El Quibú, orgullo del Tercer Mundo

El río se extiende unos 30 km² al costado oeste de La Habana.

Enelio estuvo sintiendo los quejidos durante toda la noche pero intentaba con fuerzas conciliar el sueño. El ruido, una vez que se le instaló en el cerebro, ya no parecía lejano. Le molestaba esa persistencia. Le fastidiaban aún más los sonidos agudos que venían desde el río. Al amanecer bordeó el puente amarillo de la calle 29 en Marianao. En medio del agua negra del Quibú encontró a una cachorra recién nacida, que logró encaramarse sobre un minúsculo cayo de tierra y luchaba con el hierro que le habían atado a su cuello, al parecer, para que se ahogara. El río la había arrastrado hasta un pequeño recodo y esa fue su salvación.

Son ocho los años desde que esa perra sata se volvió una sobreviviente del Quibú, y vive con Enelio Sánchez y María Victoria Ponce en la calle 132, en la margen del río. La bautizaron Vikinga por el naufragio, porque si Enelio no la hubiese oído probablemente hubiese llegado al mar o no hubiese llegado; y porque hubo un poco de casual testarudez y conquista en la manera en que llegó a la casa.

Durante más de 20 días recibió cuidados y rehabilitación en las patas delanteras, que tenía torcidas. “El veterinario nos dijo que los huesos se le habían ablandado de tanto tiempo que estuvo en el agua y por eso se les jorobaron hacia dentro. Pensamos que no caminaría o que se quedaría así, pero se recuperó y ahí está”, dice Enelio.

A diario en el Quibú se encuentran los restos de perros muertos y otros animales en descomposición que son lanzados u ofrecidos en ceremonia a esta procesadora intestina de despojos que se extiende unos 30 km² al costado oeste de La Habana. Sus aguas no tienen, como el Almendares, la dicha geográfica de atravesar avenidas o calles tumultuosas de El Vedado. La elegancia que le queda a su cauce es reptar bajo dos puentecitos de la 5ta Avenida por allá por el Náutico, en donde está el cartelito azul que promete que es un río y no una zanja. El letrero es tímido, debe serlo, porque hace años el Quibú es en realidad el “vertedero de Marianao”.

***

Yainet lleva 27 años viviendo al lado del Quibú (Foto: Geisy Guia)

Yainet lleva 27 años viviendo al lado del Quibú (Foto: Geisy Guia)

“Estoy acostumbrada al olor y a lo que la gente le dice peste, yo no lo siento”, explica con calma Yainet Blanco, tratando de hacerme entender que no es problemático vivir a menos de un metro del río. “Que no, que no me molesta”. Usa todos los signos convencionales para expresar naturalidad: sonríe, ladea la cabeza y la sacude hacia los lados como espantando insectos, insectos que ella no ve pero que yo presiento en el aire e imagino que vienen del patio. “Ya yo lo veo hasta bonito, lo extrañaría si cambiara. Para mí ese es su color natural”.

Hace 27 años Yainet habita en el consejo popular Zamora, que está detrás de Victoria de Girón, la escuela de medicina en Marianao. Nació allí. Su hija de seis años también. Vive en 132, aunque ella no le llama calle sino trillo. Sus abuelos se instalaron primero, un poco más lejos del arroyo. Su juventud la pasaron en una casita de madera que vio años de gloria y donde se engendró una prole numerosa. Sus hijos, al no poder construir hacia delante, fueron levantando paredes y techos en el patio, cada vez más cerca del río. Resultado: en el pasillo todos son familia.

Yainet contrarresta la humedad del terreno, que amenaza con invadir las paredes, abriendo las ventanas dobles todo el día, para que entre el aire y un poco de sol. La casa en la que vive se la dejó su madre, que ahora reside en Estados Unidos. Tiene todas las habitaciones que demanda una residencia formal, las indispensables al menos, sin embargo, no consta en los registros de propiedad de la vivienda del municipio. Toda la zona es considerada un barrio insalubre.

“Aquí en el año 82 se hizo una providencia y en el 84 se hizo otra”. Esta solución permite a las familias en la misma situación de Yainet comprar los alimentos normados en la canasta básica. “Es decir, que aparecemos en el municipio pero no como propietarios”.

Si se le insiste mucho, cree recordar que desde hace dos décadas el gobierno local viene diciendo que a quienes viven a las orillas del río les van a dar casa. “Me parece que las viviendas de esta zona las van a derrumbar y van a sacar a todos los que construyeron dentro de los 20 metros de tierra a ambos lados del Quibú. Pero aquí nunca han venido a decirme que me van a dar casa”.

A las diez de la mañana de un lunes el hedor del arroyo me había abofeteado desprevenidamente varias veces mientras trataba de definir el color del fondo de algunos charcos. ¿Verde, negro, oliváceo, marrón, gris? ¿Cuántos tonos pueden tener de una sola vez los fluidos o la inmundicia? Tal vez los barrios insalubres se determinan por el matiz de sus desechos.

—Lo que pasa es que todas las instalaciones de los baños de por aquí dan al río. Ese es nuestro desagüe –dice Yainet.

—¿No pasa por acá ningún sistema de alcantarillado al que ustedes se puedan conectar? –pregunto, pero adivino la respuesta.

—¿Qué alcantarillado? Es la tubería directo al río y ya. El caño de mi casa lo podrás ver ahí, del lado allá de la cerca. ¡Vamos para que veas! –dice mientras se pone de pie, impaciente por mostrar y no tener que explicar.

Salimos al patio, bajamos unos escalones. La casa está construida en un terreno más alto para que no entre la basura que deja el Quibú cuando crece. La cerca de recortes de latones oculta el riachuelo y pone a su hija a resguardo de caer en su cauce. Una pequeña cuadrícula al borde del suelo exige inclinarse ante la fuerza digestiva de la corriente. El conducto sanitario reposa en la tierra, ni siquiera llega directamente al río. Si al descargar no se hecha agua suficiente, algunas heces se quedan a mitad de camino hasta el agua. De ese lado, se pueden contar otros quince tubos con el mismo propósito y destino.

Enelio también colocó uno. “Yo vivo aquí desde el 85 y al principio eran pocas las casas. Desde que vinieron a cobrar el agua pagamos una alcantarilla que no existe y ese es uno de los principales problemas que tiene el río, el vertimiento directo en sus aguas. Todo se echa al río”.

Enelio ya se acostumbró al olor del Quibú (Foto: Geisy Guia)

Enelio ya se acostumbró al olor del Quibú (Foto: Geisy Guia)

Rebusca entre sus papeles y me muestra el recibo de pago de la empresa Aguas de La Habana. Lo revisa y me lo extiende mientras hablamos para que no queden dudas. En letras casi borrosas, aparecen los 2.40 pesos mensuales de tarifa por un servicio de alcantarillado nulo y absurdamente contradictorio.

Tampoco posee propiedad de su vivienda, la tuvo en 1986 cuando su casa era de madera. En 2003 decidió levantar paredes de concreto y hacer una placa para mejorar sus condiciones. Cuando quiso registrar los cambios, le dijeron que en su momento haberle concedido la titularidad de su residencia fue un error, y que por tanto era imposible en las nuevas circunstancias hacer algún cambio, porque vivía en una zona congelada e insalubre.

María Victoria, Vicky, es enfermera de la escuela de medicina Victoria de Girón y desde hace seis años está casada con Enelio. Es una mujer pequeña y delgada que tiene la tenacidad de las personas diligentes. Le presta atención a su marido cuando habla, básicamente para interrumpir o contradecirlo. Conversar con ambos es tolerar que intenten durante más de 20 minutos convencerse uno al otro de su punto sobre las aguas fétidas. Como en una ópera, van subiendo de tono, aceleran las palabras para ver quien termina primero la oración.

—¿Sabes lo que sí es cierto? –Vicky arremete triunfal–. Cuando llueve, el río se pone brilloso y baja entre morado, prieto y colorado. ¡Ah, y la peste! Huele horrible, a contaminación. Lo noto porque soy asmática, cuando siento cualquier olor nuevo, diferente o fuerte me tranco en el cuarto. Y cuando crece, el hedor es… –Tuerce los ojos detrás de los espejuelos por un segundo buscando una palabra antes de que Enelio pueda abrir la boca–… ¡horripilante!

Podredumbre es la otra palabra que utiliza para hablar del mal olor, lo que la lleva a establecer una asociación con los sacrificios que a diario se producen en el Quibú a Oshún, Yemayá o a cualquier otra deidad yoruba que señoree los ríos cubanos. Sin embargo, mientras Vicky habla de esos procesos de purificación espiritual que suelen ser breves, no dejo de pensar en el efecto a largo plazo que tiene sobre el propio receptor natural y sagrado; y para quienes deben transpirar los tufos de toda la fase de descomposición de las ofrendas.

Ofrendas religiosas en el río Quibú (Foto: Geisy Guia)

Ofrendas religiosas en el río Quibú (Foto: Geisy Guia)

—Lo hacen allá abajo, cruzando el puente. La calle sirve como un techo para esa parte del río –prosigue Vicky–. Tocan música, matan el animal, cogen agua del río, así mismo podrida y se hacen así: shhh, shhh. ¡Es que hay que estar locos, con esa pestilencia! Pero espérate, que hay muchachos que hacen otras. ¡Pasan pescando! A veces por los bordes, de lo contario se meten en el medio del río: chácata, chácata. ¡Ni loca me como yo un pescado de esos que venden por la calle aunque luzca muy lindo, les tengo espanto! Cuando me paro aquí atrás –dice señalando a la serpiente verdinegra que se ve entre las rejas– yo digo, mira, esa parte del río no está honda; por allá está un poco más profundo, y lo sé por ellos.

Quienes viven en el laberinto de 132 que ha crecido con el flujo del río, después de todo son personas afortunadas, porque en el pasillo nadie se ha enfermado con dengue, ni chikunguya, y parece ser que tampoco ha llegado el zika. El arroyo, a pesar de recibir toda la basura de sus vecinos, no les ha devuelto la mutación de ninguna enfermedad grave. “Salud Pública”, aclara Yainet, “no hace nada extra en los barrios insalubres. Realiza los pesquisajes, dice algo del río, revisa los patios para ver si hay mosquitos y ya”. Sin charlas, ni proyectos educativos de transformación de las conductas higiénicas o sanitarias. Sin peticiones explícitas para remover los cientos de kilogramos de basura que se acumulan en el borde del puente.

***

Cuando Frank Delgado aún usaba una talla 32 de pantalones cantó en la Televisión Cubana: Río Quibú./ Y alguien te trata de inmundo./ Río Quibú./ De sucio y poco profundo./ Río Quibú./ Orgullo del Tercer Mundo. Eran épocas extrañas y los artistas cantaban cosas como estas en el canal Cubavisión.

Al Quibú, con todo y su peste, no se le vino a tomar en serio hasta 1979. Ese año, por primera vez, Cuba acogería la Sexta Conferencia de la Cumbre del Movimiento de Países No Alineados (MNOAL). En septiembre se reunirían en La Habana los representantes de 94 Estados y Movimientos de Liberación de todo el mundo.

Este trecho de río pasa por la parte trasera del Palacio de Convenciones (Foto: Geisy Guia)

Este trecho de río pasa por la parte trasera del Palacio de Convenciones (Foto: Geisy Guia)

Las aguas del Quibú pasan por los terrenos traseros del Palacio de Convenciones. Tal vez, cuando se decidió construir este centro, la idea era aprovechar la belleza de un paisaje natural que incluyera un arroyo, no un excusado. Y un excusado era el río en los primeros meses del 79. Por esta razón se construyó la Estación de Depuración de Aguas Residuales (EDAR Quibú). Si el Palacio de Convenciones hubiese estado en Luyanó, el río homónimo hubiese sido el beneficiado y hoy sería EDAR Luyanó el nombre de la planta. El objetivo habría sido el mismo, brindar a los estimados visitantes un agua más cristalina y menos hedionda. Los eufemismos que se manejaban por entonces y que llegan a nuestros días hablan de “mejorar la calidad de la cuenca porque los niveles de contaminación que iban a parar al mar eran muy elevados”.

“Ese año se decidió también revisar y cambiar la tecnología de desagüe del central azucarero Martínez Prieto ubicado en Marianao, que durante años vertía los residuales que se desbordaban de sus lagunas de oxidación en el río”, explica Ada Mora Fernández, jefa de brigada de la Estación Quibú.

Antes de la Cumbre se organizaron proyectos en la comunidad para el cuidado y preservación del cauce. Recursos Hidráulicos dispuso numerosos inspectores para hacer un levantamiento de las fuentes contaminantes en el río y lograron controlarlas. Las aguas tratadas en la EDAR de la avenida 25 y las de la represa El Laguito se mezclan con el arroyo oscuro e infecto que atraviesa Boyeros, La Lisa, Marianao, Playa y que no sufre ninguna depuración hasta desembocar en el mar. El resultado en el trecho del Palacio de las Convenciones es un río que deja ver el fondo y simula que ese color verde opaco es el que tiene en realidad toda la cuenca.

El agua del río, la que nace limpia por allá por la presa El Doctor y que toma esa textura viscosa a medida que avanza y va absorbiendo la porquería de cuatro municipios y su población, no recibe ningún tratamiento. Esa agua, se lamenta Ada, “ya no tiene remedio. La planta recibe por canales abiertos los residuales de Cocosolo y Zamora así como del Centro de Inmunoensayo, otras empresas farmacéuticas y los arroyos del Hospital Militar. También el residual de los repartos que se han conectado al alcantarillado y se han traído hasta aquí por tuberías”.

Según Ada, “la EDAR trabaja con un caudal de 100 litros por segundo, lo que representa un tratamiento de la tercera parte del afluente”. El Quibú, si no sufre crecidas o si no “se bota”, tiene un caudal natural de 300 litros por segundo.

La planta de tratamiento pertenece a la empresa Aguas de La Habana. En 1997 mostraba señales de deterioro y ese año recibió mantenimiento y una importante inversión. En 2000 se comenzó a trabajar con una nueva tecnología que hasta la fecha ya lleva 16 años de explotación. Ada especifica que “los componentes plásticos del sistema de purificación tienen un estimado de vida útil de hasta 20 años”.

La planta ha demostrado ser eficiente a nivel comunitario y todo este tiempo ha trabajado hasta el 50 por ciento de su capacidad. “Lo que haría falta es traer los residuos de otras poblaciones y procesarlo todo por aquí. La tecnología de filtro biológico que utilizamos es barata y para un país pobre como Cuba es rentable. Nosotros podemos recibir un tope de 200 litros por segundo y ahora estamos en menos de 100 litros por segundo”.

Con tantos excrementos que se lanzan al Quibú cuesta entender que en más de quince años no se hayan sumado otras zonas residenciales al tratamiento. Laris Silva es la jefa del laboratorio de residuales de Aguas de La Habana. Para aclarar los niveles de eficiencia de la purificadora detalla que “la norma cubana No. 27 del 20/12 de Vertimiento de Aguas Residuales a las aguas terrestres y al alcantarillado dice que la Demanda Bioquímica de Oxígeno (DBO) debe ser menor de 40 mg por litro que es la cantidad de oxígeno requerido para biodegradar toda la materia orgánica que tiene el residual. Los residuales que se vierten al agua después de ser procesados han salido con 20 y 10 mg por litro”.

Laris y Ada trabajan juntas en la misma oficina, ambas coinciden en que lo ideal sería que el río pudiera hacer su autodepuración si no existiera un exceso de carga orgánica en su recorrido. Pero para eso reconocen que se necesita controlar en toda la extensión del mismo el vertimiento de grasa de talleres, de industrias o de poblaciones enteras que arrojan residuales y basura.

Los residuales sólidos que flotan, van al fondo o se estancan en las cunetas del Quibú son otro problema que no logra procesar el río. La basura también llega a la rivera del Palacio. Cuelga de algunos árboles en los que se trabó cuando subieron las aguas, en las orillas se van sedimentando las capas de desperdicio; pero por la calle trasera no circulan los ómnibus de las delegaciones, y quienes vienen al Centro de Convenciones suelen ser personas con una agenda muy ocupada como para andar echando una ojeada a un río del Tercer Mundo.

El tres de septiembre de 1979, el aire se sentía un poco más ligero. La Cumbre fue un éxito. Fidel Castro lo aclaraba en su discurso de bienvenida: “fueron inútiles los esfuerzos por sabotear la Sexta Cumbre de La Habana”.

***

A José Rodríguez Matos lo conocen por Tony y vive en las calles 29 y 144 de Marianao desde 1976. Antes habitaba una pequeña casa de madera en la orilla opuesta a la de Yainet, pero la familia ha crecido, y tuvo que hacer una vivienda más grande. Respetó el hecho de que el agua subía y se llevaba animales cada cierto tiempo y alejó su casa lo más que pudo. Buscando toda la distancia posible, entró en los parámetros establecidos del nivel mínimo de las fajas forestales para los ríos y por eso pudo obtener la propiedad de su vivienda.

“Yo vine desde Santiago de Cuba a estudiar al Instituto Técnico Militar, luego me quedé trabajando allí hasta que empecé a abrirme paso en la vida”. Ahora gestiona su propia cafetería. Este negocio, como la mayoría de las cosas importantes de su vida, está cerca del río. Sus principales clientes son los estudiantes extranjeros de medicina de la escuela Girón. Abrió en octubre de 2014 y en apenas un año ha tenido que cerrar la pequeña paladar como mínimo dos veces.

—Los que sí vienen todos los meses son los de Higiene y Epidemiología. Ellos saben que aquí todo está limpio pero igual me cierran el negocio por los focos contaminantes que hay cerca.

A un lado tiene el puente de 29, y frente a su casa hay un pasillo estrecho que da al puente de 144. En ambos hay un vertedero, de los dos sitios suben ratas y hurones. Con el tiempo y por falta de control el barrio estableció estos espacios como sus basureros oficiales. En 29 una vez vinieron los buldóceres y retiraron la basura del río, dice Yainet, la acomodaron en las orillas pero no se la llevaron. Ahora en cada pendiente hay unos sedimentos de desperdicios que ya tienen más de siete años.

El domingo 21 de febrero, la brigada de cuatro saneadores que dirige Yunel Laffita en la zona 3 de la empresa de Servicios Comunales de Marianao dio su último viaje a las doce del mediodía, llegaron en un camión hasta el puente de 29. “Todos los días venimos aquí, recogemos, pero a las horas está igualito”.

Trabajo de saneamiento en el puente de 29, Marianao (Foto: Geisy Guia)

Trabajo de saneamiento en el puente de 29, Marianao (Foto: Geisy Guia)

—¿No se pueden colocar tanques al lado del puente? –le pregunto a Laffita.

—Aquí hubo dos y la gente les pegó candela. Por eso es que venimos nosotros a recoger los deshechos.

—¿Y la basura que está allá abajo? –Señalo la que está pegada al agua y al lado de un desaguadero, que la escuela de medicina vierte en el río.

—Yo no puedo meter a los muchachos allá abajo. En primera, no tenemos equipo ni ropa para meternos en esa agua podrida. Segundo, las botas de goma, por ejemplo, no las han dado. Además, eso les toca a los zanjeros.

En los dos años que él lleva trabajando en la zona, jamás ha visto retirar un papel de caramelo de ninguna de las dos orillas. Cuando terminan de recoger con una pala lo que está en la calle, me asomo y contemplo el basural vitalicio de 29. La urbanización espontánea se ha producido en la zona pese a una escasa infraestructura de alcantarillado; deficiencias legislativas en el sistema de contravenciones de las instituciones que deben velar porque las cuencas hidrográficas estén limpias; responsabilidades compartidas que no recaen directamente en nadie, ni en el gobierno municipal, ni en el CITMA, ni en Recursos Hidráulicos, ni en Salud Pública, ni en Comunales y mucho menos en la gente que solo quiere ver la basura fuera de su casa. Parece un círculo vicioso en el que nadie se dispone a dar el primer paso fuera de esa órbita.

—A mí me molesta la basura. Quiero que haya higiene y que el agua corra limpia. Supón que yo, Tony, soy el mayor defensor del río, y no quiero arrojar mi cubito de basura pegado al arroyo. Qué crees que hago después de estar dándole la vuelta a la manzana con las sobras en mis manos, termino echándola allí, en el mismo bulto. Vivo con tristeza.

Y con estrés. Siempre está pendiente de las personas que tratan de dejar un animal muerto en esa zona porque el mal olor se le mete en la cafetería, le espanta la clientela y él tiene que sobrevivir.

La Empresa de Saneamiento Básico de La Habana (SBH) fue creada en 2013, es una dependencia de la Delegación Provincial de Recursos Hidráulicos y tiene entre su objeto social la ejecución de la limpieza manual y mecanizada de las zanjas, ríos y arroyos de la capital cubana; también se encarga del saneamiento en la entrada y salida de los puentes sobre esas cuencas. Eduardo Brey Herrera es su director adjunto y primero que todo aclara que La Habana cuenta con más de 400 kilómetros de cauces y tiene diez ríos principales. Que la ciudad posee además un sistema de drenaje pluvial incompleto, y que el que está tiene deficiencias.

“En los cauces de la Habana además del material normal que debe sacarse, que es la maleza acuática, azolves y materia orgánica en descomposición, lo que se retira son vísceras de animales, escombros y mucha basura que los ciudadanos arrojan a los ríos. Los mismos que después se quejan de la suciedad, que el agua no circula y hay mosquitos. Todo lo que se pierde en esta ciudad se arroja a los ríos. Eso lógicamente obstruye los cauces y evita la libre circulación del caudal sanitario”.

La SBH tiene contratada en toda la provincia 320 zanjeros, quienes deben chapear a los lados de los ríos y recoger la basura que se deposite a dos metros fuera del agua. Sobre el Quibú actualmente trabajan quince hombres. “Para la limpieza mecanizada en los puentes cuentan con una retroexcavadora sobre neumáticos y otras tres sobre esteras para el resto de la actividades”. En el caso del Quibú las obstrucciones causadas por la construcción de algunas viviendas, sembrados y desviaciones del cauce apenas dejan entrar al equipo mecanizado en algunas zonas.

La empresa trabaja con planes productivos orientados por la Delegación Provincial de Recursos Hidráulicos. Al saber esto le pregunto a Brey si este año está contemplado en el plan de trabajo de SHB alguna acción de limpieza mecanizada en el Quibú.

—No, se trabaja en La Lisa por la zona de Arroyo Arena –responde.

—¿Y el año pasado?

—El año pasado tampoco hubo. Se trabajó en el río Cojímar.

—¿Y en 2013, que fue el año de su creación?

—En el Quibú no se ha hecho ningún trabajo de limpieza mecanizado de cauce, aunque en los puentes sí.

Los puentes sobre el Quibú que debe atender la empresa son doce. Brey es un hombre ocupado, cada diez minutos exactos alguien viene a tocar a su puerta. Nuestra conversación se va troceando, por eso ya casi al final de la entrevista recuerda que “el año pasado en el río Quibú, en la zona aledaña al Palacio de Convenciones, se nos solicitó que hiciéramos una limpieza por una visita que habría en este centro. Se movilizaron 40 zanjeros y en dos días se hizo una limpieza súbita”.

Son tantos los lugares que necesitan una limpieza súbita. Él me va poniendo ejemplos donde la intervención de la empresa ha debido ser más por la premura que por la importancia. Pero es que no dan abasto para todo lo que demanda La Habana, que no solo luce como una ciudad sucia.

Tony, el defensor del Quibú, finalmente se relaja y me dice: “Yo he visto y he oído de las acciones que se hacen en el Almendares, pero no se hace nada con este pobre río con el que estamos acabando y se está pudriendo. Del Quibú nadie se acuerda, solo la gente cuando viene a tirar la basura”.

Vicky cree que “no hay solución”, que ni dragando, ni drenando el río, se va a evitar que las personas arrojen basura. Que es un problema de indolencia, y que siempre alguien encuentra una justificación para lanzar cualquier cosa al agua. Me acuerdo entonces de Vikinga y de cómo Enelio recuperó esa “cualquier cosa” del río. La propia Vicky rescató hace tres años cerca de la orilla a un gatico que pudo haberse ahogado. Tenía dudas al principio, no sabía si quedárselo porque otra mascota en casa implicaba más compromiso. Ese compromiso hoy se llama Kingboy. Pero la vida está llena de decisiones. Los seres humanos podemos hacer elecciones, un río no.

1 Comment

  1. Ernesto

    20 abril, 2016 at 1:26 pm

    Excelente artículo, pero me he quedado con la imagen de la pobre perrita y me partió el corazón.. ¿Qué clase de animal puede hacer algo semejante? Se merece el mismo trato..

Comentar

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Contaminación ambiental

  • Las aguas muertas del Havana Club

    En la última década la ensenada de Chipriona se ha convertido en el desagüe de la ronera más grande de Cuba....

    Julio Batista Rodríguez28 agosto, 2017
  • Donde acaba el río

    En el delta del Quibú se ha creado un vertedero de más de diez años de desechos acumulados.

    Geisy Guia Delis26 abril, 2016
  • Piedras en el camino

    La historia de José Manuel Barba, un hombre que no se deja ganar por el desaliento.

    Tomás Ernesto Pérez Rodríguez21 marzo, 2016