Melissa Vidal es una osteópata francesa de 30 años que vino a la Isla por primera vez en 2015. La naturaleza exuberante de Viñales la fascinó de inmediato y en una de esas típicas casas de madera, con los mogotes de fondo, conoció a un joven campesino y encontró el amor. Melissa nació en un pequeño poblado de Marsella con tradición agrícola. Allá las casas tienen sembrados para autoconsumo, improvisados en cualquier espacio de tierra disponible. En las granjas, incluso en las de pequeños agricultores, se trabaja con sofisticada maquinaria, pero ella prefiere un método aún vigente en Cuba: la tracción animal y el sistema de regadío que depende de la lluvia. Considera que así se forma una relación más orgánica entre la naturaleza y el hombre.

“Tuve la suerte de crecer en un pueblo que es muy militante, entonces por cualquier cosa, sea algo político, cultural, feminista, se arma un lío. Cada semana, en un cine muy bueno en el que solo se proyectan películas militantes, se imparten conferencias y se debate un tema diferente”, me explica ella. Ese es el capitalismo francés que conoce. Uno en el que la comunidad tiene tiempo para encontrarse en la noche y discutir. Este activismo de sus coterráneos influyó, al parecer, en la creación de asociaciones y movimientos que cuestionaban la forma en que ellos, los campesinos de Marsella, sembraban y el rumbo que estaban tomando sus acciones para con en el planeta. Después de muchas reuniones, decidieron crear un mercado de venta directa que agrupara a todos los productores de los alrededores que querían salir de los grandes supermercados. La idea era dar más valor al trabajo de campo ya que al granjero le estaban comprando el litro de leche a 0,20 centavos y luego se lo vendían a 1,50 euros a las mismas personas de la localidad. Básicamente, decidieron no perder el control de sus productos y pensaron una estrategia para que todos se beneficiaran. Y no es que en Viñales se carezca de un cine que proyecte filmes de ese cariz o que no haya militantes en esta zona. Puede que el problema sea la certeza de que pocos grupos han podido prosperar al margen de las organizaciones de masas creadas en la Revolución. O tal vez, quién sabe, todo el asunto se limita al cambio climático, que con tanto calor no dan ganas de reunirse con otros campesinos, dígase miembros de la cooperativa agropecuaria, una noche de sábado para generar ideas. Podrían hacerlo, pero ese no es el modo cubano de hacer las cosas. Crear, sostener y hacer un huerto sin pesticidas y fertilizantes químicos no ha sido para Melissa una tarea fácil.

Desde que está en Viñales, Melissa prefiere cosechar al ritmo de la naturaleza (Foto: Alba León Infante)

Desde que está en Viñales, Melissa prefiere cosechar al ritmo de la naturaleza (Foto: Alba León Infante)

“En Cuba no hay una red. Allá en Francia, cuando tú estás en eso de la agroecología tienes que crear tu propio círculo y tus propios contactos. Cuando te opones a algo, hay que crear una fuerza”.

Los primeros tomates que crecieron fueron invadidos por la primavera, un tipo de plaga; Melissa recuerda haber pedido ayuda para resolver este asunto de manera natural y la única respuesta que tuvo de los campesinos fue que fumigara con una decena de productos químicos. Nadie sabía qué hacer, nunca se habían planteado soluciones que no incluyeran pesticidas. Sin una red de apoyo, con el acceso a Internet difícil, todo se complica. No solo es lidiar con una tierra que casi no conoce, es también ignorar a todos los que abren la boca para desestimular diciendo que no va a lograr nada sin fumigar, que en Cuba no queda otra opción y que la cosecha le cabrá en una cesta.

“Aquí vienen y dicen compra este producto que para la piña es una joya, pero cuando preguntas no te dicen ni cómo se llama el producto ni de qué está hecho. ¿Una joya para qué? Si mis piñas tienen todo lo que necesitan: tierra, agua y sol”, dice Melissa parada entre tomates cherries, miel de México, rúcula, perejil, ajoporro, zanahoria, albahaca y menta. Algunas de estas plantas crecieron de unas semillas libres que se trajeron desde Francia. Las semillas libres no están bajo propiedad intelectual y han sido utilizadas por generaciones de campesinos y culturas ancestrales, son semillas de propiedad colectiva, reproducibles, que no están genéticamente modificadas ni mejoradas en laboratorios. Estas semillas, en Francia y en varias partes del mundo, son un desafío a las leyes que conceden la propiedad de obtención y creación a Monsanto y otras trasnacionales.

Ahora trabaja en la creación de su propio almacén, para tener semillas el próximo año y que el vegetal no falte.

Luis

Luis Morales no conoce otra profesión que la de ser campesino (Foto: Alba León Infante)

Luis Morales no conoce otra profesión que la de ser campesino (Foto: Alba León Infante)

Dice Luis Morales a sus 68 años que la vida es un vaivén y que en ese baile él no ha salido ganando. Tenía 17 cuando a su padre lo mató “un trueno”. Ya tenía un hijo cuando esto sucedió y a esa edad le tocó también criar a sus hermanas. Dice que en el amor no le fue bien, se juntó cinco veces con alguna que otra mujer y de esas, solo en una ocasión lo hizo con papeles. Entre sus hijos e hijastros suman 15 y todos le llaman Coronel Morales. Luis nació en 1951 en la casa de sus abuelos en Viñales, justo al lado de los mogotes Dos Hermanas. Estudió solo hasta 6to. grado y de inmediato se puso a trabajar en el campo. Con los años se hizo de 13 hectáreas de tierra. Todo lo que ha sido y lo que es comienza con la agricultura.

Desde que Luis Morales trabaja la tierra es miembro de la Cooperativa Antonio Maceo de Viñales. Si alguien sabe cómo ha evolucionado este Parque Nacional hasta convertirse en un centro turístico es él. Asegura que fue amigo de Antonio Núñez Jiménez y que juntos exploraron cuevas y ríos escondidos dentro de las montañas antes de que se pintara el Mural de la Prehistoria con colores tan brillantes y llegaran los primeros turistas.

Morales comenzó a trabajar en Frutas Selectas en 1977. Toda su producción de aguacates, cítricos, tomates y pimientos era destinada al turismo. En los hoteles de la zona, en Los Jazmines, la Casa del Veguero, en el Mural de la Prehistoria podía hacer ventas directas, sin intermediarios. Cuando en la empresa se eliminó esta posibilidad y las ventas se hacían mediante un tercero, el negocio ya no era tan rentable y Morales comenzó a producir a demanda y eventualmente terminó su contrato. Después de esto, por lo general sembraba 6 hectáreas con boniato, 2 o 3 con maíz y las demás con plátanos. Así todos los años, dos o tres productos. Morales decidió que este año volverá a sembrar frutales como parte de un proyecto que tiene la cooperativa, que incluye además ocho colmenas para la polinización y un organopónico. Ya compró a la biofábrica de Pinar del Río unas 300 posturas de mango, anón y guayaba enana. Se ha puesto un compromiso: tener preparado el abono orgánico antes de comenzar a plantar. Sin dudas, un acto valioso que tendría mayor impacto si él no hubiera aplicado también otros procedimientos.

Cuando Luis aró su tierra a principios de año se dio cuenta de que seguía infectada de una hierba mala que él llama malanguilla y es similar a la cúrcuma. Dice que es una enfermedad que agarra el sembrado y mientras más trabajas la tierra más fuerza coge. La solución se la dio un amigo suyo, especialista en Sanidad Vegetal, que le regaló un herbicida. No sabe el nombre pero asegura que es tan fuerte que para poderlo usar en la fumigación solo se le puede echar a una mochila una lata del tamaño de las que traen leche condensada. Además de agua, a ese producto se le agrega un jarro de 5 libras de urea: un fertilizante químico que puede producir óxido nitroso, un gas 300 veces más contaminante que el CO2 y que también genera nitrato, un elemento químico tan agresivo que es capaz de provocar acidez en los suelos y daños a la salud de las personas. Luis Morales esparció en su finca este preparado que le recomendaron y a los 8 días las temidas malanguillas comenzaron a desaparecer. Que la urea puede generar gases de efecto invernadero Luis Morales no lo sabe muy bien. Tampoco le queda muy claro que el uso de fertilizantes químicos en los productos agrícolas ocasione daños a la salud o sean considerados como un factor de riesgo en la aparición de enfermedades cancerígenas. Sabe que hay productos controlados y que algunos líquidos deben usarse con moderación pero no ha leído nada al respecto. Sí sabe que en el mundo hay una creciente preocupación por rescatar la siembra y producción orgánicas pero cree que tiene que ver con los daños al medioambiente. También sabe que el herbicida que le regalaron no puede aplicárselo a los frutales porque se mueren.

“Hay por acá un campesino que perdió una horrible cantidad de piña porque fumigó con el herbicida que mata la aroma y fíjate, que donde fumigues con eso durante cinco años no puedes sembrar nada”, me cuenta. La tierra queda estéril y nada crece, lo que sea que plantes absorberá el pesticida. Morales tampoco es un hombre que ande probando a ciegas, él busca asesoramiento para sus cultivos con el técnico de la cooperativa, con especialistas de la biofábrica y de la empresa de semillas. Puede identificar con nombres y apellidos a quien le dio cada consejo, aunque escucharle hablar genera incertidumbres. “Si la piña tiene 17 hojas le puedes echar carburo”, para él este es un hecho tan cierto como que la Tierra gira alrededor del Sol. Me cuenta una historia que valida su método científico. “Cuando Pedrito Blanco desaloja a la comunidad Los Acuáticos porque se niegan a votar por él, una señora cogió el carburo que se usaba para pintar las casas y para prender las lámparas de noche, y se lo echó arriba a las matas de piña. La idea era que se murieran y nadie pudiera aprovechar los frutos, mas lo que sucedió es que a los 10 días las matas estaban paridas. Ella quería secarlas y mira lo que salió de ahí”. Esta historia, de ser cierta, ocurrió en la década de 1940 pero Morales la cuenta como si hubiera ocurrido ayer. El carburo de calcio es altamente inflamable si entra en contacto con el agua o la humedad y en algunos casos se ha utilizado como explosivo. “Yo una vez tuve un piñal de 10 000 matas que compré en San Cristóbal a través de la empresa Frutas Selectas y no me llegó a producir. Yo no encarburaba, era una piña chiquita y perdí esa compra. Después de eso aprendí, una cucharada y tienes piña todo el año”. Dice también que el limón se logra si se recicla el agua enjabonada, no la que tiene detergente, y se hace un tanque de espuma y con eso se fumiga.

Luis Morales este año quiere diversificarse, está poniendo la mira en el turismo y junto a su hijo Luisito está planeando poner unas mesas con sombrillas de guano para consumir refrescos y compartir. Separó el espacio en su vega para asfaltar un camino por donde puedan entrar los carros. Tiene unas matas de almendras creciendo para que en el futuro den sombra y caigan hojas en el patio. Morales es un hombre de estos tiempos con una manera de hacer de antaño.

Yoenis

La finca de Perico ocupa solo una hectárea de tierra (Foto: Alba León Infante)

La finca de Perico ocupa solo una hectárea de tierra (Foto: Alba León Infante)

Yoenis Morales García tiene 26 años pero toda su vida le han llamado Perico. Los recuerdos que tiene de la escuela comienzan con la rutina de levantarse a las seis de la mañana, casi en penumbras, con una lámpara de gas. Su madre se levantaba a las cinco para hacer el desayuno, así todos los días hasta que Perico cumplió doce años. Justo en ese tiempo la Embajada de Francia donó 43 paneles solares a la comunidad y a la familia de Perico le tocó uno. Él recuerda que aquel panel no cubría todas las necesidades pero servía para ver televisión, conectar una grabadora y cargar cuatro baterías para tener luz en la noche. En 2015, él y otros guajiros pusieron los primeros postes para la corriente eléctrica. La electrificación había llegado al Valle.

A Perico lo único que realmente le ha gustado es ser campesino. Intentó estudiar Gastronomía y no terminó la carrera, luego probó a ser panadero, se graduó y aun así decidió quedarse a trabajar el campo. Tiene una hectárea de tierra dentro de la propiedad de su abuelo. Cuando a los 17 años dejó la escuela, su abuelo y su padre le enseñaron a arar, a peinar y a sembrar. Dice que con 19 años experimentó la verdadera libertad cuando tuvo dinero suficiente para comprar un bohío, desarmarlo, traerlo con bueyes y volverlo a armar en su pedacito, a su gusto. Comenzó con lo típico, una arboleda con matas de plátano, aguacate y mango. Su casa entre los mogotes de Viñales era un paraíso. Allí conoció a su novia y con ella visitó Francia.

Lo que más le impresionó de su primera experiencia en ese país fue sentir en el paladar la diferencia entre los productos cultivados de manera orgánica y los que vendían en el mercado las grandes marcas. No solo el sabor y el tamaño eran diferentes, sino los precios; los productos ecológicos eran más costosos. “Allí pude comprender que la mayoría de las enfermedades vienen a través de la alimentación. Si cuesta más trabajo producir sin químicos es lógico que las frutas y los vegetales ecológicos cuesten más. La gente en Francia entiende la diferencia y están dispuestos a pagar por eso”, me explica.

Ese viaje fue su motivación y a su regreso se propuso hacer una finca de producción agroecológica. “Mi novia me ayuda y trabaja muchísimo. Juntos un día decidimos hablar con el presidente de la cooperativa, con el presidente de la empresa de tabaco y con otras instituciones acá en Viñales. Me decían: Sí, te vamos a dar ayuda, te vamos a dar apoyo. Yo esperé hasta que finalmente se organizó una reunión con la gente del Parque Nacional. Hicieron un listado de los jóvenes que estaban interesados en la agroecología y nosotros nos anotamos. Desde ese momento todo empezó a caminar. Ellos venían dos veces por semana, daban instrucciones, ayudaban a planificar qué cultivos intercalar, cuáles no, daban medidas prácticas para el buen uso y protección de los suelos. Puedo decir que nos están dando una buena asesoría además de material de trabajo. Por ejemplo, el alambre para cercar y la malla para hacer el huerto”, continúa Perico. Casi dos años lleva este proyecto, el objetivo es poder hacer una finca ecológica, integral y de ciclo cerrado como sugiere la Permacultura. Perico cada vez se siente más cerca de lograrlo. Recientemente, incursionó en la lombricultura. Colocó tres colmenas para hacer miel, hace su propio compost y está el huerto, para autoconsumo. En 100 metros cuadrados hay lechuga, pepino, brócoli y col china. Siempre tuvo cantidad pero no variedad. Él y su novia sembraron varias especies de mango, guayaba, aguacate, pera, algodón, marañón, chirimoya y guanábana. Son árboles jóvenes que aún están creciendo. La idea de Perico es poder vender también a la comunidad, a los vecinos que tienen restaurantes y otros negocios. “Yo aún no hago distinción en el precio de mis productos, pero siempre explico a todo el que compra que se está llevando algo orgánico, que nosotros no ponemos químicos. Le damos promoción para que la gente se siga motivando”.

Dice Perico que tiene la suerte de vivir en una provincia tabaquera porque él utiliza la vena de tabaco para preparar su pesticida, totalmente natural. La gallinaza y cal las usa para alimentar el suelo. Además, en Viñales se está desarrollando una tienda de productos agropecuarios que de vez en cuando oferta insecticidas y biofertilizantes. Le gusta arropar árboles con mucha hierba seca, que es buena en la formación de microorganismos que mejoran los suelos y que al mismo tiempo fertiliza. Es un ciclo más lento, como las cosas importantes de la vida, pero hermoso.

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Luis Morales (Foto: Alba León Infante)

La dirección de Luis Morales es Mogote A, Viñales. Dentro de las trece hectáreas de su tierra, una hectárea la ocupa Perico con su finca La Armonía. En esta vega la cosa más delicada es el huerto que construyó Melissa, con sus mandalas y las flores brillantes para atrapar insectos. Tal como no hay dos ramas idénticas en un mismo árbol, no hay familiares iguales. Perico y su abuelo conviven juntos pero ambos representan dos maneras diferentes de ser campesinos en Cuba.

Las tierras de Luis Morales le pertenecen a la cooperativa Antonio Maceo. Cada año, como representante de las trece hectáreas, Morales hace un contrato con la cooperativa en el que se compromete a entregar cierta cantidad de productos. Para poder legarles algo a sus hijos y para que Perico no pierda su hectárea, Luis Morales debe trabajar hasta su último día de vida la tierra y no puede aspirar a jubilarse. Entonces, uno tiene que pensar en cómo cumplir el acuerdo mientras el otro se puede permitir experimentar con la agroecología. Es un equilibrio complejo el que mantiene la armonía. Es también una especie de amor.

Sobre el autor

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Geisy Guia Delis

Graduada de Periodismo de la Facultad de Comunicación de la Universidad de La Habana en 2014. Fue redactora reportera en la Redacción Informativa de Radio Rebelde. Ha colaborado con el portal del arte joven cubano de la AHS, y con el sitio francés Cuba24Horas. Participó en el Taller de Periodismo de la Fundación Panter y el periódico Taz en Berlín en 2015.

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