Los huesos del cimarrón

En el poblado de Bahía Honda, provincia Artemisa, solo la torre del central Orozco habla alto de lo que fue allí la molienda. Lo demás es un murmullo, el eco pertinaz de alguna mocha oxidada.

Cuánta esperanza forjaba
en la zafra el campesino,
como si fuera el destino
de todo lo que añoraba.

Darío Espina Pérez

A lo lejos, entre palmas, la torre del central Orozco es la única palma sin penacho. Su penacho de humo, que era el más alto y trazaba en el aire la suerte del batey, hace 15 años solo tizna el recuerdo. Si uno fuera supersticioso –y en Orozco no es difícil serlo– diría que algo maldito le ha caído a todos los signos del azúcar en este pequeño poblado de Bahía Honda, Artemisa, desde que en 2002 el trapiche obtuso del país moliera, como una caña desechable, la vida de decenas de bateyes azucareros, para sacar un guarapo que, a la postre, ha sido más bien amargo.

La tienda La Zafra está cerrada por reparación, y sus funciones han sido trasladadas a un antiguo comedor obrero. La Casa del Azucarero, otrora mansión de los dueños del ingenio, se está usando como funeraria, pues en la capilla del barrio el único velorio que ya se sostiene es el de ella misma, muerta de comején y abandono.

A un primer golpe de vista, únicamente reluce en el asentamiento, pintada de verde, la Sala de Rehabilitación, llamada Pablo de la Torriente Brau, igual que muchas otras instituciones locales, empezando por el difunto central; aunque la gente, con la terquedad de la costumbre, siga llamándolo todo “Orozco”.

Allí estuve, los días 27 y 28 de febrero de 2017. Y escuché. Y vi. Anduve las calles y los recuerdos entre la melaza del olvido y la maleza del presente. Solo la torre habla alto de lo que fue aquí la molienda. Lo demás es un murmullo, un eco pertinaz de alguna mocha oxidada. Al pie de la chimenea, como epitafio, la inscripción con el primer nombre del coloso: “Ingenio La Luisa: 1810-2002”.

Maurilio (I)

Maurilio, para quien no lo conozca bien es simplemente el historiador de Orozco

Maurilio, para quien no lo conozca bien, es simplemente el historiador de Orozco (Foto: Jesús Arencibia)

—¿Cómo llego a su casa? –pregunté por teléfono luego de la presentación de rigor y previas referencias de amigos comunes.

—Usted no se preocupe. Cuando se baje en el Batey de Orozco, a cualquier perro que vea merodeando le puede preguntar dónde vive Maurilio. Seguro le indica.

En efecto, incluso antes de bajarme del viejo camión de pasajeros, ya tenía cuatro o cinco recomendaciones de cómo encontrar la casa de Maurilio. Así, a secas, sin el Concepción y Domínguez que completan su identidad oficial, conoce y reconoce todo el mundo a este hombre. Alcalde sin alcaldía. Profeta con tardíos seguidores. Tipo sincero y “atravesado”, que para quien no lo conozca bien es simplemente el historiador de Orozco. A mí, después de observarlo, oírlo y provocar su cortante sapiencia por más de tres horas, me lució un típico cimarrón, como lo llamó la etnóloga y escritora Natalia Bolívar, con el peligroso machete de las ideas.

“Los estudios de la industria azucarera son trabajos de Teratología: ningún ingenio es igual a otro. No existe ingenio tipo y, por consiguiente, no existe comunidad tipo de los ingenios”, me advierte de sopetón en cuanto arranco a grabarlo.

“Por ejemplo, aquí en Bahía Honda, Harlem fue un ingenio que hicieron al lado de un pueblo; sin embargo, el Orozco, después Pablo de la Torriente Brau, fue un ingenio que surgió como una pequeña plantación en el siglo XIX y en su evolución llegó a ser un pueblo. Y eso no es poca diferencia”, me explica, ya dentro de su pequeño quiosco de cuentapropista, forrado con cartones y zinc, en lo que fuera una vieja parada de guaguas. Ahí vende tarjetas de recarga telefónica y otras menudencias como agente de la Empresa de Telecomunicaciones de Cuba S.A. (Etecsa).

También atiende el teléfono. Una y otra vez. Porque para cuanto lío se pierde en el pueblo la gente lo busca. Buscan su voz grave y definitiva, y encuentran el rumbo.

“Del ingenio dependía la población de aquí. Y en el país sucedía lo mismo, con millones de personas… y sabes lo que significa de pronto desarticular y dispersar toda esa fuerza de trabajo. Yo protesté. Mandé cartas a todas las instancias, hasta al ministro del Azúcar, con datos, con estudios, con razonamientos. Nadie me escuchó.

”En un lugar donde trabajaban tantas personas, una comunidad completa, que de un día para otro se acabe eso, y entonces ponerlos a estudiar y pagarles, sin trabajar. ¿Qué pensamiento fue ese, chico? Además, ¿cómo le van a poner Álvaro Reynoso a eso, a la destrucción de la industria azucarera en Cuba? El nombre del padre de esa industria. Uno ve eso y le da por pensar que tiene su trastienda…”.

—Oye, Maurilio, ¿por fin lo de la tubería de seis pulgadas qué? –le pregunta un guajiro recio en camiseta.

—Hay que ver eso –dice él. Luego descuelga el teléfono y reparte dos o tres indicaciones. La gente pasa y lo saluda. Casi como un ritual imprescindible.

—Cuatrocientos y tantos trabajadores tenía ese central –evoca mirándome fijo–. Y súmale a eso sus familias. De ahí, unos pocos fueron a trabajar al Harlem, a unos 20 kilómetros de aquí. Los demás, a estudiar. Se graduaron y qué. ¿Dónde están trabajando después de hacerse ingenieros o técnicos? Porque la empresa agropecuaria que vino a ocupar esta zona, solo asimiló unos cuantos.

El ingeniero (I)

El ingeniero se mece despacio en su sillón de madera. No quiere que lo grabe. No quiere que mencione su nombre. La entrevista será toda así, como quien intenta narrar, pero no puede, al menos no de frente. El machetazo a estas memorias hay que tirarlo chanfleado.

Se habló mucho, dice, de crear otras instituciones en el pueblo: una fábrica de caramelos, una fábrica de fideos. “Al final no se hizo nada. Prometieron y prometieron y no cumplieron nada. Lo que sí hicieron fue quitar y quitar. No quitaron el politécnico de milagro”.

Cuenta que indicaron hacer un estudio a todos los inspectores de campo –él entre ellos–. Un estudio integral que incluía rendimiento de 20 zafras atrás, análisis de fertilidad de suelos, nivel de mecanización y otros tantos parámetros.

“Buscamos la información rapidísimo, se compiló todo y se envió al Ministerio. Antes de que se dieran los resultados, mandaron a no sembrar una caña más. Sin embargo, en la investigación, de los centrales de Pinar del Río (Bahía Honda, antes de la última división político-administrativa, pertenecía a Pinar del Río), quedaron en este orden de mejores condiciones: el Pablo de la Torriente Brau, el Sanguily, el Harlem y el 30 de Noviembre”.

—Y quitaron solo los dos mejores –deduzco en voz alta.

—Exacto.

Después, recuerda, vinieron muchas estructuras de producción agropecuaria. “Y casi nunca han escuchado a los obreros y a los campesinos para configurarlas”.

“Aquel año del cierre ya había unas 70 caballerías preparadas en los surcos cuando llegó el fax de La Habana: no siembren nada, no toquen un surco.

”A las UBPC que se crearon más tarde se les dio financiamiento. Se trajeron rastras enteras de posturas de mango, aguacate, guayaba. Pero, que yo recuerde, eso solo dio buenos frutos en la UBPC La Herrería”.

El Ingeniero no demoró más de un año allí después de la debacle. Luego ha pasado por varios trabajos. Su título universitario de Agronomía, que alguna vez presidió esta sala, recaló en el fondo de un escaparate.

Bagacillo (I)

Casa del Azucarero, hoy funeraria provisional (Foto: Jesús Arencibia)

Casa del Azucarero, hoy funeraria provisional (Foto: Jesús Arencibia)

Estamos en el parque. Al frente, la antigua mansión de don Casanova, el dueño del ingenio antes del triunfo de la Revolución. Mansión que devino Casa del Azucarero. Casa del Azucarero que devino (provisionalmente) funeraria. Un pequeño grupo espera a la vendedora del periódico.

—Un crimen, periodista, eso fue lo que hicieron.

—Valga lo de la Zona de Desarrollo del Mariel, que si no…

—Eso que tú ves allá era la pesa… y más allá estaba la caldera.

—Mira, esta bomba de vapor al vacío era la que llevaba antiguamente el guarapo pa’ la caldera.

—Las locomotoras se las llevaron todas.

—Seguro están allá en La Habana Vieja, en el parque que está al lado del Capitolio. Y mejor así, allá Eusebio Leal las cuida.

—A ver, periodista, ¿por qué aquí no pudieron hacer lo mismo que con el Jesús Rabí, de Matanzas? Ese lo embalsamaron en grasa y a los 10 años volvió a moler.

—Espera que aquí van a moler de nuevo… Lo verán mis bisnietos.

—En Orozco to’ el mundo cortaba caña, y ahora nadie quiere coger el machete. ¿Quién quita el marabú?

—Que paguen bien pa’ que tú veas.

Para salir adelante, hay que salirse

Reportaje Central Orozco (37) José Antonio Sotero Suárez

José Antonio Sotero Suárez (Foto: Jesús Arencibia)

Sin bajarse de la bicicleta, José Antonio Sotero Suárez recuesta un brazo en la tarima del quiosco y comienza a hablarme de los planes que sobrevinieron a la calamidad. “Muchos proyectos: de ganado ovino, caprino, de los búfalos, incluso de conejos, pero a eso no se le dio seguimiento. Había personal calificado para ello. Y no se les dio seguimiento. Y murieron. Fue una fiebre del momento”.

—¿Por qué?, ¿por responsabilidad de quién? ¿De los pobladores? –pregunta, retórico.

Máster en Agroecología y Agricultura sostenible, luego de laborar en la parte agrícola del Pablo, José Antonio pasó a ser inspector de la empresa eléctrica, de los grupos electrógenos. Ahora está cultivando y criando ovinos y vacas, en tierras en usufructo. Fue de los profesores de la Tarea Álvaro Reynoso. Impartía clases de Biología Animal y Zootecnia general. Le pregunto por la proporción entre la gente que entró a estudiar en aquel instante y los que finalmente terminaron.

—Casi todos terminaron –contesta rápido–. O el curso de nivelación, o el técnico medio o la ingeniería. Se les pagaba lo mismo, incluso un poco más, que cuando estaban en el central. Hubo hasta ingenieros agrónomos que después hicieron una segunda carrera, sostiene con orgullo.

—¿Y cuántos hoy están en eso? –tercia Maurilio, que nos observa desde la otra esquina del punto de venta.

—Muy pocos –admite José Antonio con los ojos entrecerrados–. El problema –se defiende mirándome fijo– es que la agricultura en Cuba la quiere dirigir todo el mundo. Y esto es una ciencia.

Una ciencia, pienso, y también una tradición. Un sentimiento. Una ética.

El padre de Lázara Loredo Azcuy, José Loredo, estuvo más de medio siglo como mecánico en los trajines del azúcar. “Vivía más en el central que en mi casa”, rememora ella. Y cuando allá en Cuatro Vientos, a 2 kilómetros del Pablo, el viejo sentía desde su cama algún ronquido sospechoso, sabía que dentro de muy poco tendría que meter las manos en algún engranaje. “Él se conocía una por una todas las piezas del ingenio”, suspira la hija. Así, lo mismo a la 12 de la noche que a la 1 de la mañana, estaba José embarrado de grasa y miel, acariciando las entrañas metálicas del Pablo.

“Se deprimió mucho cuando vio el central destruido. Falleció en 2004. Aquí hubo viejitos, como él, que echaron su vida en esa maquinaria. Se les acabó todo cuando se acabó la zafra”.

Lázara, trabajadora de Comunales, es la encargada de que cada día el parque donde está la máquina al vacío amanezca limpio. Conversamos en el patio de la antigua Casa del Azucarero, a unos pasos de la campana original de La Luisa, que data de 1815. Esa reliquia que Maurilio logró rescatar y devolver al poblado desde 2008 y que cada 1ro. de julio el historiador hace circular por todo el pueblo con una espontánea procesión detrás.

En esa fecha, también, autorizan a que se queme algo en la chimenea del central para que, aunque sea fugazmente, Orozco vea, de año en año, el humo de la memoria.

Cuatro hijos tiene Lázara. Ya los dos mayores buscaron vida fuera del pueblo: ella, enfermera en Artemisa; él, militar en San Antonio. “El que ha salido adelante en este lugar, es porque ha salido de este lugar. Pa’ ser algo debes salirte de aquí. Y no es justo. Porque este es el pueblo de uno”, dice Lázara y me señala nostálgica la carretera.

Maurilio (II)

Claro que el Pablo tenía problemas. Que la industria tenía problemas. Que el país tenía problemas. Como dice Maurilio, y uno comprende, porque lo vivió y lo vive, se desvirtuaron muchas cosas. “Imagínate”, me zarandea perentorio, “un dirigente del Partido como director del Complejo Agro Industrial. ¿Qué sabe de eso? Luego tiene que pararse frente al pueblo y explicar… Porque creían que eso era política, y no, era economía. Que es la base de la política. Usted a pura política no rige una empresa, tiene que hacerlo con los elementos que estructuran el sistema empresarial. Ese es uno de los desenfoques que han llevado en Cuba a estos fenómenos”.

Según apunta el profesor y periodista Luis Sexto, en su libro La aparente cordura de las cosas (2016), “solo ocho ingenios se construyeron [en la Isla] después de 1959, el último de ellos en 1980. Antes de la reestructuración azucarera operaban 156 fábricas de azúcar. Quedaron en activo menos de un tercio”. La reestructuración, según documentos emitidos por el entonces Ministerio del Azúcar (MINAZ), “fue cuidadosamente estudiada por lo trascendental de este paso”.

En el año 1996, rememora Maurilio, comenzó a alertar sobre las dificultades del Pablo. “Cuando clausuraron el central Martí, yo hice un documento que se leyó en la Asamblea de Producción del Pablo: en esencia, decía que si no tomábamos medidas íbamos a llegar a la misma situación. Por indisciplinas. Bueno, ahora se les llama indisciplinas, pero eso se llama corrupción. Aquí había personas que ‘trabajaban’ en un mes 44 días, y lo que es peor, los cobraban. Eso se descubrió. Y al final los botaron”.

Parte de la conversación transcurre en su casa, a unos 10 metros del punto de venta. Le falta iluminación a la vivienda, pero todo descansa en un orden singular, como detenido en la memoria. En las ventanas, donde debían ir cristales, Maurilio ha improvisado con zinc y cartones. Sobre los muebles, resistentes veteranos, hay papeles, fotografías, libros. Un reloj de péndulo sobresale como reliquia casi de museo. También hay símbolos de Akaró, el orisha sobre el que más ha investigado el historiador. “Es un orisha de familia, de origen arará, y tiene su fuerza en la política”, me aclara.

Registra en un par de viejos folletos y continúa ilustrándome los relajos que llevaron a la ineficiencia. “Imagínate a un jefe de brigada de pailería, que atendía cinco brigadas: por cada hora de trabajo voluntario que le ponía a estas brigadas, él se ponía 5, porque, supuestamente, debería estar y controlar a todos los grupos”. Así, por supuesto, llegaba a acumular 44 días de trabajo en el mes”.

Con orgullo, me relata que mientras fue económico del central, en un año le rebajaron 200 000 pesos de gastos, solo en concepto de ajustes, reacomodos, nada más. “Ah, pero hubo obreros a los que les metieron en la cabeza que yo les estaba quitando salario”.

La oralidad, pienso, es su fuerte.

El ingeniero (II)

“Toma un buchito de café”, casi me exige la mujer del ingeniero, y enseguida aclara que es del bueno, de afuera, porque el mezclado con chícharo que mandan a la bodega aquí en Bahía Honda es malísimo.

En esta zona, detallan los entendidos, la caña de azúcar poco a poco fue desplazando al café en una porfía de siglos. Ahora parece que el marabú terminó ganándole la apuesta a ambos.

Al interior de los centrales, admite el ingeniero, venía fallando la capacitación, la atención al hombre, la solución a necesidades básicas de casa, de transporte. Y cada vez que un técnico o un obrero o un campesino se decepcionaban y se iban, se perdía cultura y eficiencia.

“Este central tenía su ferrocarril, su transporte garantizado, que es lo que más cuesta en la industria azucarera. Y no lo tuvieron en cuenta. En el tiempo de zafra había una ambulancia parada permanentemente a la puerta del central, y en tiempo muerto servía al policlínico. ¿Dónde está ahora?

”Después intentaron desarrollar un plan bufalino. No había quién los aguantara, ni cercas apropiadas para eso, ni monteros preparados para lidiar con esas bestias. Se regaron en la costa de Blanca Arena. Hicieron tremendo daño a campesinos y sembrados estatales. Al final tuvieron que quitarlos, con mucho trabajo. Los pudieron recoger y se los llevaron. Digo, los que quedaron, porque también la gente se comió unos cuantos”.

¿Por qué el Pablo, le insisto, con su historia y su capacidad de molienda respaldada por décadas?

—Mira, qué sé yo. Si quieres puedes poner ahí que por fatalismo geográfico. Hay también otras historias. Unos meses antes del cierre hubo una visita sorpresiva, en la madrugada, del entonces ministro del Azúcar y una comitiva del Ministerio. Detectaron muchos problemas: desde tractores dando carreras en las calles de Bahía Honda sin sus carretas de caña enganchadas, hasta llegar al central y no hallar a ningún técnico en el laboratorio. El informe de la visita fue demoledor. Y hay quien dice que eso selló la suerte del ingenio.

Alumnos de la Tarea (I)

Álvaro Reynoso Valdés (La Habana 1829-1888) fue una de las figuras más destacadas de la ciencia cubana en el siglo XIX. El Ensayo sobre el cultivo de la caña de azúcar (1862) es considerada su obra cumbre. La “Tarea” que llevó su nombre, según la enciclopedia colaborativa cubana ECURED, consistió en un “proceso de reordenamiento de la agroindustria azucarera cubana” y tuvo “como razón fundamental, el cambio de objeto social del sector”. Para la fuerza laboral desvinculada, de miles de trabajadores, se creó “por primera vez en la historia el empleo de estudiar”.

En su discurso durante el acto inaugural de los Cursos de Superación para Trabajadores Azucareros, el 21 de octubre de 2002, el entonces presidente cubano Fidel Castro aseveró: “Felizmente, junto a la necesidad de reestructurar, buscar solución para esos trabajadores, surgió un plan de superación para todos los trabajadores de la industria azucarera que deseen utilizarlo, y hasta este momento, ¿cuántos son los que optan por el programa de estudio como empleo? […] Treinta y tres mil ciento setenta están inscritos. ¿Y saben cuántos hay en total inscritos en el curso que comienza en este histórico día? Ochenta y cuatro mil doscientos setenta y uno”.

Eliober Veitía Morillo, profesor de Agropecuaria en el Centro Mixto Pablo de la Torriente Brau (Foto: Jesús Arencibia)

Eliober Veitía Morillo, profesor de Agropecuaria en el Centro Mixto Pablo de la Torriente Brau (Foto: Jesús Arencibia)

Como midiendo las pausas para decir con justeza, el hoy profesor de Agropecuaria en el Centro Mixto Pablo de la Torriente Brau, Eliober Veitía Morillo, exprime su memoria. Él trabajaba como Jefe de Lote en las tierras del central y ni por asomo pudo sospechar que algo como la demolición les vendría encima. “Fue cuando el central de nosotros estaba más preparado para hacer cualquier tipo de zafra. Imagínate un central con capacidad de moler 250 000 arrobas diarias. Un central con áreas de caña que estaban casi a más de 50 000 arrobas por caballería”, razona enfático.

Estamos sentados en su departamento docente, y Eliober no puede evitar la ironía de contarme que incluso por cumplir “hasta se sobrecumplió el plan del desmantelamiento, que se proyectó para dos años y en un año se tiró abajo completo”.

Tal vez, medita con nostalgia, si se hubieran demorado lo previsto, hubiésemos podido salvarlo, alguien hubiera pensado en alguna forma para salvarlo. “Compadre, la gente emigraba para acá para Orozco, por la vida que había aquí. Y después de eso, lo que han hecho todos es irse”.

Durante seis años, estudió Eliober Ingeniería Agropecuaria a instancias de la Tarea Álvaro Reynoso. Durante ese tiempo le mantuvieron su salario de 416 pesos mensuales. Y tenía derecho, los días de estudio, a una merienda y a sacar ticket de almuerzo en el comedor de la escuela. Después de un año de nivelación docente, de adaptación, los que pasaron para la carrera vencían cuatro asignaturas por semestre. Entre ellas: Topografía, Suelos, Riego, Drenaje; también Física, Química, Matemática, Bioquímica…

Para los que como él llevaban años sin tomar las libretas, la cosa de entrarle de nuevo al surco del estudio no fue fácil. “Imagínate, cuando tú trabajas con bueyes, aprendes de bueyes, no es que se te desarrolle el lenguaje”.

A Yoel Conde Puentes, que habla tanto con las manos como con la voz noble y los ojos caídos, se le hacía más difícil aún reincorporarse al aprendizaje. Soldador del central desde el año 1984, lo último que había hecho de superación antes del planazo de 2002 fue terminar un técnico medio en Maquinarias Azucareras, en 1991. “Desde ese entonces más nunca había estudiado”, recuerda aún sorprendido.

En su memoria se pierde el momento exacto en que dijeron que lo de parar el central era definitivo, no para preservarlo, como alguien sugirió, sino para demolerlo. Lo que sí guarda nítido en sus imágenes es cuando comenzaron a desmantelar la caldera, que había costado cientos de miles de pesos.

En tiempo de zafra, me cuenta, en el ingenio trabajaban cuatro brigadas en turnos rotativos y cada brigada tenía decenas de trabajadores. Había un turno de labor de 11:00 a.m. a 7:00 p.m.; otro de 7:00 p.m. a 3:00 a.m., y otro de 3:00 a.m. a 11:00 a.m. Y una brigada de cubrefrancos. El curso natural de la vida era graduarse de cualquier cosa, o simplemente llegar a la mayoría de edad y entrar en el central. Sin pensar hasta cuándo. “Yo me hice hombre ahí, entre esas máquinas”, dice y aprieta las manos frente a la cara.

Sin embargo, no le falta sinceridad para reconocer que jamás hubiese pensado que llegaría a ser ingeniero. De los primeros graduados, en 2008, junto con Eliober y María Eugenia, que ha permanecido callada a nuestro lado.

Después de graduarse lo ubicaron como Jefe de Grupo Técnico en la UEB Camilo Cienfuegos, perteneciente a la recién creada Empresa Agropecuaria Pablo de la Torriente Brau. Más tarde, esa agropecuaria la fundieron con la de Bahía Honda. Y hubo un momento en que, para mejorar, se acercó a la docencia. Imparte ahora clases de Soldadura, su antiguo oficio. Y gana 608 pesos, 200 más que en la empresa.

Esbozando una semisonrisa de saber femenino frente a estos tres serios rostros de hombre, está María Eugenia Urquiola, mulata achinada con 18 zafras a cuestas, antes de que clausuraran la producción. Ejerció en ese tiempo como Químico Azucarera, Jefe de Turno en el Laboratorio del Central, Químico B e Inspectora del Proceso. Hoy imparte clases de Dibujo Técnico en el Centro Mixto, adonde recaló tras haber sido Directora del Puesto de Dirección en la Empresa Agropecuaria, hasta 2013.

—Ustedes aprovecharon al máximo lo que estudiaron en la Tarea, y hoy lo están aplicando, pero ¿y los otros, cuál fue el destino? –pregunto.

María Eugenia Urquiola (Foto: Jesús Arencibia)

María Eugenia Urquiola (Foto: Jesús Arencibia)

María Eugenia responde que “la gente encontró vías”. Algunos se fueron a hacer guardia, otros a dar clases, otros a trabajar por cuenta propia. Todo el mundo salió a buscar vida. “Había que hacerlo, porque nos quitaron el central, nos quitaron después la Empresa Agropecuaria… La localidad del Pablo sufrió mucho”.

El padre de Eliober fue purgador de azúcar en el central; el de Yoel, tenía colonia de caña, igual que sus seis hermanos. Así, también, parte de la familia de María Eugenia.

En una pared, como veredicto de hierro, una frase atribuida a Martí: “Un hombre honrado, jamás será rico”. Es demasiado fuerte esa sentencia, les digo. Los tres sonríen casi con estoicismo. Después, intrigado, busco y encuentro la idea martiana original, en el perfil que dedicara el Maestro al venezolano Cecilio Acosta: “si [se] es honrado y se nace pobre, no hay tiempo para ser sabio y ser rico”.

En la vida, tristemente, a veces triunfan las malas versiones.

Bagacillo (II)

En uno de los viejos locales del Gigante de Orozco, asalta lo que fuera una consigna. Porque hasta las consignas quedaron mutiladas de aquel golpetazo. En la pared donde debía decir: “Solo trabajo necesitamos”, la incrustación de un ventanal, para readecuar el espacio como vivienda, desapareció la palabra trabajo.

Pero en el parque frente a la antigua Mansión de Casanova, donde por recomendación de Moreno Fraginals y empeño de Maurilio se logró colocar esta maquinaria al vacío, lo único que parece importar, casi a las 9:00 a.m., es que no llega la mujer de los periódicos.

—Mira, aquí mismito, en este parque estaba la estatua de Casanova, el dueño antiguo del ingenio. De bronce completico. Y se perdió. Y ni Maurilio pudo hacer na’.

—Allá arriba, si tú caminas, te encuentras la fábrica de hielo. Esa producía to’ el hielo de la molienda. Y la dejaron perderse. Bueno, qué no dejaron perderse en Orozco.

Alumnos de la Tarea (II)

“Auxiliar de funeraria”. Ese es el encargo que finalmente le tocó a Alina Valido Martínez. Antes de la clausura ella trabajaba en un punto de venta del Coloso, en el entronque de Orozco, a unos tres kilómetros del batey. Vendía productos agrícolas. Gracias a la Tarea, a la que entró con más de 40 años, hizo un técnico medio en Agronomía. Durante ese tiempo le pagaban más de 300 pesos mensuales, siguiendo su mismo salario del tiempo del azúcar. No le gusta mucho que la fotografíen, pero tras la insistencia accede, en el portal de la Casa del Azucarero. Dentro, la pizarra informativa de esta capilla provisional tiene los renglones aún vacíos:

Nombre del fallecido: _______________

Hora en que falleció: _______________

Hora de entierro: _______________

Lugar: _______________

Le pregunto si no había algún otro empleo relacionado con su técnico medio. Al terminar, me cuenta, la pasaron al Órgano del Trabajo a ver qué se encontraba y lo mejorcito fue esto. “Lo que hace dos meses estamos aquí porque la capilla-capilla estaba en muy malas condiciones”.

En su opinión, las cosas ahora están un poco mejor en el pueblo que cuando llegó el paro. Y me ejemplifica que el transporte, sobre todo con las guaguas DIANA y los porteadores privados que han puesto desde Artemisa, está mucho más relajado.

A unos 40 kilómetros de Orozco, la Zona Especial de Desarrollo Mariel (ZEDM), según su página oficial, es “un proyecto dirigido a fomentar el desarrollo económico sostenible de la nación, a través de la atracción de inversión extranjera, la innovación tecnológica y la concentración industrial”. Hasta el pasado 1ro. de noviembre, de acuerdo con datos aportados por Ana Teresa Igarza Martínez, su directora general, y referidos por Juventud Rebelde, cuenta con 31 usuarios institucionales autorizados, “con un monto de inversión superior a los 11 000 millones de dólares”. De estos usuarios, “5 son de capital ciento por ciento cubano; 16 de capital ciento por ciento extranjero, 8 empresas mixtas y 2 contratos de Asociación Económica Internacional”, especificó la Igarza Martínez al diario.

En el caso de los nacionales, especificó el periódico El Artemiseño el 21 de julio de 2014, para la ZEDM constituye “un requisito indispensable que los trabajadores a contratar residan en las provincias de Artemisa, Mayabeque, Pinar del Río o La Habana”.

Entre quienes han encontrado felizmente empleo en la ZEDM está Yoel Puentes Perdomo. En su casa, pequeña pero impecablemente pintada y con vistosas cortinas, me recibe. En el rostro, cansancio. En los gestos y la voz, amabilidad montuna. Yoel trabajaba como técnico de maquinaria en una UBPC cañera, a unos 7 u 8 kilómetros del central. Después del cierre entró a la Tarea y se hizo ingeniero agrónomo.

Pero al terminar tampoco había plaza para todos los ingenieros. Así que agarró un pedazo de tierra en usufructo y estuvo trabajándola aproximadamente dos años. Y la cuenta no le daba. Hasta que en 2013, cuando crearon la ZEDM, retornó a su antiguo oficio de técnico en motores de diésel. Y allá está como mecánico.

—¿O sea, que los estudios de ingeniería no los está ejerciendo?

—No

—Y ¿cuánto le pueden pagar a un técnico allí? –pregunto.

—Entre 2 000 y 2 800 pesos –me dice. Aunque él, como mecánico, gana más. Descontando la seguridad social, se queda con unos 4 000 pesos mensuales, lo que ni remotamente habría devengado nunca en el ingenio.

El primer grupo de trabajadores que salen de Orozco para la ZEDM, me precisa, parte a las 5:30 a.m. y regresa alrededor de las 6:00 p.m.; el segundo parte a las 2:30 p.m., para retornar a eso de las 2:00 a.m.

—¿Mucha gente de aquí empleados allá?

—Salen todos los días 6 guaguas, de 24 plazas: 4 por la mañana y 2 por la tarde.

—Lo cual daría 144 personas, si fuesen llenas…

—Imagínese. Lo más llamativo es eso. Aquí no hay muchas más opciones.

Su padre fue operador de un equipo pesado de preparación de tierras para el cultivo de caña. Pero al parecer los cuatro hijos de Yoel ya no tendrán que ver con el azúcar. El mayor tiene 11 años, me cuenta. “Cuando crezcan lo mejor es tirar pa’ allá”, y alza la mano en un rumbo impreciso que no necesita aclaración.

Maurilio (III)

Bahía Honda es tierra de cimarrones. Orozco fue, en tiempos lejanos, puro cimarronaje. Ahí están los nombres de la Ma Melchora o de Manuel Gangá, el Cimarronísimo, que estuvo más de 22 años fugado del ingenio San Gabriel, sin que lo pudieran capturar. También de Orozco, con sus 94 kilómetros cuadrados, en una zona que no ha rebasado los 9 000 habitantes, han salido tal vez más peloteros brillantes que de ningún otro lugar de Cuba. Maurilio lo detalla en sus investigaciones y cita nombres venerados como Alfonso Urquiola (El Relámpago de Bahía Honda) y Luis Giraldo Casanova (El Señor Pelotero).

Todo esto, cree el historiador, está dado por la fuerte identidad y el apego a las tradiciones de este poblado. Pero al momento de cercenarle el central, que era en 2002 el sexto más antiguo en actividad del país, ni la historia ni la cultura pesaron lo suficiente. Y hubo, entonces, datos de utilidad práctica que el terco investigador divulgó a los cuatro vientos sin que le hicieran el menor caso.

“Un lugar donde existen 20 kilómetros de canales de riego. Una presa y dos micropresas. Toda esa infraestructura la abandonaron, para dejar en la zona el Harlem, un ingenio que tiene montada sobre ruedas la caña, cuando el Pablo la tenía toda montada sobre ferrocarril, que es el transporte más barato para este tipo de industria.

Maurilio aprieta el ceño, y sigue con su disertación, sin que nada lo perturbe. “¿Quieres más pruebas del disparate?”, me dice.

“Ahora, el Harlem está recibiendo caña de lo que eran tres ingenios: la suya propia, la de Sanguily y la de aquí del Orozco. Y aun así no llegan a la producción de antaño. ¿Por qué?

”El 30 de Noviembre, de San Cristóbal, tiene caña hoy de 7 ingenios: el Habana Libre, el Nodarse, el Sandino, el Lavandero, el Lincoln, el Martí y el propio 30 de Noviembre. Y no llega a producir el azúcar que producía cuando todos los ingenios esos estaban funcionando. ¿Por qué?

”Ah, pero a la hora de romper, el primero que rompieron aquí fue este”. Se llegó a manejar la idea, me cuenta, de pasar un buldócer por encima de los hierros del central, y ahí sí la gente se plantó, porque era como arrollar un símbolo.

Cuando el Pablo estaba a plena capacidad en la zafra, con sus dos turbogeneradores funcionando, se autoabastecía de corriente y entregaba energía además al Sistema Electroenergético Nacional, evoca el investigador. Tampoco se miró esa arista del asunto.

De acuerdo con datos del volumen Evolución histórica de la distribución territorial de la producción azucarera (2001), del Departamento de Investigaciones del Instituto de Planificación Física, de 20 zafras analizadas entre 1905 y 2000, solo en seis ocasiones (1930, 1935, 1945, 1985, 1990 y 2000) el rendimiento industrial del Harlem fue superior al del Pablo. Y en cuanto a producción total de toneladas de azúcar, solo en una de las muestras (1975) el Gigante de Orozco quedó por debajo.

En 2013, cuando también fue desintegrada en Orozco la Empresa Agropecuaria que sustituyó al central y se fundió a la estructura de Bahía Honda, el propio historiador, en aquel entonces secretario de la Sección Sindical de Trabajadores No Estatales del Consejo Popular; junto a Mayra Gómez, secretaria del núcleo del PCC de la Empresa, y Lázara Villafranca, trabajadora de la Sala de Rehabilitación del MINSAP en el poblado, enviaron a muchas entidades y organismos de todos los niveles –desde el Ministerio de la Agricultura hasta Marino Murillo, vicepresidente del Consejo de Estado– una carta donde demandaban, sustentados en datos y análisis histórico-sociales, culturales y económicos de la localidad, se concediera al menos una estructura productiva autónoma al poblado:

¿Por qué permitir que todo ese patrimonio histórico y cultural desaparezca pudiendo ser preservado sin causar daño al propósito de mejorar la situación económica del país?

¿Cuál es el daño que causa establecer aquí una de las estructuras que resulte de esta nueva organización de la agricultura, con el nombre de Pablo de la Torriente Brau?

¿Qué impide desde el punto de vista económico, que esta sea, en la categoría de UEB, con este nombre de P. T. Brau, a fin de garantizar la misión social de la empresa en el territorio? [sic]

¿O por qué no crear una UEB cañera? Variante por la cual nos inclinamos, teniendo en cuenta la necesidad de acercamiento de las áreas al vecino central Harlem, aprovechando el potencial científico y técnico que representa la fuerza laboral existente aquí.

[…]

Quizás los compañeros que intervienen en estas acciones no poseen percepción del daño que puede ocasionar esta decisión a este pueblo y a la revolución, pero nosotros que sentimos de cerca la vida en un pueblo con semejante historia y tradición, alertamos sobre este particular y pedimos una vez más que se nos escuche.

Tampoco los oyeron.

Algún día, confía el Cimarrón, se tendrá que recapacitar sobre estos absurdos. Y me recalca que anote: “El cultivo más noble que hay en Cuba se llama caña de azúcar. Las vacas que se crían en una caballería de tierra, más nunca dan lo que da esa misma caballería sembrada de caña. En algún momento el país tendrá que retomar la industria azucarera. Es una industria que le pones 100 millones hoy y el año que viene recoges de 150 a 200 millones, si la trabajas bien”.

A la distancia, en el portón de otra de las naves del central difunto, un lema ya desteñido: “Oro dulce. Variedad. Calidad. Garantía”.

1 Comment

  1. Yeny

    16 abril, 2018 at 8:11 pm

    Increíble . Me ha llegado al corazón el relato. Estuve en Marzo por allá y es increíble como no queda nada…

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