En Vista Alegre un Cristo gigante de yeso preside la típica cuadra del suburbio holguinero: charcos que nunca sabrás bien cómo se han formado, perros que ladran a ciclistas, ciclistas que ladran a transeúntes, un riachuelo entintado, casas de ladrillos desnudos, segundos pisos a medio terminar, escaleras de caracol, gente bajo los dinteles mirándote pasar como adivinando tu nombre, negras con rulos valientes, cierta familiaridad grosera y, of course, aguateros. 

Carretillas metálicas, de tubos soldados, coronadas con un tanque plástico azul (siempre siempre azul), las ruedas de hierro engomadas para aminorar el ruido, atraviesan las barriadas sonando metal con metal para que el vecino sepa.

Héctor Velázquez, de tanto esperar, de tanto tanque vacío en su casa, baja disparado la escalera con las últimas fuerzas del día. Hay que apresurarse porque la demanda es mucha y los vecinos también tienen sed y oídos.

Pasó toda la mañana haciendo mandados por la ciudad, pedaleando su triciclo holguinero: bicicleta con asiento de apéndice al costado y un sombrillón en el medio, su capa de ozono infaltable. Le paga unas monedas al aguatero y, llenos los pomos, regresa los huesos al segundo piso. Cuando pasa la pipa el proceso es diferente, más cansón: hay que llenar el tanque a base de muchos cubos al final de una soga. Hala desde la calle, sube, sube el agua, y luego de varios cubos el tanque está saciado. 

Arriba las paredes sin repello guardan el calor como una caja fuerte. Basta cruzar el umbral, basta tocar los ladrillos. Se siente rostizado, como cruzando una hoguera diseminada en la casa. 

Héctor abre al fondo una puerta y el viento se cuela como un gato remolón. Lejos, la Loma de la Cruz rige la urbe con su cruz blanca en la punta, que no es la cruz original, la cruz que hubo que salvar porque los visitantes llevaban de trozo en trozo su madera de recuerdo. Acá, mientras baja el sol, la habitual procesión deportiva colma sus peldaños, escalones retadores que muchachas enlicradas, sueters, fajas, todo justo, bendicen con sus figuras. 

Una histórica sequía marchita el Oriente cubano, pero no hay caos sino en lo íntimo de las casas. Heladerías abiertas; anuncios contra el cólera; turbas de bicitaxistas peinando calles, callejas; fiestas en las noches del parque Calixto García; besos en los parques de la Ciudad de los Parques. 

En Vista Alegre hay agua las 24 horas: la atraviesa un río angosto, con las casas demasiado cerca de las orillas. Holguín nació amamantada por dos ríos. Los nativos se encargaron, como en casi toda ciudad, de envenenar las tetas que les regalaron vida. Ahora el líquido llega a las viviendas, como la de Héctor, cada 15 días como promedio.

Quizá algún vistalegrense pase en coche por los puentes y piense en lo genial que sería un chapuzón. Ahora se bañan lo estricto, aunque el calor abrasador empuje a la bañera, y esperan como el maná ese camión-cisterna que pasa de día en día. 

Dicen que a las flores de la Avenida 20 Aniversario, frente a la sede provincial del Partido Comunista de Cuba, no les falta el agua. En las noches una pipa exclusiva las mantiene lozanas. 

Sobre el autor

Yoe Suárez

Finalista de la Beca Michael Jacobs 2016 de la Fundación para el Nuevo Periodismo Iberoamericano por el libro La otra isla. Autor de Pasajes de la Luz (2012), Los hijos del diluvio (2016), y Tú no te llamas desierto (2015) en proceso de reedición. Ha publicado en medios como el chileno La Segunda, el salvadoreño Contrapunto, y OnCuba. Corresponsal del canal estadounidense CBN. Premio Documental Memoria Joven de la 11 Muestra Joven ICAIC.

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