…en cada pueblo hay su modo de fabricar,

según haya frío o calor, o sean de una raza o de otra…

José Martí, “La historia del hombre contada por sus casas”

 

El 26 de julio de 1970, Fidel Castro admitía: “Sí, señores imperialistas: es difícil la construcción del socialismo”. Tan difícil que todavía hoy, 45 años después, andamos buscando la manera. Pero la construcción del socialismo no era lo único que nos desvelaba. También estaba el problema de la construcción, a secas. Tan difícil que todavía hoy, 45 años después.

Según el libro Arquitectura y urbanismo de la Revolución Cubana (1989), de Roberto Segre, entre 1965 y 1970 “se produce una disminución considerable de las viviendas construidas por el Estado; de más de 10.000 realizadas en 1967, se baja a 4.000 en 1970”.

Aquel 26 de julio de 1970, Fidel Castro aventuraba una salida: “Nosotros, tomando decenas de miles de obreros a poner ladrillos, no resolvemos. Pueden los propios usuarios en muchos lugares, bajo alguna dirección técnica, participar en la solución de estos problemas”.

En un país de grandes contradicciones, a nadie extraña que el nombre de una de las orquestas más exitosas, los Van Van, aluda a un fracaso. Antes que una prueba de incompetencia, la zafra del 70 –alentada por la consigna “los diez millones van”– fue una muestra de insensatez. La cohesión de todos los cubanos en la disparatada epopeya del azúcar sirvió para endulzar la derrota. En diciembre de ese año se crearon las Microbrigadas, en primera instancia, como respuesta a la situación de la vivienda. El restablecimiento de la confianza perdida podía llegar a ser un deseable efecto secundario.

Las Microbrigadas estaban compuestas por hombres y mujeres que abandonaban sus trabajos habituales a fin de construir viviendas para ellos y sus compañeros, quienes debían quedarse cubriendo sus funciones –el llamado plustrabajo– con el objetivo de que la producción no se afectara. En 1978, Fidel tendría que reconocer que “muchos centros […] lo hicieron efectivamente con plustrabajo, y otros porque les sobraba personal, lo que tenían era plustrabajadores”.

Una vez concluidas las viviendas, el 20 por ciento de ellas se entregaba al Estado y el resto se asignaba en asambleas de trabajadores, donde se consideraban –por orden de prioridad– méritos y necesidades. En teoría, el haber participado directamente en la construcción no otorgaba derechos especiales.

Los microbrigadistas continuaban cobrando en el centro laboral al que pertenecían. En septiembre de 1987, Fidel lo explicaba así: “No nos cuesta virtualmente un centavo más en salario, porque con el salario que le pagan en la fábrica trabaja allí. El Estado le reintegra a la fábrica ese salario para que la fábrica sea más eficiente en sus cálculos, en sus resultados”.

El total de obreros que integraban una brigada era 33, los imprescindibles para construir, en nueve meses, un edificio de cinco plantas con 30 apartamentos de dos o tres dormitorios cada uno. Una parte del equipo se solía destinar a obras sociales: escuelas, círculos infantiles, alcantarillado. Se trabajaba de 8 a.m. a 6 p.m., de lunes a sábado. Los domingos, toda la mañana.

Humberto Ramírez, presidente de la Sociedad de Arquitectura de La Habana (Foto: Tomás Ernesto Pérez)

Humberto Ramírez, presidente de la Sociedad de Arquitectura de La Habana (Foto: Tomás Ernesto Pérez)

Humberto Ramírez, presidente de la Sociedad de Arquitectura de La Habana, asegura que no puede hablarse del Movimiento de Microbrigadas sin mencionar a Máximo Andión, administrador de la fábrica metalúrgica Vanguardia Socialista. “Aquella era una de las pocas fábricas que tenía una producción –si lo veíamos en una gráfica– ascendente”, dice Ramírez, “mientras que las demás estaban subiendo y bajando, o solo bajando. Fidel reparó en eso y fue a verlo. Entonces se dio cuenta de que Máximo era una persona extraordinaria, por encima de la media”.

La excepcionalidad le valió a Máximo que Fidel lo colocara al frente del Plan Alamar. Este reparto habanero, identificado con el Movimiento de Microbrigadas, es el mayor conjunto de vivienda social en Cuba, pero no el mejor. El premio, en cuanto a calidad, se lo lleva la Unidad Vecinal no. 1 de la Habana del Este, actual reparto Camilo Cienfuegos, realizada entre 1959 y 1961, una etapa –diría el arquitecto Mario Coyula– en la que “los constructores todavía no habían aprendido a construir mal”.

Alamar contaba con un puñado de casas de antes de 1959 y con unas 400 construidas a comienzos de los 60. Era ya una zona urbanizada. Había calles, aceras, electricidad, alumbrado público y un acueducto de agua salobre que hacía de la distracción un hábito peligroso. El más leve descuido podía echar a perder una colada de café.

El nuevo proyecto urbano, a cargo de la Dirección de Viviendas del Ministerio de la Construcción (MICONS) de La Habana, fue concebido para 130.000 habitantes. La directiva –apunta Coyula– era precisa: recurrir “al modelo reduccionista de bloques iguales repetidos hasta el infinito […] para que cada centro de trabajo tuviese el suyo”. De ahí que Alamar semeje una gigantesca ofrenda a la monotonía. En este paraíso del déjà-vu, todos los caminos conducen al aburrimiento.

Los primeros edificios eran de cuatro plantas. En una de sus visitas diarias a Alamar, Fidel sugirió elevarlos a cinco. “No fue una buena solución”, dice Humberto Ramírez, “porque subir cinco pisos no es fácil”.

Cuando en 1972 le propusieron que se incorporara al Movimiento, Ramírez tenía 28 años y era profesor en la Escuela de Arquitectura. “Las zonas uno y dos de Alamar ya se habían terminado”, recuerda. “Las zonas tres y cuatro estaban en construcción, la cinco completa estaba en ejecución y la seis estaba bastante adelantada”. En ese punto –de acuerdo con Segre– existían 444 brigadas, que aglutinaban a 12.715 obreros.

Sin renunciar a sus clases, Ramírez asumió la dirección del departamento técnico en Alamar, al que se sumaron otros profesores y aun estudiantes. A lo largo de nuestro encuentro, insiste en que se tomaron las precauciones técnicas que exigían las obras. “Durante aquellos años, en las Microbrigadas había un control técnico riguroso. En primer lugar, había el deseo de hacer las cosas bien, que en muchos lugares se ha perdido. Era parte del ego. Cuando las personas no saben y quieren hacer el trabajo, si tú les dices cómo debe ser, lo hacen bien. Cuando empieza la autosuficiencia, o cuando a la gente le importa poco el trabajo, aunque sepa hacerlo, es que vienen las complicaciones”.

Excavación de una cisterna en Alamar (Foto cortesía de Humberto Ramírez)

Excavación de una cisterna en Alamar (Foto cortesía de Humberto Ramírez)

Ramírez no olvidará el día en que propuso que los edificios de las zonas uno y dos se pintaran del mismo color. “A mí se me ocurre que debían pintarse de blanco, y los balcones, las escaleras, de otro color, para identificarlos”, dice. “Aquello fue tremendo con los microbrigadistas. La gente me decía: ‘¡No, arquitecto, qué va!’. Uno lo quería rosado, el otro verde, el otro azul. Su sentido de pertenencia era muy fuerte y te discutían, porque, claro, se habían metido un año entero trabajando allí”. Ya por esas fechas las visitas de Fidel habían comenzado a ser semanales. En una de ellas, Máximo le comentó: “El arquitecto nuevo quiere pintar todo esto de blanco”. A Fidel la iniciativa le pareció genial. A los microbrigadistas también.

El rigor y el entusiasmo esbozados por Ramírez habría que atribuírselos además al momento en que todo esto acontecía. Él lo reconoce. “Esa, por supuesto, es la efervescencia de una Revolución”, dice. “En verdad, había un ambiente extraordinario”.

Sin embargo, lo que para algunos fue una época de esplendor, para otros –artistas, escritores, homosexuales– fueron años dolorosamente opacos. Eduardo Heras León, premio nacional de literatura, los resumió en una frase: “Aquellos días fueron una fábrica de miedo”.

Luego de publicarse el volumen de cuentos Los pasos en la hierba, al que tacharon de contrarrevolucionario, Heras León fue reubicado en Vanguardia Socialista. Alguien pensó que una fábrica metalúrgica tenía potencial como reformatorio. Aquella experiencia motivó un libro cuyo título, más que referirse al trabajo en la fábrica, hacía alusión al temple necesario para afrontar un castigo irrazonable: Acero. En aquel sitio, vinculado al origen de las Microbrigadas, se dio la infeliz confluencia de lo innovador y lo retrógrado. Vanguardia Socialista se convirtió en el instrumento de unas ideas que refutaban su nombre.

Hacia el final de la entrevista, conforme avanza en el tiempo, el relato de Ramírez cede al desencanto. “Un problema que siempre hemos tenido es que empezamos bien, pero no nos mantenemos”, dice. Lo que vino después confirmó este criterio.

“Vivimos bajo el imperio de la cifra”, escribe Martín Caparrós en ese prodigio que es El hambre. En una época fascinada por los números, parece imposible resistirse a la tentación de implantar un récord. Fidel Castro, que ya tenía en su haber el discurso más largo pronunciado en la ONU, se empeñó en construir el campamento de pioneros más grande del mundo, con capacidad para 10.000 niños en periodo de clases y 20.000 niños en verano. “En el de los soviéticos, que era el mayor entonces, solo había capacidad para 6.000 niños”, dice Ramírez.

La Ciudad de los Pioneros “José Martí” de Tarará significó un duro golpe para el Movimiento. “El MICONS casi no tenía fuerza de trabajo para hacer una cosa así y se cogió a la gente de las Microbrigadas, que fue lo que sucedió siempre y siempre fue un fallo. Ya no era solamente el mercado, el círculo infantil, el acueducto, el alcantarillado o la planta de tratamiento de agua, sino algo extra que nada tenía que ver con Alamar. Y ahí hubo un problema. A veces pasaban tres, cuatro, cinco meses y el edificio no caminaba porque la gente estaba trabajando en Tarará. Las escuelas, el policlínico, el centro comercial, todo eso se hacía con mucho entusiasmo porque las personas sabían que era para ellas, pero Tarará era otra cosa. Seguía habiendo el mismo espíritu del principio, que durante muchos años no se perdió, pero ya no era igual”.

Según el libro de Segre, para 1975 llegó a haber más de 30.000 obreros, organizados en 1.150 microbrigadas. Ese año, el Movimiento Popular para la Liberación de Angola solicitó con urgencia la cooperación militar de Cuba. El 21 de agosto, tras un contacto en Luanda ese mismo mes, el primer comandante Díaz Argüelles regresó a Angola como jefe de la Misión Militar cubana. Se enviaron instructores, fusiles, cañones antitanque, uniformes, alimento. El año próximo, hacia finales de marzo, el número de efectivos cubanos en tierra africana ascendía a 36.000.

“Lamentablemente”, dice Ramírez, “Máximo quiso hacer una misión internacionalista y se fue para Angola. Por él se quedó una compañera que, aunque trabajó bien, no tenía su personalidad”.

A partir de ahí, las desgracias se fueron acumulando. Ramírez las enumera con el tono sombrío de quien repasa las bajas sufridas en un combate. “Al irse Máximo, yo perdí un poco de interés y acabé yéndome también”, dice. “Cuando yo me fui se quedó otro arquitecto por mí, que trabajaba conmigo al principio, y se cambió completamente el proyecto urbanístico. Fue una porquería lo que se hizo. Los edificios tenían problemas. Las calles se hicieron por detrás de los edificios, en vez de ir por delante, como en cualquier lugar del mundo. Tú vas caminando y lo que ves son los patios, las tendederas. Ya no se sembró una mata ni se hicieron jardines. La urbanización es espantosa, horrible. Empezaron a fallar los materiales y, por otra parte, cuando los economistas se pusieron a calcular, la cuenta no les daba”.

Los detractores de las Microbrigadas se aferraron al argumento económico. Varios años más tarde, en 1989, Fidel recordaría: “Habíamos encontrado una buena solución, pero no pararon en su guerra para liquidarlas, en nombre del marxismo-leninismo, eso es lo peor; en nombre de los libros de texto y de las teorías de los libros de economía”.

La debilidad del Movimiento –que, según Coyula, para 1983 ya había construido 100.000 viviendas en todo el país– no dejó de crecer. Su muerte parecía impostergable. No obstante, en 1986, como parte del Proceso de Rectificación de Errores y Tendencias Negativas, fue revitalizado.

Prácticamente, hubo que empezar desde cero. “[N]o tenía nada”, diría Fidel en 1989, “ni un camión, ni un yipi, ni una concretera, hubo que hacerlo todo nuevo; no tenía personal calificado, no tenía profesionales universitarios, no tenía técnicos medios de la construcción”.

Al contrario de otros, Máximo sobrevivió a la guerra. Fidel lo llamó, habló con él. La historia, en apariencia, se repetía, y digo en apariencia porque no fue igual y porque no todos la vivieron igual. “Las Microbrigadas de los 80 no se parecen en nada a las de los 70”, dice Ramírez. “La gente ya no trabajaba con el amor del principio”.

Lucía Mirurgia Alie, microbrigadista de la nueva hornada, discrepa con él. “Se trabajaba con entusiasmo”, dice. “Cada obra se tomaba como lo que era: una tarea política”.

En esta segunda etapa, el objetivo no era construir viviendas en la periferia, como en los 70 –Alamar, Altahabana, San Agustín–, sino aprovechar la infraestructura urbana existente. “Se suponía que iban a realizarse proyectos atípicos en parcelas que quedaban en zonas consolidadas de la ciudad, lo cual es una buenísima idea. Pero no fueron tan atípicos, por la premura con que se hizo todo”, dice la arquitecta Dania González.

Por la misma época se crearon las microbrigadas sociales, enfocadas principalmente en la reparación de ciudadelas. Estas, a diferencia de las otras, no estaban organizadas por centros de trabajo, sino por lugares de residencia.

En 1987, Máximo le preguntó a Ramírez si le interesaba hacer el proyecto de un centro de exposiciones que Fidel quería construir. Ramírez dijo que sí. De este modo, se convirtió en el proyectista de Expocuba.

Ese mismo año, se creó el Contingente “Blas Roca”, inspirado en las Microbrigadas. En junio, Mirurgia se incorporó al Movimiento luego de haber tenido su primer hijo. En septiembre, Fidel dio a conocer en un discurso que ya había alrededor de 18.000 microbrigadistas.

En febrero de 1989, entró en vigor la Ley General de la Vivienda, no. 65. Las microbrigadas, según el artículo 8, podían estar subordinadas a los órganos locales del Poder Popular y a una entidad constructora decidida por el Gobierno.

No solo se construyeron viviendas. “Hicimos círculos infantiles, postas médicas, mercados concentradores”, dice Mirurgia. “Todas las obras de choque que se realizaron en el país a partir de la creación de las Microbrigadas fueron acometidas por nosotros”. En junio de 1989, solo en la capital había ya 35.000 microbrigadistas. En septiembre, las viviendas construidas por el Movimiento –desde 1986– superaban las 15.500 y se habían terminado más de 1.550 consultorios médicos, 111 círculos infantiles y 22 panaderías. Hay que añadir, además, su presencia en Expocuba, en las obras de los Panamericanos, y la realización de escuelas, terminales de ómnibus, policlínicos.

En noviembre de 1989, cuando miles de cubanos se afanaban en levantar paredes, los berlineses echaron abajo el Muro que separaba Alemania. Las consecuencias fueron devastadoras para Cuba. En 1992, Fidel decía: “Sí, sufrimos enormemente por todos los programas que hemos tenido que reducir muchísimo, sufrimos enormemente por todas las cosas que nos proponíamos hacer, sobre todo para el bienestar directo de la población, como los programas de viviendas, que no podemos mantenerlos en este momento”.

Muchos obreros de la construcción, incluidos los microbrigadistas, terminaron en la agricultura o en “otros frentes”. “En temporada ciclónica”, dice Mirurgia, “a nosotros incluso nos cogían para hacer el trabajo de Comunales”.

En el Periodo Especial, un porciento considerable de los edificios que se habían empezado a construir se detuvieron y muchos centros de trabajo retiraron a sus microbrigadistas, aun en contra de la dirección del Movimiento. Mirurgia, que durante más de 25 años fue secretaria del Buró Sindical a nivel de Base en el Movimiento de Microbrigadas, explica: “En 2006 o 2008, no recuerdo bien, nos propusimos volver a levantar las Microbrigadas para tener fuerza de trabajo y poder terminar los edificios que se habían quedado en cimentación, primera, segunda y tercera plantas. Citamos a los directores, al sindicato y al PCC de los centros que habían retirado a sus fuerzas, para ver si no querían las posiciones que les había otorgado el Movimiento y dárselas entonces a otros centros a fin de traer fuerza nueva”.

A propósito de los edificios que demoran cuatro, siete, diez y hasta veinte años en construirse, Dania González, autora del libro Economía y calidad en la vivienda. Un enfoque cubano (1997), dice: “Esos muros, esos cerramentos, expuestos a la intemperie, a la lluvia y todo lo demás, están absorbiendo y acumulando en su masa la humedad. Cuando se termina al cabo de los años, el edificio nace con un cáncer”. La Habana –tan llena de edificios viejos roídos por la metástasis y de edificios nuevos que nacieron enfermos– es un enorme salón de oncología.

Por motivos de salud, Fidel delegó en Raúl Castro la dirección del país el 31 de julio de 2006, y en febrero de 2008, por las mismas razones, renunció a la presidencia de Cuba. El 24 de ese mes, en la VII Legislatura de la Asamblea Nacional del Poder Popular, Raúl fue elegido presidente de los Consejos de Estado y de Ministros.

El sexto Congreso del Partido Comunista de Cuba aprobó en abril de 2011 los Lineamientos de la Política Económica y Social del Partido y la Revolución. El 21 de septiembre, la sección “Acuse de recibo” de Juventud Rebelde dio a conocer las funciones del Grupo Empresarial Constructor de la Administración Local de La Habana (GECAL), una “nueva estructura que asume la actividad constructiva del Poder Popular” y que surgió “a partir de la fusión de las antes llamadas micros sociales, el Movimiento de Microbrigadas y varios contingentes, con vistas a imprimirles a esas fuerzas un diseño empresarial”.

La fusión que dio origen a GECAL, entidad a la que se subordinan varias empresas, fue el tiro de gracia a las Microbrigadas, pero no implicó que desaparecieran los microbrigadistas. Aquí había un problema. En la nueva estructura, los microbrigadistas son un lastre, algo que sobra, que está pero no debería. No son, estrictamente, obreros de la construcción, sino personas que construyen para obtener una casa, hasta que la obtengan. “Somos como un niño de teta al que soltaron y nadie quiere cargar. Como un hijo adoptivo”, dice Mirurgia. En GECAL, esa suerte de hospicio, se rehusaron a concedernos una entrevista.

La deuda contraída con los microbrigadistas se ha ido saldando paulatinamente. Sin embargo, aún quedan personas como Jorge Dinza, Carlos Rojas y Diana Diago, quienes siguen esperando por su vivienda.

El 28 de junio de 2014, bajo el título “Cumplieron, y…”, la sección “Acuse de recibo” de Juventud Rebelde exponía el caso de esos tres microbrigadistas, junto con el de Lucía Mirurgia. El artículo terminaba diciendo: “¿Cuánta más atención se debe prestar a casos excepcionales como estos, cuánta delicadeza para pulsar una solución más cercana a lo que esperan quienes entregaron tanto? Lucía, sin muchas alternativas, y Jorge Dinza, Carlos Rojas y Diana Diago, sin una vivienda: ese no debía ser el tratamiento”.

En enero de 2014, a Mirurgia le asignaron una vivienda en 33 y 44, municipio Playa, pero todavía no la ha ocupado (Foto: Tomás Ernesto Pérez)

En enero de 2014, a Mirurgia le asignaron una vivienda en 33 y 44, municipio Playa, pero todavía no la ha ocupado (Foto: Tomás Ernesto Pérez)

En enero de 2014, a Mirurgia le asignaron una vivienda en 33 y 44, municipio Playa, pero todavía no la ha ocupado. El apartamento no cumple sus expectativas. Primero, porque tiene solo dos cuartos, insuficientes para un núcleo de siete personas. Segundo, porque las condiciones constructivas son pésimas: problemas de plomería, ventanas de aluminio pandeadas, instalación eléctrica deficiente, piso con desnivel. Ante la falta de alternativas, está dispuesta a aceptar los dos cuartos, aunque se niega a asumir la reparación que demanda el apartamento. No ocuparlo es su manera de presionar para que el Contingente 26 de Julio, a cargo de la construcción del edificio, realice el trabajo.

“No me parece que, después de tantos años, deba meterme en un apartamento donde es necesario seguir construyendo, cuando yo, que no soy constructora, lo que he hecho toda mi vida es construir”, dice. “Además, yo no tengo los materiales ni la capacidad económica que requieren esos materiales, ni dinero para pagarles a un albañil, a un electricista, a un plomero”.

Las imperfecciones no son exclusivas de su apartamento. El edificio completo –un ala más que otra– es una obra maestra de la chapucería. Virgilio Eduardo Jiménez trabajó en su construcción desde el comienzo, en 2004, hasta que se terminó, en 2014. “La falta de organización influyó muchísimo. La despreocupación. Cuando hay que terminar en dos días una cosa que realmente se lleva una semana caemos en la falta de control de la calidad”, dice. “Por otro lado, nunca entendí por qué trajeron brigadas cuentapropistas a trabajar aquí”.

Virgilio, que vive en el edificio, tampoco entiende por qué la mayoría de los tanques de agua eran de uso, ni el hecho de que a solo un mes de haber ocupado su vivienda la humedad tiñera las paredes. En una esquina de la azotea nunca pusieron la manta impermeabilizante. El techo del apartamento que está debajo, salpicado de grietas y manchas verdes, parece el mapa de un país ignoto.

Allí, todos se encuentran a la espera de que el Contingente 26 de Julio, o quien sea, solucione al menos una parte de los problemas. Por las fechas en que venía el Papa –no faltaba más– sí se encargaron de pintar el edificio.

“Mi centro de trabajo ya no tiene respaldo para pagarme, porque mi condición de microbrigadista desapareció en el momento en que me ‘dieron’ una vivienda”, dice Mirurgia, que aparece en la plantilla de la Dirección Provincial de Bufetes Colectivos, pero trabaja en la UEB no. 2, subordinada a la Empresa Provincial de Construcción de Viviendas Contingente 26 de Julio. “Cuando me reincorpore, la guerra para que me reparen aquello será peor”.

“Si le asignaron una vivienda y no la ha ocupado, es porque en realidad no la necesita”, dice Antonia Céspedes, vecina del edificio. Mirurgia, que vive en Guanabacoa, en una casita con techo de tejas y algunas paredes interiores de madera, opina que, ante todo, uno debe respetarse. “Yo estuve muchísimos años en las Microbrigadas para mejorar, no para meterme en una vivienda donde tengo que seguir desgastándome”, dice. “Bastante sacrifiqué a mi familia, mi capacitación, mi salud, para irme al final con la de trapo. Si he vivido casi 40 años en malas condiciones, ¿no puedo esperar 40 o 41? ¿Cuál es la diferencia?”.

Un defecto que se les acostumbra señalar a las Microbrigadas es que los microbrigadistas, cuando empezaban, no sabían construir. Al cabo del tiempo, cuando por fin habían aprendido un poco, recibían su vivienda y abandonaban el Movimiento. “Fue siempre un proceso de aprendizaje”, dice Dania González.

Otro problema, según Coyula, “era que las viviendas construidas no contribuían a resolver el problema del deterioro y pérdida del fondo, sino el de la cohabitación”. Las microbrigadas sociales, encargadas de restaurar, jamás tuvieron la fuerza del Movimiento.

En “Lo feo es como un cáncer”, el narrador y guionista de cine Arturo Arango escribe: “Lo único más feo que un edificio de microbrigadas son dos o tres edificios de microbrigadas”. De acuerdo con Dania González, no había argumentos de peso para desdeñar la estética. “La rapidez no puede ser la justificación para hacer las cosas mal”, dice. “En mi opinión, en Cuba le hemos dado poca importancia a la arquitectura. Se habla de cifras, de metas, y la vivienda es cuatro paredes y un techo. Se ha tratado de minimizar la importancia del proyecto, que es donde se gana la batalla, porque pensar cuesta menos que los recursos materiales que se vierten en la construcción. La única manera de hacer algo que cueste lo menos posible y con la mayor calidad posible es pensando, y ese es el proceso de diseño. El proyecto cuesta apenas el 10 por ciento de la ejecución de una obra”.

Dentro de unos 20 años, los edificios construidos en la década del 70 estarán llegando al fin de su vida útil. Dania González asegura que un edificio de hormigón armado tiene una vida útil que oscila entre 60 y 100 años, pero ya a los 60 está arribando al límite. “Los edificios de microbrigada, aunque sean de bloques, tienen el entrepiso de hormigón armado”, explica. “Lo primero que colapsan son las instalaciones hidráulicas, sanitarias, que se empotran dentro de la masa de la construcción. Está científicamente demostrado que duran 25 años. Sin embargo, como no se les da el mantenimiento requerido y no se reparan a tiempo, comienzan a filtrarse, el agua se esparce por la losa de hormigón armado y oxida el acero, se explota la losa, el acero se separa del hormigón y se destruye el material”.

Su larga experiencia como microbrigadista despierta en Mirurgia emociones contradictorias. “Las Microbrigadas me han lacerado la vida”, dice. “Todas las patologías que tengo hoy –bursitis, osteocondritis, hernia umbilical, problemas circulatorios– se las debo al Movimiento”. Sin embargo, esta mujer adolorida también encuentra motivos para decir: “Nosotros recordamos con nostalgia la historia de las Microbrigadas. Quedamos poquitos, pero a veces nos ponemos a recordar y decimos: ‘¿Te acuerdas? Esto no se parece en nada a aquello’”.

En enero de 2016, luego de 29 años en la construcción, Mirurgia se reincorporará a su centro de trabajo.

 

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Tomás Ernesto Pérez

Miembro del Consejo Editorial. Editor. Licenciado en Letras por la Universidad de La Habana en 2013. Trabajó desde 2010 como editor en la revista digital Cubanow, que pertenece al Instituto Cubano del Arte e Industria Cinematográficos (ICAIC). En esta misma revista coordinó, junto con Haydée Arango, una sección sobre narradores cubanos. Desde agosto de 2013, trabaja como corrector —encargado de la revisión final— en la revista artístico-literaria La Gaceta de Cuba. Entre marzo de 2014 y octubre de 2015, trabajó como Coordinador Editorial y de Producción, además de como editor, en la editorial australiana Ocean Sur. Es graduado del Taller de Técnicas Narrativas del Centro “Onelio Jorge Cardoso”, donde le fue otorgada la Beca de Creación “El caballo de coral”.

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