Autor: Periodismo de Barrio

La foto de la semana

Lo primero que se pierde en el subdesarrollo es la memoria. Un pueblo sin memoria no sabrá hacia dónde va. Atrapado en un bucle temporal, repetirá sus errores. Esa es la imagen que tienen los niños guanabacoenses de su historia, más adelante no hallarán mucho por lo que merezca la pena luchar. La principal virtud de la memoria histórica es su poder para definir el sentido de pertenencia. De todas las villas patrimoniales de nuestro país, Guanabacoa es ciertamente la que menos puede mostrar una imagen histórica. No ha sido el tiempo corriendo desde su primera mención en 1554 hasta hoy el causante de tanta ruina. Es la desmemoria –gubernamental, colectiva–, contagiosamente cobarde (Foto: Chris Erland). Por mar llegaron los pueblos originarios de esta tierra a la que llamaron Cuba. Por mar también llegó Colón y en pocas décadas los originarios fueron reducidos a un olvido coronado en la idea del descubrimiento de un nuevo mundo por el viejo. Por mar masivamente trajeron seres humanos, se les llamó negros esclavos y desde ese momento el mundo ha sido menos libre. Por mar España perdió por un año La Habana. Por mar fue expulsado dos veces Martí y por mar regresó físicamente a morir porque en idea nunca pudieron exiliarlo. Por mar partió el estandarte español junto con el último soldado y por mar llegó otra bandera que no fue la nuestra. Por mar llegó el fin de Batista, también por mar llegó una invasión para acabar con los que le pusieron el fin a Batista. Por mar llegaron armas nucleares y por poco el tablero de ajedrez político acaba con nuestra historia para dar comienzo a otra. Por mar también se fueron las armas nucleares. Por mar en diferentes épocas él éxodo se ha cebado y miles el mar se ha cobrado. Un siglo después de que volara el primer avión, el mar ha seguido definiendo la manera en que el mundo nos ve y como vemos hacia el mundo (Foto: Chris Erland). Dania se levanta temprano, se pone sus botas de agua, su camisa de mangas largas como protección para el sol, y al amanecer llega al vivero “La ceiba”, donde trabaja plantando alimento para ganado. La tierra es su sustento, su vida. A la tierra se entrega día a día. Dania es una mujer de campo (Fotos: Hansel Leyva Fanego). En las ruinas del central Guatemala viven ocho familias. La primera de ellas se mudó en 2012 hacia lo que llaman “la antigua cantina”, donde antes almorzaban los empleados. Era una de las pocas estructuras que habían quedado en pie después de que el central fuera desmantelado en 2002. En 2014 otras siete familias ocuparon el resto de las estructuras. Era gente que vivía muy cerca de la bahía de Nipe y el mar inundaba sus casas al menos cuatro veces al año. En las ruinas del ingenio separaron con paredes y cartones los cuartos de la sala y la cocina. Construyeron cisternas para almacenar agua, instalaron la corriente eléctrica desde los postes mediante tendederas. Actualmente, estas familias esperan la legalización de sus viviendas, después de haber pagado varias multas por la ocupación ilegal (Foto: Sabrina López Camaraza). Osmani empezó a trabajar con 19 años como operador de calderas en el central Guatemala. Cuando el central cerró en 2002, se quedó desempleado y la pesca, que antes hacía por diversión, terminó siendo su forma de ganarse la vida. En las ruinas del restaurante Bahía de Nipe, Osmani cose un agujero en la red que usa para pescar, que se rompió la noche anterior al enredarse en la propela de un bote. El agujero es grande, demorará dos días en ser reparado: otros dos días sin trabajo (Fotos: Sabrina López Camaraza). Se le olvidó decirme su nombre pero no que desde niña ha vivido en Los Pocitos, y que gran parte de esos 97 años se ha sentido bendecida. Una persona muy religiosa con un sentido profundo de la fe agradece sus alegrías (Foto: Chris Erland). Evelio vive solo, es un salvador de lo trivial. Encuentra en la basura su sustento, convierte lo que en apariencia es inservible en su tesoro. Hay historias dibujadas en los objetos que desechamos, hay una vida más allá de lo que ya ha muerto y que, algunas veces, es motivo para vivir (Foto: Hansel Leyva Fanego). Como un náufrago sin isla, llegó Euclides buscando tierra a La Habana. A orillas de un río en Guanabacoa levantó su casa. Marinero moderno sin naves, con ganas de plantar bandera en suelo firme. En el deber de la sagrada familia hace de los maderos muertos un hogar y el hogar esta allí porque lo lleva dentro (Foto: Hansel Leyva Fanego). Después de 45 días de incubación, se abre paso a través de la arena un grupo de tortugas verdes recién nacidas. Comienzan su viaje enterradas unos 50 centímetros en la arena, furtivas, y con la caída de la tarde inician una carrera por la supervivencia. La cúspide de mi viaje a la Península de Guanahacabibes para trabajar como fotógrafo en el monitoreo de las tortugas marinas fue ver la eclosión de uno de estos nidos y sostener en mis manos un neonato, lleno de energía y dispuesto a llegar al mar por todos los medios; un premio después de 15 días recorriendo el litoral de playa La Barca madrugada tras madrugada. Uno de esos momentos que te cambian la vida (Foto: Jans Sosa Rojas). “Cruce 4” Abelardo probablemente sea el tumbero que más intrincado vive. Es uno de los cantantes principales de la Tumba Francesa de Bejuco. Su casa está en Los Mangos, un caserío a unos cuantos cruces de río después de Naranjo Dulce, que viene después de Bejuco. Nunca llegamos a ir tan lejos. Allí trabaja en una finca. Abelardo es también aguador, se encarga de subirles agua del río a sus vecinos para llenar sus tanques. No cobra por eso. Cuando la noche lo alcanza en el regreso a casa, ilumina el camino a través de los ríos con un candil (Foto: Manuel Ojeda, Texto: Daniela Muñoz Barroso). Estas imágenes forman parte de la serie “Cruces” de Daniela Muñoz Barroso y Manuel E. Ojeda Hernández, y fueron tomadas durante la filmación del documental “Hacia la luz” de Aracelys Avilés (Noviembre, 2018). En Guanabacoa, la otrora villa de las aguas cristalinas, con más de diez marcas de agua y baños medicinales, sigue corriendo el agua. Los niños crecen en un entorno dominado por numerosos arroyuelos, y es fuerte la curiosidad hacia el agua. Siguen corriendo los riachuelos y a su paso arrastran la basura y el vertido de las aguas negras de las casas erigidas en las inmediaciones. Dicen los vecinos que en época de seca la pestilencia es mayor, no pueden los arroyos por sí solos arrastrar tantos desechos. Y van los niños, y se sigue construyendo, y se sigue creciendo dando por sentado que los arroyos ya no tienen salvación. Los viejos afirman que antes no era así, incluso se podía beber en las antiguas corrientes de agua. Hoy, si se puede, se tapan con concreto para mitigar el mal olor y sacarlas de la vista (Foto: Chris Erland). Chen gastaba sus horas escarbando entre toneladas de basura cuando vivía en el Bote –el vertedero de 100–, para reunir unas pocas libras de cobre, aluminio o cristal y venderlas como materia prima. Un ciclo roto, en la reutilización de su propia vida. En un vertedero se vive al día, se come lo que la basura provee. No se tiene libreta de abastecimiento, dirección, electricidad o agua. Se tiene la suerte diaria de escarbar en el sitio correcto y ganar algo de dinero, porque el dinero sigue reinando incluso donde no hay casas, aceras y niños jugando. Lejos de la vista, bien dentro en el basurero, Chen no existió. Si no se le ve no existe, si no está en las redes sociales no existe, si no es parte de nuestra realidad inmediata no existe. Solo es una imagen foránea (Texto y foto: Chris Erland). Los niños de La Sabana van a la escuela en burros. La Sabana –a ocho kilómetros de La Yaya, capital del municipio Niceto Pérez, Guantánamo– son pocas casas distantes entre sí, adonde no pueden llegar los carros ni sube mucha gente. Cuando amanece, los niños bajan cuatro kilómetros de trillo intrincado hasta la escuela primaria de El Continente, caserío a orillas de la carretera. Después de clases suben en sus burros, les hacen beber de un río medio seco y recogen agua para la casa en pequeños tanques que guardan en las alforjas. Los fines de semana bañan los burros en el mismo río, porque la presa que hay en La Sabana es demasiado honda. Mientras las bestias descansan, amarradas, los niños van a la presa a nadar (Texto y foto: Sabrina López Camaraza). “Cruce 3” Maritza es madre de tres hijos: Over, Marisleydis y Orelvis. Ella es quien hace las tareas de su hogar, aunque vive con su esposo Pipo. Cruza seis veces el río Sagua de Tánamo para llegar a su trabajo en la despulpadora de café que se encuentra entre los caseríos de Bejuco y Naranjo Dulce. Maritza es también cantante de la Tumba Francesa de Bejuco y su hijo Over toca las tumbas, un tipo de tambor. Bejuco queda en las montañas de Holguín, y eso dificulta sus presentaciones en el pueblo más cercano, Sagua de Tánamo, o en cualquier otro lugar (Fotos: Daniela Muñoz Barroso y Manuel E. Ojeda Hernández). Estas imágenes forman parte de la serie “Cruces” de Daniela Muñoz Barroso y Manuel E. Ojeda Hernández, y fueron tomadas durante la filmación del documental “Hacia la luz” de Aracelys Avilés (Noviembre, 2018). “Cruce 2” Ella es Mireya. No permitió que confirmáramos cuántos años tiene; más de 70 seguro. Vive en Naranjo Dulce, un caserío a 6 cruces de río de Bejuco. En Cuba existen tres tumbas francesas: la de Santiago de Cuba, la de Guantánamo y la de Bejuco. Esta última es legado cultural de los negros esclavos que trajeron consigo los franceses cuando emigraron de Haití después de la Revolución. Mireya es bailadora. Los tumberos viven a 17 cruces de río de Sagua de Tánamo. Además de tumberos, son campesinos. Mireya recoge y tuesta el café de su propio terreno, luego un señor viene con su buey a recoger su poquito. Este café es el mismo que cuela todas las mañanas antes de que salga el Sol (Foto: Manuel E. Ojeda Hernández; Texto: Daniela Muñoz Barroso). Esta imagen forma parte de la serie “Cruces” de Daniela Muñoz Barroso y Manuel E. Ojeda Hernández, especial para Periodismo de Barrio, y fueron tomadas durante la filmación del documental “Hacia la luz” de Aracelys Avilés (Noviembre, 2018). “Cruce 1” Esta es la panadería de un caserío que se llama El Progreso. Se sitúa en las montañas entre Holguín y Guantánamo, pegadito al borde de Guantánamo pero pertenece a Holguín. Él es Frank y tiene 17 años. Parte dos días a la semana de Bejuco y cruza 6 veces el río para llegar a la panadería. Ahí recoge el pan que luego reparte a todos los campesinos que habitan hasta Naranjo Dulce, que queda a 12 cruces de río de El Progreso (Foto: Daniela Muñoz Barroso). Esta imagen forma parte de la serie “Cruces” de Daniela Muñoz Barroso y Manuel E. Ojeda Hernández, especial para Periodismo de Barrio, y fueron tomadas durante la filmación del documental “Hacia la luz” de Aracelys Avilés (Noviembre, 2018). En Aguas Claras, Holguín, una antigua mina de oro inundada por las aguas es el paisaje común de muchas familias que han resuelto seguir buscando la riqueza escondida en el suelo. Es esta una tierra de furtivos mineros que aún sueñan con encontrar un tesoro oculto para regalar a sus hijos (Foto: Hansel Leyva Fanego). Caminando por las calles de El Cerro, cerca de la terminal de ómnibus nacionales, me encontré con este derrumbe cuyos escombros al parecer llevaban tiempo sin ser recogidos. Me detuve y escuché a varias personas decir que no sabían cuándo esa situación se iba a solucionar, pues era un problema para los que pasaban por la calle y hasta para los niños que jugaban en ella (Foto: William Riera). De camino a la Gran Piedra en 2016, poco antes de llegar al complejo turístico, me encontré la casa de este vecino que para subsistir vendía frutas como mangos y cacao, y collares hechos con semillas de algunas frutas de la región. Con mucho orgullo, nos mostró su casa, que estaba en construcción (Foto: William Riera). Las excursiones que de niño hacía a La Socapa los fines de semana, especialmente durante los calurosos días de verano, siempre permanecen en mis recuerdos de días de felicidad. La Socapa fue uno de varios balnearios que existían en Santiago de Cuba. Había sido construido a principios del siglo XX, y contaba con varias casas de madera y con un complejo de restaurant y cafetería. Por la falta de mantenimiento y las afectaciones provocadas por huracanes, hoy solo quedan las ruinas de este hermoso lugar (Foto: William Riera). En febrero de 2019, mientras caminaba por la Habana Vieja, me encontré a una de las residentes del solar localizado en San Ignacio y Lamparilla. Se quejó de las malas condiciones en que estaban viviendo los vecinos del inmueble, y me dijo que la escalera de caracol era muy antigua y que el peligro de los cables de electricidad era visible. Se preguntaba, aquella mujer, cómo a las autoridades del municipio no les daba pena mostrar esa imagen a los tantos turistas que visitaban la zona (Foto: William Riera). Este cerdo jíbaro fue cazado con trampas. Son hechas artesanalmente, conocidas como ballestas, y con un arco de madera flexionado que en su extremo tiene una soga escondida con matorrales. Al pisar el cerdo, la soga se recoge y el animal queda atrapado hasta que llegan los cazadores. Cuando los cazadores lo encuentran, lo descueran y despiezan para ser transportado hacia la comunidad para su consumo (Foto: Felko). La caza es un ejercicio de paciencia en muchos casos. Este cazador caza con trampas y para ello camina durante seis horas hasta donde se encuentran las trampas. Una vez ahí, revisa las que ha puesto para cerdos jíbaros. Si en sus trampas no hay presa alguna, espera durante horas en silencio para hacer otro recorrido (Foto: Felko). La otra forma de vida en la Ciénaga, además de la caza, es la pesca. Se ha visto afectada por la invasión de la claria en sus ecosistemas. Por ello, los pescadores de la zona se han organizado en pequeñas cooperativas para eliminar esta especie invasora que, si bien puede ser consumida, elimina otras especies. La intención de estos pescadores, por tanto, es capturar tantas clarias como sea posible, a fin de mitigar su presencia en esas aguas (Foto: Felko). A mediados de septiembre de 2018, viajé a la Ciénaga de Zapata para fotografiar sus comunidades. Una mañana acompañé a estos cazadores locales en la caza de puercos jíbaros. Esas fechas eran las ideales para ello, pues el agua desciende en los canales y, al estar mejor comunicada la zona, los puercos jíbaros se acercan más a la comunidad. Ambos cazadores iban acompañados de sus perros, que ayudan a rastrear a los cerdos y además protegen de estos a sus dueños (Foto: Felko). Cuentan que el solar de Compostela 653, en la Habana Vieja, hace mucho tiempo fue una opulenta residencia conocida como Palacio de Zuazo, hogar del Marqués de Almendares. Este solar duró hasta hace dos años, cuando reubicaron a quienes lo habitaban. Hoy solo quedan dos familias (Foto: Alberto (El Chino) Arcos). Para mí, la situación de la basura en La Habana es uno de los grandes problemas de la ciudad. Quizá es un problema de planificación y coordinación de las autoridades, pero también están la desidia de la gente y el poco sentido de pertenencia al lugar que habitan. Esta imagen es uno de los muchos absurdos vinculados a la basura que uno puede encontrar en La Habana (Foto: Alberto (El Chino) Arcos). Alberto Gutiérrez tiene 62 años y 45 de ellos los ha dedicado a la cría de palomas. Es uno de los más antiguos palomeros que hay en el país y pertenece a la Federación Colombófila de Cuba. Cuando lo fotografié, hace no más de tres meses, tenía un estimado de 30 palomas para cría y en buen estado. En su azotea de Centro Habana me hablaba con orgullo de sus distintos premios y reconocimientos (Foto: Alberto (El Chino) Arcos). Aquí estaba la cama. Yo estaba en la puerta hablando con unos niños y mi esposo había ido al baño y cuando yo estoy regresando para el cuarto sentimos un ruido y de pronto el techo se fue abajo. Nos tiramos pa’ allá atrás. Todo fue muy rápido, pero fue una suerte que no estuviéramos acostados (Foto: Evelyn Sosa Rojas). Nosotras estábamos despiertas. Estábamos en casa de mi madrina probándonos los disfraces y se fue la luz. Había un ruido. Yo lloré. Cuando vinimos, ya esto estaba así (Foto: Evelyn Sosa Rojas). Yo sentí un ruido, pensé que era una turbina y me asomé. Pensé que era un avión que andaba dando vueltas y cuando vi el cielo entré y le dije a ella: “Corre que es un tornado”. Yo me quedé aguantando la puerta pa’ proteger a los míos, pero qué va, arrancó la puerta y me tiró contra la pared y me cayó todo arriba. Ella se arrinconó con los niños debajo de una teja que quedó y por suerte están bien. Tenemos dos, uno de cinco años y uno de diez meses. No quedó nada. A mí me mandaron reposo absoluto, pero yo tengo que levantar esto (Foto: Evelyn Sosa Rojas). Yo estaba aquí en la cocina y sentí el ruido y de pronto el techo de la parte de allá salió volando. Era como cuando tiras gravilla al aire, toda esparcida, así estaba todo dando vueltas y las chispas por todos lados. Yo quería salir para afuera por el susto pero mi marido me agarró por el pelo y me arrinconó allá atrás. Qué susto, mija (Foto: Evelyn Sosa Rojas). Yo sentí un ruido y salí a ver lo que era y me puse a orinar aquí en el patio y de pronto empezó un aire y yo fui para la casa aguantándome, pero yo ya no sabía a qué atinar. Los hombres solo pueden prestarle atención a una sola cosa a la vez. Todo fue muy rápido. A mi mamá le había caído el techo arriba y tuve que sacarla. Volvió a nacer, mira, ahí está entera. Ella tiene Alzheimer. Me pregunta qué pasó y no se acuerda. Está como si nada. Por la noche me pregunta que por qué no acabo de encender la luz. Ahora estamos durmiendo en este contenedor que tengo en el patio, hasta que podamos arreglar la casa. Dicen que van a mandar tejas. Yo era director de esta revista. Vamos a abrir una lata de atún que me regalaron los muchachos. Te quedas de invitada (Foto: Evelyn Sosa Rojas). Sí, hazme la foto. Ay, mijita. Qué susto tan grande. ¿Quieres entrar para que veas la casa por dentro? Mira el hueco del techo, pero, bueno, más o menos tengo todas mis cosas aquí como puedo. No es fácil. Ojalá puedas ayudar con tus fotos (Foto: Evelyn Sosa Rojas). Soy Funes, arqueólogo y escritor. Esta no es mi casa, yo vivo en el edificio aquel. Allí a la gente del quinto piso les llevó la placa completa. Yo perdí la antena de televisión y, mira qué casualidad, caminando por la Vía Blanca en la mañana la encontré. Vine a ayudar a Montecino que sí sufrió daños. Se le fue el techo con todo, pero, mira, el cuadro de Martí ni se cayó al piso (Foto: Evelyn Sosa Rojas). Estábamos en la casa y de pronto sentí un ruido muy fuerte, como muchos aviones. El cielo estaba rojo. Todo empezó a salir volando. A la viejita la tuvimos que sacar de abajo de los escombros porque todo le cayó arriba, pero ella está bien, está durmiendo allá atrás. La casa entera se fue. Quedó la taza del baño. Aquí tengo el número, por si vienen preguntando, para que sepan cuál era la casa. Nos quedamos sin nada (Foto: Evelyn Sosa Rojas). Las peleas de gallos son una sangrienta tradición del campo cubano que no ha dejado de practicarse. Es usual en muchos pueblos encontrar vallas clandestinas o campesinos que crían gallos para pelearlos en entornos familiares. Esta la encontré camino a Pinar del Río y es de las pocas vallas autorizadas que existe en Cuba (Foto: Raul Cañibano). Los habitantes de la Ciénaga de Zapata tienen permitida la caza de cocodrilos pero no su comercialización. Tradicionalmente, el cocodrilo ha alimentado a los cenagueros, quienes lo preparan de las más diversas formas. Del animal aprovechan no solo su carne, sino también la grasa, que emplean para cocinar (Foto: Raul Cañibano). En 2006 hice la ruta martiana junto a Juan Carlos Alom y Felco Calderín. Camino a Mella, nos albergamos una noche en casa de esta familia. Recuerdo su hospitalidad. La señora, embarazada, mató un pato para nosotros y a él lo acompañamos toda la noche mientras velaba el parto de su puerca. En su muy humilde finca, este parto representaba una buena oportunidad de ingresos (Foto: Raúl Cañibano). En 2006 hice la ruta martiana junto a Juan Carlos Alom y Felco Calderín. Camino a Mella, nos albergamos una noche en casa de esta familia. Recuerdo su hospitalidad. La señora, embarazada, mató un pato para nosotros y a él lo acompañamos toda la noche mientras velaba el parto de su puerca. En su muy humilde finca, este parto representaba una buena oportunidad de ingresos (Foto: Raúl Cañibano). Regresando de Cienfuegos me tropecé con este hombre y su caballo. Estaba intentando devolverlo a sus patas después de una gran caída en medio de la ardiente carretera. Allí estuvimos un par de horas, castigados por el sol, hasta que la fatigada bestia por fin se repuso. Según me contó el señor, este hermoso animal era su bien más preciado (Foto: Juan Carlos Alom). Las cayucas de Baracoa son el medio de transporte más importante con que cuentan los pobladores del Naranjal del Toa. Nuevos reglamentos han limitado la construcción de estas pequeñas embarcaciones, lo cual atenta contra el desempeño de la vida cotidiana de tan recóndito lugar en las montañas de Cuba (Foto: Juan Carlos Alom). A inicios de la Revolución, Luis Morales construyó una presa cuya agua abastece sus propios sembrados y la comunidad Dos Hermanas, en donde habita. Allí se convirtió en un líder, y fue decisivo en las demandas al gobierno para que la zona, tras 40 años de insistencia, fuese electrificada (Foto: Juan Carlos Alom). En algunas de las principales avenidas de La Habana las lámparas de sodio han sido remplazadas por luminarias con tecnología LED, que tienen mayor durabilidad y suponen un ahorro considerable de combustible. Sin embargo, hay muchos barrios que aún permanecen casi en penumbras (Foto: Joyme Cuan). Enrique Kaida es campesino en Camagüey y se dedica a la cría de ganado mayor. Su familia, de origen japonés, sufrió el confinamiento en campos de concentración durante la Segunda Guerra Mundial, cuando los japoneses de Cuba fueron retenidos en campos de Isla de Pinos y La Habana (Foto: Carlos Otero). Durante las dinamitaciones para la creación de un desvío de la carretera Baracoa-Maisí, el techo de Georgina fue afectado por las piedras que se desprendían. Espera ser compensada en algún momento con un nuevo techo (Foto: Carlos Otero). Daymara ha sido por años la profesora de natación de Cayo Granma, Santiago de Cuba. A falta de piscina, los niños aprenden a nadar en la misma bahía (Foto: Carlos Otero). Amalia perdió su casa en el huracán Matthew. Luego de la tragedia, comenzó a acopiar los plásticos traídos por el mar y con ellos hacía flores que después vendía con la intención de reconstruir su casa (Foto: Carlos Otero). Cuando llueve en la Sierra Maestra, muchos de sus caminos se vuelven intransitables por la crecida de los ríos que dejan a sus pobladores incomunicados. Es entonces cuando los camiones se vuelven la única alternativa de obtener comida y los insumos básicos para los habitantes de la región (Foto: Daniela Muñoz). Ella es Gladys de Vega Grande, en Buey Arriba, Granma. Vivía también allí cuando arrasó el ciclón Flora con todas las casas que existían en esa zona en 1963. Gladys me cuenta con una extraña gracia que aquellos días muchos vecinos se refugiaron en su casa, que jugaron y bebieron ron mientras pudieron pero en algún momento el miedo los calló. Al día siguiente, Vega Grande era otra. Entonces la Revolución construyó una nueva Vega Grande bien grande, pero hoy muchas de esas casas son las mismas y Vega Grande es cada vez menos grande (Foto: Daniela Muñoz). La Habana genera diariamente un aproximado de 23 000 metros cúbicos de desechos sólidos. A pesar de los esfuerzos del país, la situación de la basura en La Habana se ha vuelto crítica (Foto: Andrea Montecino). La Bahía de La Habana, con una profundidad media de 9 metros, está contaminada por desechos industriales y comunitarios que arrastran el río Luyanó y sus afluentes Martín Pérez y Arroyo Tadeo (Foto: Noah Barrios).