienda a tres cuadras. Las niñas reciben el sermón de cómo comportarse mientras mamá no está. Lorena asegura que, como ella es la mayor, se quedará a cargo.

“Cuando debo salir a comprar algo cierro la casa con llave y las dejo solas. Antes las dejaba con una vecina, pero ella y su esposo son dos ancianos y temo que pueda contagiarlos en caso hipotético de enfermarme. Entonces le dejo la llave a Lilia –la vecina– y le pido que me vigile a las niñas por la ventana. Lorena sabe que si algo sucede debe llamar a Lilia. Salgo siempre con un susto en el pecho”.

12:35 a.m. Una hora en la cola para comprar helado. Se ha acabado. Regresa a casa. Sirve el almuerzo y se sientan las tres a la mesa. Por la ventana la vecina avisa que sacaron yogur en la bodega. Se viste mientras las niñas terminan de comer. Su plato tiene aún dos tercios del almuerzo. Repite el sermón de cómo comportarse mientras ella no está.

“Me toma unos minutos salir de casa porque hay que cambiarse de ropa, ponerse el nasobuco y arreglarse. Me compongo un poco antes de salir. No suelo demorar mucho porque las cosas ‘vuelan’.

”A veces he tenido que dejarlas solas hasta tres veces en el día. Trato de salir lo menos posible, pero cuando las provisiones comienzan a terminarse es imposible cumplir estrictamente con la cuarentena. El otro día tuve suerte porque una conocida me prestó su identificación como activista de la Federación de Mujeres Cubanas (FMC) —mujer que hace mandados para personas necesitadas— y pude pasar antes de que se acabaran las cosas. En la puerta un policía me paró y me preguntó a quién yo estaba ayudando. Le dije mi propio caso: ‘estoy comprándole a una madre soltera que vive sola con dos niñas’. Supuestamente alguien me debe comprar a mí y ayudarme en el barrio, pero hasta ahora nadie se ha brindado”.

2:10 p.m. Los juguetes están regados por toda la casa. En la sala hay dos muñecas tiradas en el piso: están en la pista de baile. En la mesa hay otras dos: están en el restaurante. En la cama las niñas juegan con el resto de los “tarecos”: allí es el hospital. En el pasillo lateral de la casa, la madre tiende la ropa lavada, pendiente al silbido de la olla de presión. De vez en cuando se asoma a la computadora, revisa algún archivo, anota en una hoja llena de cálculos sobre la mesa. Vuelve a la cocina. Luego a la lavadora, que ha parado de dar vueltas. Una y otra vez repite el recorrido entre el pasillo, la cocina y la mesa: multitarea, le llaman.

“En las tardes dejo que jueguen y vean los muñequitos. Si las obligo a seguir estudiando lo hacen de mala gana y no se concentran. Yo aprovecho y adelanto varias cosas: la comida, lavar, limpiar. Siempre cocino suficiente para dos comidas, y a veces hasta para tres. Aprovecho para que sea solo calentar y hacer algo rápido como freír huevos o croquetas. No botamos nada, la comida está escasa y todo puede reutilizarse”.

5:15 p.m. Es la hora del baño… y las preguntas. Las tres se reúnen allí, a repasar los sucesos del día mientras llega su turno en la ducha. Luego, continúan la conversación en “la cama de mamá”. A veces Lianet las peina. A veces les hace moños mientras repite de corrido las medidas para evitar el coronavirus: lavarse las manos, no tocarse los ojos, quedarse en la casa, usar el nasabuco. “Nasobuco, con O”, le rectifica la hermana mayor.

“Hablo mucho con ellas. También de vez en cuando les peleo. No es fácil criar sola a dos niñas. A veces también me canso, me obstino. La hora de la comida, a las 7:00 p.m., es otro momento agradable que compartimos juntas, aunque a veces se sientan con el plato de comida frente al televisor. ¡Muñequitos!”.

8:00 p.m. Hora de dormir para las niñas. Ninguna protesta. Lianet y Lorena aprendieron que los horarios son estrictos. Aprendieron que “ahora comienza la hora de mamá”. Ya arropadas, con pijama, beso en la frente y luz apagada, piden su biberón con leche.

“La leche antes de dormir no les puede faltar. Antes era más fácil, pero desde que Lorena cumplió los 7 años le quitaron la cuota de leche. Justo al otro día. Ahora debo repartir medio biberón a cada una, porque no es suficiente. Conseguir leche es muy difícil, más en estos tiempos de pandemia. Hace unos días tuve que improvisar y darles jugo, porque no tenía nada más. Les costó quedarse dormidas”.

8:32 p.m. Silencio en la casa. En la pantalla de la computadora hay varios archivos abiertos. Tres horas y varios bostezos después los números comienzan a verse dobles. Está exhausta. No le gusta el teletrabajo. No en estas circunstancias.

“Les dejo a las niñas el televisor durante el día para que se entretengan. En la noche a veces veo la novela o alguna película. Generalmente leo, pero desde que suspendieron las clases y me tuve que quedar con las niñas, aprovecho las noches para trabajar. Me alegra poder hacerlo desde casa, pero el tiempo nunca me alcanza.

“Las noches de los fines de semana las dedico a mí. Me arreglo las uñas, me conecto a Internet, chateo con mis amigas…, me entretengo”.

12:41 a.m. Ya en la cama, cansada, le es difícil cerrar los ojos. A pesar de la rutina de los años también le cuesta dormir sola, extraña la compañía y el abrazo, pero no hace de esa ausencia una preocupación para sumar. ¡Cuando sea, ya será! No es tener pareja la primera entre sus prioridades. Ella es una madre soltera, sola, pero nunca se ha sentido en soledad.

Sobre el autor

Glenda Boza

Glenda Boza

Periodista de elTOQUE.

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