Las aves, bien lo sabía el viejo Santiago, son de mucha ayuda para localizar peces. Donde alguna se lanza en picada, allí, de seguro, está el cardumen.

Cuando en las últimas semanas he salido “de pesca” a las calles de Pinar del Río, me ha venido a la mente más de una vez el añoso protagonista de El viejo y el mar. No es que lleve 84 días sin atrapar nada, sino que en la pequeña urbe vueltabajera, cada vez se hace más difícil encontrar algún peje.

Desembarco a media mañana en el FrutiClub (antiguo FrutiCuba). Lo primero que diviso es un camión descargando mercancía en la tienda que la gente bautizó como Museo de la carne, sobre todo por los precios de la “tilapia de potrero”.

“Aquí seguro pesco aguja-pollo”, me dije. Sin embargo, la cosa demoraba. Después de la descarga, conteo y/o pesaje, después poner precios, organizar el molote… En fin, mejor seguir a otro pesquero y ganar tiempo.

Caminé varias cuadras hasta La Estocada. “¿Qué está picando por acá?, indagué entre el gentío. Raya-croqueta y mojarra-mortadella, me aseguró un mulato grueso al darme el último. Marqué, es decir, lancé parsimoniosamente las pitas, y seguí en busca de especies de mejor sabor.

En Martí, la arteria principal de la ciudad, el tumulto en la tienda La Francia era más que elocuente. “En esta, por lo menos, hay cubera-papel sanitario”, sospeché, pues se trata de ejemplares migratorios que vienen a la capital pinareña en contadas temporadas. Pero no, era pargo-detergente, el que más ha brillado (por su ausencia) en las últimas semanas.

Dos policías custodiaban la entrada. Otro, dentro de la piña de pescadores ansiosos, intentaba poner orden. “Qué va, esto no es conmigo”, pensé. Y seguí hasta el Mercado Ideal No. 2. Y sí, había una manchita de rabirrubias-Galleta dulce por un recodo, y por el otro, ronco-arroz. Lo triste es que las dos colas se estaban entremezclando, como buenas colas cubanas, y ya había un enredo de pitas de mil demonios.

Volví a lanzar los anzuelos, detrás de una jubilada, di el último y seguí remando. Pasé por Sensación, la tienda de productos industriales, otra vez en la calle Martí, y una sensación de vacío me indicó que no había esperanzas. Ah, pero siempre se debe hacer pruebas en profundidad. Entré y tenían bolsitas de nailon, imprescindibles para almacenar la pesca.

Ya con ese avío de mi lado, el aleteo de una bandada nerviosa me hizo bajar hasta el Ideal No. 6. “¿Muerden el anzuelo o no muerden?”, quise saber entre la multitud de competidores. No demoraron en confirmarme, algo molestos, que las chernas-galletas de sal no estaban fáciles de coger. “Si logras que te piquen, solo dejan capturar dos por persona”, me aclaró un muchachón con pinta reguetonera.

“No me cuadra”, razoné, y recordé otra de las encomiendas imprescindibles del día, conseguir sardinas-preservativos, desaparecidos en la provincia durante casi todo lo que va de 2020. En la farmacia principal de la Martí la dependienta fue categórica: “En falta”. Y un veterano empleado me aseguró que semanas atrás habían entrado solamente 8 cajitas (de 48 paquetes cada una) y un solo pescador había enmallado 3 cajas.

“¿Será que el Gobierno está estimulando forzadamente la natalidad?”, bromeé con el buen hombre. “Quién sabe”, me dijo, “nuestras consignas son ‘producción y defensa’: por lo menos más niños se van a producir.

La pista de seis o siete pelícanos desorbitados me impulsó a la TRD Guamá. Una mujer que traía en la ensarta 4 jugosas cuberas-papel sanitario confirmó mi intuición. Hice la cola, pero faltándome tres por delante para llegar, el dependiente trazó con el pulgar un gesto de degüello.

Finalmente, luego de remar bastante, verificar las pitas que había dejado lanzadas en algunos pesqueros, cambiar carnadas y tostarme bajo el sol, casi en la orilla, en la ventanilla de cárnicos del Ideal No. 2 encontré, ¡sin cola!, mojarra-mortadella (de la subespecie MAE 36,50 pesos el kilogramo). Me cebé. No son ejemplares de muy buen sabor, pero la pieza hermosa de 2 kg que logré levantar fue la envidia de todos camino a casa.

¿Quién dice que el deporte cubano está en crisis? Nosotros practicamos la pesca coyuntural. El buen Hemingway estaría orgulloso: “Un hombre puede ser destruido, pero no derrotado”.

Sobre el autor

Jesús Arencibia Lorenzo

Jesús Arencibia Lorenzo

(Pinar del Río, 1982). Periodista. Máster en Ciencias de la Comunicación. Profesor en la Facultad de Comunicación de la Universidad de La Habana (2006-2018). Columnista del periódico Juventud Rebelde (2007-2018). Ha recibido premios periodísticos y literarios en concursos cubanos. Compiló, junto a Miriam Rodríguez Betancourt, el libro 'Pablo de la Torriente Brau. Pasión de contar' (2014). En 2018 publicó el volumen de crónicas 'A la vuelta de la esquina' (Ediciones Loynaz) y en 2019 el libro de entrevistas 'La culpa es del que no enamora. Claves de Periodismo y Comunicación desde América Latina' (Ocean Sur). Colabora con diversos medios de prensa y es docente adjunto de la Universidad de Pinar del Río Hermanos Saíz Montes de Oca.

2 comentarios

  • Me siento muy orgullosa de haber sido su alumna. Textos costumbristas como este nos hacen ver el país sin rebuscamientos ni eufemismos, con los mismos ojos de cualquier ciudadano de a pie. Saludos profe!

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