Lo primero que hay que saber sobre la famosa foca Silvia es que nunca fue una foca. Silvia era un lobo marino, o una loba marina, si se quiere respetar su género. La confusión no es exclusiva de Cuba. En cualquier lugar del mundo a los lobos marinos les llaman focas de manera indiscriminada. Sin embargo, que la prensa reproduzca el error no ayuda a que las personas aprendan a distinguir ambas especies de pinnípedos, y tampoco ayuda a reivindicar la verdadera identidad de Silvia, ni siquiera después de su muerte, en el año 1997. El periódico Granma, en mayo de 2014, publicó un reportaje sobre el Acuario Nacional de Cuba en el cual su autora refiere que “no son los tiempos de la foca Silvia”, pero que todas las personas que han disfrutado el Acuario agradecen su existencia –la del Acuario, no la de Silvia–. Al año siguiente, el semanario Trabajadores abrió una nota sobre el aniversario 55 del Acuario de esta manera: “Aunque no son los tiempos de la foca Silvia ni de la delfina Diana, el Acuario Nacional de Cuba sigue siendo uno de los espacios preferidos de los cubanos”.

Pero, independientemente de la confusión, ¿qué fue lo que hizo a Silvia “una foca” tan entrañable, como para que, a casi veinte años de su desaparición física, dos medios de alcance nacional la evoquen en dos textos sobre el Acuario? ¿Acaso Silvia es lo más importante que le ha pasado al Acuario desde que se fundó en 1960?

Silvia fue la primera mamífera marina del Acuario y la primera que tuvo un espectáculo, incluso reportado y anunciado por la prensa nacional. Después vinieron otros lobos marinos en los ochenta, los delfines Diana y Ciclón en 1983, los pingüinos Mercy y Cleo. Se crearon otros espectáculos con números sofisticados, música, animación. Murieron los pingüinos Mercy y Cleo –aunque ¡lograron huevos!–, Diana y Ciclón fueron liberados en 1995, murió Silvia en 1997, el Acuario se modernizó, Fidel Castro inauguró obras de ampliación en 2002, se atraparon otros delfines y hasta se importaron auténticas focas de Portugal. Y, sin embargo, nada ha logrado disminuir la hegemonía de Silvia en la historia del Acuario Nacional de Cuba.

***

Era 1973 y Ricardo Eulogio Martínez navegaba a bordo del Océano Pacífico. Hacía más de un año que se había graduado de Ciencias Médicas y se encontraba cumpliendo su servicio social. Tenía 26 años y era el médico de la embarcación. El Océano Pacífico era un buque frigorífico que pertenecía a la imponente Flota Cubana de Pesca, una de las más grandes del mundo en ese momento. Su misión era recoger las cajas de pescado –merluza, jurel– producidas por barcos de pesca que laboraban en aguas profundas del Atlántico Sur, por Ciudad del Cabo; almacenarlas en una bodega refrigerada y transportarlas hasta La Habana. Cada viaje de ida y vuelta tardaba entre sesenta y setenta días. Todo ese tiempo permanecía en el mar. El Océano Pacífico no descansaba en ningún puerto a medio camino, a no ser que ocurriera una emergencia. Solo en el sitio donde se ejecutaba el trasbordo podía demorar unas tres semanas. A veces, lo admite Ricardo Eulogio, los marineros, todos hombres, se aburrían.

Buque Océano Pacífico, de la Flota Cubana de Pesca (Foto: Ricardo Martínez)

Hacer el traslado de mercancía desde el barco de pesca hasta el frigorífico requería tomar algunas precauciones. No bastaba con que se situaran cerca uno de otro. Era necesario arrojar boyas enormes en el agua para evitar choques y extender una red de unos cuarenta o cincuenta metros entre las embarcaciones, que cumplía la función de disminuir las pérdidas de mercancías. El barco de pesca entregaba al barco frigorífico los pescados en cajas de cartón que, en ocasiones, se desarmaban o se caían y los pescados de las cajas que se desarmaban no podían recuperarse, porque enseguida aparecían animales para comérselos, en especial lobos marinos, pero los pescados de las cajas que caían intactas generalmente se podían salvar. Además, si de pronto un hombre necesitaba cruzar de un lado a otro –como, por ejemplo, el médico del Océano Pacífico, un inspector, o pescadores que llevaban cinco y hasta seis meses sin pisar tierra y debían ser relevados–, la red garantizaba cierta seguridad. Si alguien caía al mar podía ser más expeditamente rescatado, había menos riesgos de que terminara ahogado o desaparecido.

—Entonces los lobos marinos se ponían en la red a jugar y a comer, porque la red estaba medio sumergida, y con las olas salía y entraba al agua.

Tan pronto los hombres concluían sus operaciones, la red era mecánicamente recogida y llevada a la cubierta del Océano Pacífico y con la red, todo lo que hubiera quedado atrapado en su interior; lo mismo cajas rotas, que pescados, que lobos vivos. En esa región habita el Arctocephalus pusillus, mejor conocido como lobo marino de El Cabo, y por lo general, los especímenes que llegaban hasta la cubierta eran azorados por miembros de la tripulación para que se lanzaran de vuelta al mar, cuando no se lanzaban por sí solos. Pero hubo un día, en 1973, en que el final de la monótona historia de traslado de cajas de pescados cambió. Ese día, de los cinco lobos que quedaron atrapados en la red y fueron subidos a bordo, dos se resistieron a bajarse, de acuerdo con el testimonio de Ricardo Eulogio.

—Caminaban para acá, caminaban para allá, y no se tiraban. Llegaban al borde y viraban para atrás. Tú ibas para arriba de ellos y ellos se iban para un lado o se escondían detrás de un tanque, como si estuvieran jugando al escondite, a los agarrados, algo así. Entonces, cosas de la vida, ni pensado, ni planificado, ni nada, se me ocurrió: “Bueno, ya que están aquí y no quieren tirarse, nos los llevamos para Cuba”.

Ahí varios marineros los fueron acorralando y los condujeron hasta una poceta techada que había en el barco, que luego llenaron con agua salada. La captura fue totalmente improvisada. Al capitán le avisaron cuando ya los lobos casi formaban parte de la tripulación.

—Entonces el capitán consultó con La Habana y le respondieron que sí. Pero me dijo: “Tú te encargas de ellos, yo no quiero saber de eso. Tú les das comida y todo”.

La loba africana a bordo del barco con un pescado en la boca (Foto: Ricardo Martínez)

Al principio ninguno de los dos quería comer. Los pescados muertos que antes les habían atraído al parecer ya no les resultaban tan apetitosos en una poceta de unos cincuenta centímetros de profundidad, que no alcanzaba ni tres metros de ancho por tres de largo.

—Yo pensé que se iban a morir, porque se pusieron desganados. Entre los dos jugaban un poco, pero no querían comer. Ya al segundo día uno de ellos empezó a comer, el otro le fue arriba, y ahí ya empezaron a adaptarse; o sea, que sería un día que extrañaron o algo, no sé.

El médico había visto antes de cerca a esos animales: grandes y pequeños, viejos y jóvenes, dóciles y gruñones, vivos y muertos. Vivos: los que la gran red agarraba desprevenidos una vez que era retirada hacia la cubierta. Muertos: los que se ahogaban enredados en los chinchorros que los barcos de pesca arrastraban por una o dos horas. Una vez, incluso le había arrancado un colmillo a un lobo muerto. Sin embargo, nunca había interactuado por tanto tiempo y tan de cerca con lobos vivos. Sus conocimientos sobre cómo cuidarlos eran bastante básicos. Y, de pronto, su idea de propiciar un entretenimiento con lobos marinos al pueblo cubano le había vuelto responsable de dos crías que no llegaban al año de nacidas. Debía alimentarlos a diario y, cada tres o cuatro días, limpiar la poceta donde los habían colocado.

—El miedo de nosotros era que cuando pasáramos por el trópico se enfermaran o se murieran por el calor. En Sudáfrica hace frío, la temperatura del agua es fría. Pero parece que como el barco iba despacio, se fueron adaptando poco a poco. Yo creo que si hubieran sido viejos, en primer lugar no hubiéramos podido cogerlos, porque los viejos son muy ariscos, y tal vez no se hubieran adaptado y se hubieran muerto.

El Océano Pacífico entró al puerto de La Habana 28 días después de haber realizado la inusual captura. Sin embargo, solo uno de los dos lobos llegó. Ricardo Eulogio cree que el otro se tiró al mar, o lo tiraron.

—Cuando pregunté, los marinos me dijeron que se había tirado. Yo no sé si jugando con él lo tiraron, porque ese barco también se utilizaba para relevar tripulaciones, y una tripulación que está seis meses en el mar, cuando viene de vuelta, se pone muy alegre y hace trastadas. Ahí pasó cualquier cosa… No pienso que lo hayan matado, porque no vi sangre, ni limpieza de nada.

Silvia, que todavía no era Silvia, arribó a Cuba sola.

***

—Llega la noticia al Acuario, que en el muelle había un barco que tenía una foquita –recuerda Julio Calderín–. Se forma el corre corre. No había en qué ir a buscarla.

Julio Calderín es buzo y pescador. Trabajó en el Acuario durante casi 50 años, desde principios de los años sesenta, y fue uno de los ocho o nueve hombres que participaron en la misión de recoger a la “foquita” en el puerto de La Habana. El camión resuelto para recogerla fue un camión de guerra soviético que facilitó la guarnición de la residencia del entonces presidente de la república Osvaldo Dorticós. La residencia presidencial quedaba al lado del Acuario y, según Julio, el personal de un sitio y otro, por razones de trabajo, se conocía; al menos lo suficiente como para que se diera ese tipo de cooperación. La loba, mientras tanto, permanecía a bordo del Océano Pacífico. Cuando los encargados de recogerla llegaron al puerto, un grupo de tres o cuatro marineros le arrojaron una malla, la cargaron entre forcejeos hasta el camión y la arrojaron en la parte trasera. El bulto negro no medía ni siquiera un metro.

—Y ella a morder, porque estaba berreada –dice Julio–. Olvídate de entrenamiento y besito. Eso fue después.

De repente, la loba logró zafarse de las amarras. Y los hombres que estaban encima del camión de guerra soviético, al verla libre, se espantaron y se bajaron. Julio no. Julio se quedó. Y la enfrentó. Eso cuenta.

—No por guapo, sino porque no tenía otra opción. Yo había quedado detrás de ella, ella estaba en el medio. No podía bajarme.

La loba se dispuso a huir. Se desplazó al borde del vehículo, que estaba parqueado a unos tres o cuatro metros del mar –de la bahía de La Habana– y colocó las aletas delanteras en la baranda.

—Yo pensé: “Bueno, si toca el agua la perdimos”. Y me dije: “Julio, te tocó”.

Por “Julio, te tocó”, Julio entendió que debía retenerla, impedir que se marchara. Él, que nunca antes había lidiado con una criatura similar, se lanzó sobre la loba, la sujetó por la cabeza, dice que hasta le mordió una oreja, se le montó a horcajadas, la inmovilizó contra el suelo, colocó sus rodillas encima de sus aletas y, cuando estuvo seguro de que no se le iba a escapar, gritó: “Medina, arranca que nos vamos”.

—Hasta que llegamos no pude soltarla. Yo tuve que meterme el viaje agarrándola por el cogote y pegándola al piso. Así llegó al Acuario.

***

El primer sitio donde alojaron a la loba marina fue en “el riñón”: una piscina que formaba parte de la residencia donde se había levantado el Acuario Nacional de Cuba y que, como es de suponer, semejaba un riñón. Medía entre quince y veinte metros de largo, su zona más honda tenía dos metros. En comparación con la poceta del buque frigorífico, el riñón era una suite presidencial, aunque en comparación con el Atlántico era una alcantarilla. En lo adelante, nada podría compararse con el Atlántico. Un lobo marino libre, en su hábitat natural, puede sumergirse, mínimo, a cien metros de profundidad, saltar en grupo entre las olas, socializar en los lobarios. En cautiverio, en una piscina de concreto, en condiciones de absoluta dependencia de los humanos, puede, básicamente, sobrevivir. Y, según se mire, educar o entretener, o las dos cosas al mismo tiempo, o ninguna de las dos.

Silvia permaneció en el riñón de tres a cinco años. Julio, el trabajador más antiguo entrevistado, no recuerda exactamente cuántos. Según sus cálculos, debió haber sido entre 1974 y 1978 que construyeron su estanque especial. Él mismo acabó participando en la construcción, cubriéndose de polvo, cargando cemento. En los setenta todavía la épica de la Revolución Cubana gozaba de buena salud y no era raro que un buzo cumpliera jornadas de trabajo voluntario como albañil, si de pronto el país, o el Acuario, o lo que fuera, necesitaba albañiles para cumplir alguna tarea. El estanque especial era un poco más pequeño que el riñón y era tan profundo como pueden serlo 100 centímetros. En su punto más hondo había, si acaso, 10 centímetros más, aunque su fondo era bastante plano. Además, tenía piedras ornamentales, piedras lisas y grandes, una sombrilla de concreto y una caseta circular techada, igual de concreto, que se suponía hicieran más agradable la vida de Silvia.

El estanque construido para la primera mamífera del Acuario (Foto: Biblioteca del Acuario Nacional de Cuba)

Entre los visitantes y el animal no había barreras físicas. Si a alguien se le ocurría refrescarse en el estanque un rato, solo debía alzar las piernas y entrar. Eso no sucedió, o al menos ninguna de las fuentes entrevistadas recuerda que algo así sucediera, pero como el borde era tan bajo y amplio, como con forma de concha, sí era frecuente que las personas lo creyeran un balcón y acabaran inclinándose hacia su interior más de lo prudente. Para tener una idea de lo bajo que era: a un niño de entre nueve y once años el estanque le quedaba por la cadera. Asimismo, si a Silvia le llamaba la atención algún objeto que era colocado en su territorio, se lanzaba sobre él. Una vez le llamó la atención una tesis de diploma y la hizo trizas en el agua. Eso en la época analógica, cuando se empleaban máquinas de escribir. Otra vez le llamó la atención un cake. A lo mejor ese tipo de incidentes también contribuyó a volverla inolvidable. El caso es que Silvia vivió cada uno de sus 23 o 24 años de cautiverio en ese estanque especial. Otras lobas y lobos serían traídos después de ella, pero con ninguno debería compartir sus aguas, su sombrilla o sus piedras; ni siquiera cuando dejó de actuar y envejeció.

***

La carrera de Silvia en el mundo del espectáculo no despegó hasta 1980. En el Acuario no había experiencia en el entrenamiento de lobos marinos, ni de ningún animal. La primera y única mamífera del centro entretenía a los visitantes solo con su presencia. Lo más espectacular que hacía era engullir pescados, dar saltos espontáneamente y nadar; hasta donde le resultaba posible en 100 centímetros de profundidad. En 1980, Rafael Hernández, un buzo de veinte años, comenzó a trabajar en el Acuario. Su principal escuela hasta ese momento habían sido las costas cubanas. Desde los catorce años exploraba los fondos del mar con equipos de buceo. Le apasionaban los animales, los enfrentaba con respeto y sin miedo. Podía decirse que tenía una intuición natural para comprender sus comportamientos. En el Acuario, incluso, llegaría a montar un show en el que nadaba con más de doce morenas en un estanque mientras las alimentaba. Dice que era una época en la que hacía falta público y él buscaba iniciativas. Pero Rafael vino a saber de verdad qué era un lobo marino cuando le pusieron a cargo de la alimentación de Silvia y de la limpieza de su piscina.

—Cuando tú cuidas a un animal, tienes que mirar cuándo come, cuándo no come, cuándo hace sus necesidades, cuándo cae en celo si es un mamífero… Todo eso tienes que revisarlo, porque así tú vas conociendo al animal y el animal te va conociendo a ti, y se hace un entendimiento. Silvia y yo nos entendíamos a tal punto, que yo le decía cualquier cosa y ella lo hacía. No fue nada enseñado de nadie. Todo fue de forma empírica.

El momento de la alimentación, poco a poco, se fue espectacularizando. Si bien ese momento siempre había constituido una de las mayores atracciones del Acuario y los visitantes solían aglomerarse en torno a los estanques de cualquier especie donde estuviera ocurriendo, Rafael, con la loba marina, hizo llegar esa rutina más lejos. Silvia no solo se zampaba los pescados que él le tiraba. También nadaban juntos, jugaban. La loba marina aprendió a saludar con la aleta, a dar un beso, a imitar sonoridades, a apoyarse sobre los hombros de Rafael y permanecer erguida. A veces, él la ponía a pescar. Capturaba peces y pulpos en el mar y se los soltaba vivos en la piscina, para que, según él, no perdiera esa conducta ancestral, y porque veía que eso la estimulaba.

—Yo aprovechaba las habilidades de ella. Si ella saltaba, yo aprovechaba el salto. Si ella daba una vuelta en el aire, la aprovechaba. Así mismo pasa con los delfines. Los delfines en su medio natural hacen todas las piruetas que hacen en espectáculos, pero no es lo mismo que las hagan cuando ellos quieran, que cuando uno quiere que las hagan.

—Ese es el reto.

—Sí, el reto como tal, pero que el animal siempre se sienta bien, no obligado. Silvia llegó a hacer cosas sin comida, sin el premio. Lo hacía con tal de atraerme.

Ya en 1982 el show de Silvia era famoso en el país. La prensa le daba cobertura y anunciaba su programación. Rafael aparecía en la Televisión Cubana. El Acuario vendía fotos de Silvia y Rafael juntos como suvenires. En tiempos de vacaciones escolares, las funciones podían duplicarse. La edición del 2 de noviembre de 1982 del diario Juventud Rebelde informaba que, “a petición del numeroso público”, el Acuario extendería su programación. Silvia, por ejemplo, actuaría a las diez de la mañana y a las dos de la tarde. La foto de la noticia: Rafael subido en el borde del estanque con el brazo extendido hacia el agua, Silvia en pleno salto intentando alcanzar con su boca la mano de su cuidador, un público infantil atento. Dice Rafael que se conocían tan bien, que ella era capaz de descubrirlo entre una multitud de personas.

—Yo me metía entre la gente, vestido igual que otro cualquiera de la calle, y ella pasaba la vista y automáticamente me encontraba. Increíble.

—¿Y qué hacía Silvia cuando le detectaba?

—Iba a donde estaba yo para que le pegara la nariz. Eso es un medio de comunicación que usan mucho los mamíferos, sobre todo los lobos marinos: se intercambian el aliento. Por supuesto, yo no recogía el aliento de ella porque podía agarrar alguna enfermedad, pero sí le soplaba en el hocico y ella sí recogía mi aliento.

Los primeros años de la carrera de Silvia (Foto: cortesía de Rafael Hernández)

Solo una vez Silvia agredió a Rafael. Le lanzó una mordida a la cara que él logró esquivar volteando el cuerpo, aunque de todas maneras le hirió el hombro. Nada grave, un arañazo apenas. Rafael explica que cuando un animal te muerde, la clave es no halar, porque si halas desgarras la carne. De todos sus años trabajando cerca de animales, tanto cautivos como libres, entrenados como salvajes, solo cuenta con una marca seria en la mano derecha por una mordida de morena. Hoy tiene casi 60 años. Sin embargo, advierte que los animales solo muerden para defenderse y comer, que la culpa de ambas mordidas la tuvo él, que cometió errores. En el caso de las morenas: se tiró con ellas sin haberse lavado las manos después de haber estado manipulando pescados. En el caso de Silvia: la quiso forzar a trabajar y la loba estaba menstruando, en un período en que las mamíferas experimentan malestar y pueden ponerse agresivas.

—Uno tiene que pensar como el animal –dice–. Y sentirse como el animal. Cuando tú estás en tu casa, sentado, en la computadora o mirando la televisión, el animal sigue encerrado. Horas, horas, horas… Mirando la misma pared y las mismas cosas. Es muy duro. Porque a lo mejor un pez, pero un mamífero…

En 1983, el dúo se disolvió. Rafael era buzo, no entrenador, y en 1983 se unió al equipo de buceo del Acuario. Cambió los espectáculos multitudinarios y bulliciosos por la soledad y el silencio de las profundidades marítimas. Se dedicó a navegar las costas cubanas, a buscar especies nuevas y a efectuar capturas. En el mismo 1983 participaría en la captura de los dos primeros delfines que tuvo el centro: Diana y Ciclón. Él continuaría saludando a Silvia a cada rato y trayéndole peces vivos para que los pescara en su estanque, pero la mayor parte del tiempo trabajaría en el mar, lejos de allí. Silvia tendría entonces diez años cuando ocurrió esa separación. No era exactamente una loba joven. Enseguida conocería a otros entrenadores, entrenadores preparados por otros entrenadores mexicanos que impartirían un curso en el Acuario, y aprendería ejercicios nuevos, pero ya para 1986 habría dejado de actuar.

***

En todas las fotos en las que aparece Silvia en su estanque es posible apreciar que para una loba marina hubiera sido bastante sencillo trepar hasta el borde y escapar. El Acuario, además, se encuentra en una zona costera. Silvia habitaba a unos escasos cincuenta metros del mar. Entonces, ¿cómo no se fue en busca de su libertad? La respuesta es simple: el estanque especial estaba electrificado. En la mayoría de las fotos puede apreciarse la extensión de dos cables por todo el interior, a unos treinta centímetros del agua y al alcance de las manos de los espectadores. En las funciones, quienes lograban clasificar en la primera línea de visión, se apoyaban o hasta se sentaban sobre el borde; exactamente como si se tratara de un balcón, o un banco de parque.

Rafael dice que la electrificación era una medida de seguridad –para Silvia– y que la corriente era de bajo voltaje. No hacía daño ni a los humanos ni a la loba, pero que a la loba, completamente mojada como estaba cuando tocaba los cables, la asustaba lo necesario como para neutralizar cualquier intento de fuga. Hubo, desde luego, espectadores que terminaron recibiendo corrientazos. Algunos se quejaron. Rafael lo recuerda. No obstante, el personal del Acuario solucionaba siempre el asunto alegando que, en primer lugar, nadie debía colocar las manos tan cerca del agua del estanque, a la distancia en la que se encontraban los cables. Antes de la instalación de dicha medida de seguridad, Silvia sí había intentado escapar par de veces. Había salido aprovechando las piedras ornamentales. Nunca había conseguido llegar hasta el mar, pero había logrado activar una alarma. Julio no puede precisar quién tuvo la idea o decidió colocar los cables, pero dice que el propósito era enseñarle, por medio de un estímulo –o más bien un castigo–, que no debía salir de su estanque especial. Primero la habían intentado frenar disminuyendo el nivel del agua, pero la idea de la electricidad prevaleció al final.

Un día común en la vida de Silvia (Foto: Biblioteca del Acuario Nacional de Cuba)

La bióloga Maida Montolio, quien fue vicedirectora científica del Acuario desde 1991 hasta 2013, no recuerda que cuando ella comenzara a trabajar en la institución el estanque especial estuviera electrificado. Rafael, por su parte, dice que los cables se rompían de vez en cuando y que, en algún momento, se rompieron para siempre, y que cuando se rompieron para siempre ya Silvia no intentaba escaparse. Lo que sí recuerda Maida es que, a finales de los noventa, cuando se discutía en el consejo científico el proyecto de obras de ampliación del Acuario, alguien propuso, en una reunión de tantas, la electrificación de los nuevos estanques destinados a los lobos marinos. No obstante, Maida sostiene que la idea fue enérgicamente rechazada. (Cuando a Silvia le electrificaron su estanque, en el Acuario no existía un consejo científico. El consejo científico se creó entre 1991 y 1992). Lo que se aprobó entonces como barrera de contención de los lobos, de cara al público, fue un foso y una malla. Y eso sería también lo que protegería a los visitantes de los animales, o quizá, a los animales de los visitantes. Actualmente, ese sitio se conoce como La Rocalla y es donde habitan los lobos y focas del recinto.

***

El 25 de julio de 1986 en el periódico Granma apareció una noticia con el siguiente título: “Silvia, Fonsie… y otros seis”. La Biblioteca del Acuario conserva un recorte. La noticia habla sobre el entrenamiento de lobos marinos para próximos espectáculos. Presenta al sensacional Fonsie: un Zalophus californiacus macho de 250 kilogramos traído desde un acuario canadiense y que podía ejecutar hasta 27 ejercicios. Fonsie, por ejemplo, sabía jugar béisbol. Pero en ese momento estaba recibiendo lecciones de español porque los 27 ejercicios los había aprendido en inglés y en español solo lograba 12. La noticia menciona, además, algunas habilidades de los “otros seis”: ruedan como croquetas, juegan con pelotas, dan besos. En un momento, el reportero hace una acotación: “no hay que olvidar que Silvia ya está retirada”. De Silvia no dice mucho más en la media página de periódico que ocupa el texto; solo se pregunta, en un pie de foto, si ella estará aspirando al “chicharro de la popularidad” –lo cual pretendía ser una broma en referencia a lo concurrido de su estanque–, y anuncia que, aunque Silvia era “un imán”, seguro iba a hallar “un contrincante en la octava foca”, es decir, en Fonsie. Pero la verdad es que Silvia ni retirada tuvo nunca un contrincante. No hubo lobo que compitiera con ella, ni en fama, ni en atenciones, ni en popularidad, ni en afecto. Silvia pudo haberse quedado durmiendo tranquilamente en su estanque después de haberse retirado, que ni un lobo marino con alas que hablara japonés iba a hacer temblar su corona.

Rafael no recuerda en qué año exactamente Silvia se retiró. Y las otras entrenadoras que trabajaron con ella (Esmeralda Bretón y Yolanda Alfonso) no pudieron ser entrevistadas para esta historia. Esmeralda Bretón reside hoy fuera de Cuba, pero los intentos de establecer comunicación con ella por las vías disponibles resultaron infructuosos, y Yolanda continúa trabajando en el Acuario Nacional de Cuba, lo cual significa que debe contar con la autorización de sus directivos para conceder entrevistas a la prensa. Periodismo de Barrio, en agosto de 2017, presentó una carta de solicitud en la dirección del centro, pero a los pocos días la secretaria de la directora respondió por teléfono que la solicitud no procedía.

Recorte de periódico que conserva la biblioteca del Acuario Nacional de Cuba (Foto: Mónica Baró Sánchez)

En los archivos de la Biblioteca Nacional José Martí no fue posible rastrear mucha más información. No existen referencias de las coberturas periodísticas sobre Silvia, solo algunas sobre el Acuario, y la mayoría de las existentes del Acuario son anteriores a 1973 y posteriores al 2000; es decir, anteriores y posteriores a Silvia. La noticia de Granma de 1986, por ejemplo, no está referenciada. Tampoco otra de otro recorte que conserva la Biblioteca del Acuario, titulada: “¿Se jubila Silvia?”, y cuyo autor es el fotorreportero y escritor Tomás Barceló. Lamentablemente, quien realizara este recorte no consideró importante preservar ni la fecha de la publicación, ni el nombre del medio (debe haber sido publicada entre 1984 y 1986, según puede concluirse por las informaciones que contiene y los testimonios de los entrevistados).

Lo que contaba Tomás Barceló, no obstante, era que Silvia, luego de haber sido entrenada durante un año y haber aprendido ejercicios nuevos, tenía que demostrar ante el público lo que había aprendido “durante arduas y largas jornadas”; pero que un día dijo: “¡Basta!”. Y entonces “no hubo quien la hiciera avanzar más en el entrenamiento”. El fotorreportero también cita a Yolanda, una de las entrenadoras, quien explicó que Silvia estaba ya “algo vieja”, y que si su preparación hubiera comenzado antes hubiera aprendido muchas más cosas. Luego, añadía Yolanda: “temimos al principio por su salud porque se negó a comer, enfermándose del estómago, decidimos entonces dejarla como exhibición y no seguir trabajando con ella”.

Transcurrirían al menos diez años de esa sublevación hasta la muerte de Silvia. Maida cuenta que, en ocasiones especiales, algunos entrenadores organizaban algo breve con ella, sin esforzarla demasiado, y que una vez hasta le celebraron un cumpleaños con globos alrededor de su estanque. Los espectáculos se continuaron haciendo con otros lobos marinos. El Acuario, en la época de Silvia, acogió no solo a Fonsie sino también a Lolo, Nery, África, Arimao, entre otros. Fonsie incluso se escapó en marzo de 1993, a raíz de las penetraciones del mar ocasionadas por la Tormenta del Siglo, pero no pudo ni preservar el crédito de su fuga. La gente en la calle comentaría que había sido Silvia la prófuga, que buscaba emigrar de manera ilegal a Estados Unidos. (Al final, a Fonsie lo encontraron por las costas de Guanabo y lo llevaron de vuelta al Acuario). Los otros lobos no tuvieron mejor suerte. Ningún otro nombre tuvo un eco tan largo y potente como el de Silvia, ni en vida, ni después de haber desaparecido físicamente. Aunque quizá decir que desapareció no sea del todo apropiado.

Silvia, estrictamente, no desapareció. A Silvia la disecaron y la pusieron en exposición en el Museo Nacional de Historia Natural de Cuba, en la Habana Vieja, donde todavía hoy puede ser apreciada. Allí nada indica que ese lobo marino fue la famosa Silvia, “la foca” que entretuvo a miles, o a cientos de miles, o a millones de cubanos durante las décadas del setenta, ochenta y noventa, pero Maida lo confirma. La antigua vicedirectora científica no olvida las discusiones que hubo para decidir dónde se colocaría finalmente a la loba marina disecada, si se traería al Acuario o se dejaría en el Museo. Dice que al final hubo consenso en dejarla en el Museo, porque en el Acuario, por su cercanía con el mar, estaría expuesta a condiciones ambientales más hostiles y la piel podía contraer hongo y deteriorarse rápidamente. Maida tampoco olvida cuando ella y varios colegas suyos fueron a verla al Museo, una vez concluyó la taxidermia.

—Fue muy impresionante el encuentro con Silvia –dice–. Todos comentamos que no era Silvia. La Silvia que nosotros habíamos conocido era otra: pícara, astuta, muy activa. Quizá verla así… Pues dijimos: “Ay, esta no es Silvia, esta no tiene los ojos de Silvia”. Bueno, imagínate, los ojos que tenía eran de vidrio.

Silvia en el Museo Nacional de Historia Natural de Cuba (Foto: Ismario Rodríguez)

Sobre el autor

Mónica Baró

Miembro del Consejo Editorial. Reportera. Graduada de Periodismo en 2012. Periodista de la revista Bohemia de 2012 a 2014. Egresada del Taller de Técnicas Narrativas del Centro Nacional de Formación Literaria Onelio Jorge Cardoso en 2010. Participante del Taller Formación de Formadores del 2011 y del Taller Latinoamericano de Comunicación Popular del 2013 en el Centro Memorial Dr. Martin Luther King, Jr. (Cuba). Coordinadora y ponente en el Taller Internacional sobre Paradigmas Emancipatorios desde 2011. Coordinadora del Proyecto educomunicativo Escaramujo, en Matanzas/2012. Participante de la Corte de Mujeres de los Consejos Populares de Centro Habana en 2013. Participante en el Seminario de Construcción Colectiva. Descolonización de saberes: subjetividad y luchas emancipatorias en América Latina y el Caribe, del Departamento Ecuménico de Investigaciones (DEI), Costa Rica, en 2014.

Un comentario

Deje un comentario