Fábricas de silencio

Cuando un central cierra muchas cosas cambian. Casi nunca para bien.

A mi tío Arsenio, que nunca descansó en la zafra.

Con la industria azucarera en Cuba se han ensañado la raya roja de la caña, el derrumbe del campo socialista y sus precios preferenciales, los bajos valores del mercado, la ineficiencia, las malas decisiones administrativas y, también, el cambio climático.

Este último fue la razón dada por José Ramón Machado Ventura, vicepresidente del Consejo de Estado cubano, cuando en enero de 2016 anunció que, probablemente, la zafra no se cumpliría. El clima nos jugaba una mala pasada: primero con la sequía de 2015, luego con las lluvias intensas de inicios de año.

En junio de 2016 Noel Casañas Lugo, vicepresidente del Grupo Azucarero Azcuba, confirmó que la producción solo alcanzó el 80 por ciento del plan trazado. Apenas similar a los 1,6 millones de toneladas de azúcar conseguidas del año anterior.

La noticia, dos décadas atrás, hubiese consternado al país. Pero que la sequía retrase el crecimiento de la caña, la lluvia inunde los campos, las combinadas no corten y los centrales no muelan a plena capacidad dejó de ser, desde hace más de una década, una preocupación para una Isla que relegó los overoles grasientos de los centrales y cifró su futuro en las batas médicas y de laboratorio.

Al Consejo Popular Gregorio Arleé Mañalich, de Melena del Sur, todos le dicen el Central, pero allá la gente ni siquiera habla de la zafra. El azúcar no es su problema desde hace doce años, cuando la Tarea Álvaro Reynoso paralizó el ingenio y, con el ingenio, el mismo pueblo.

Por entonces, 272 empleados repartidos en tres turnos de labor tuvieron que reinventarse. Algunos cambiaron sus antiguos trabajos. Otros se resignaron a viajar diariamente hasta otros centrales que siguieron moliendo. El batey, que no podía moverse en busca de otra industria, quedó allí. Aletargado en un silencio de maquinaria inmóvil.

Tras la paralización vino, sin previo aviso, el desarme. Pieza tras pieza el ingenio fue perdiendo sus trozos hasta que no hubo más que el caparazón de acero y concreto. Una década después solo quedan ruinas, chatarra y dos torres con letras despintadas.

En el Central, un poblado urbano de 5.000 habitantes, se sigue sembrando caña. Para quienes viven allí, los campos junto a la única carretera que conecta el batey con la cabecera municipal son el recordatorio de que algo anda mal. O mejor, de que algo ya no anda.

A Nene, un viejo soldador que se levanta todos los días a las cuatro de la madrugada, la zafra en Cuba no le quita el sueño. Pero escuchó, en el Noticiero Nacional de Televisión, que en las provincias orientales hay centrales que volverán a moler este año después de haber estado mucho tiempo inactivos, porque los conservaron. Y eso sí lo desveló.

En Mañalich, Nene lo recuerda perfectamente, dijeron que conservarían. Y no lo hicieron.

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Bajo la Tarea Álvaro Reynoso cerrarían sus puertas casi un centenar de ingenios en toda Cuba (Foto: Julio Batista)

El 21 de octubre de 2002 Mirza Alayón Rodríguez estaba tensa como cuerda de guitarra. Aunque conocía perfectamente cada palabra que diría esa tarde, nunca había hablado ante 10.000 espectadores. Además, el presidente cubano Fidel Castro estaría en primera fila.

Un mes antes había sido incluida en un proceso de selección, una competencia con otras 75 personas para definir quién hablaría en nombre de los azucareros en el Central Eduardo García Lavandero, en Artemisa. Mirza avanzó en la primera fase, luego quedaron quince y una semana más tarde fue la seleccionada. Tanto había practicado que sus espejuelos extraviados no le preocupaban. No necesitaba leer lo que ya sabía de memoria.

Antes de comenzar el acto Fidel se reunió con los oradores. A Mirza, contra el nerviosismo, le aconsejó no mirar al auditorio. No los mires a la cara, piensa en otra cosa y no los mires a la cara mientras hablas, recuerda Mirza que le dijo.

Minutos más tarde ella subió al escenario y recitó su discurso. Mientras lo hacía pensó en arboledas y estrellas. Como le habían instruido, no fijó la vista en nadie. Casi al terminar su intervención desobedeció y miró a Fidel directamente; afirma que en ese momento, desde la primera fila, recibió una señal de aprobación con el dedo pulgar. Al clausurar el acto, durante un extenso discurso, el mandatario cubano dedicaría un párrafo entero a Mirza. En la última oración remarcó: “Es impresionante lo que dijo, el entusiasmo con lo que dijo aquí”.

Aquella tarde la entonces Jefa de Cuadros del Central Gregorio Arleé Mañalich había jurado convertirse en maestra de azucareros, sumarse a los 4.433 trabajadores del entonces Ministerio de la Industria Azucarera (MINAZ) que se pondrían al frente de las aulas repletas de antiguos compañeros. Aquel acto era el anuncio formal de la Tarea Álvaro Reynoso.

“Hoy seguramente se convertirá en un día histórico”, fueron las palabras iniciales del presidente cubano. Así comenzó el proceso de reestructuración de la industria azucarera, durante el cual se paralizarían en los siguientes años un total de 98 centrales en todo el país. El Lavandero sería uno de ellos.

En el plano estrictamente económico –y práctico– significaba dejar solo las fábricas capaces de producir el azúcar a un costo de 4 centavos la libra, o menos. Esa fue la explicación más clara que recibieron los trabajadores reunidos aquella tarde. También la más honesta. Se trataba de supervivencia.

Por trillada, la frase inicial del discurso no dejó de tener razón. Para un país acostumbrado a las fechas históricas, ese 21 de octubre marcaba un parteaguas: en los siguientes años la producción de azúcar en Cuba descendería de 2,2 millones de toneladas en 2002, a 1,6 millones en 2016; el número de centrales activos se contrajo a poco más de un tercio de los 155 que existían en 2001; y más de 65.000 personas recibieron su salario íntegro por irse a estudiar. La decisión anunciada aquella tarde en Artemisa creó un vacío de 60.000 empleos, pero no produjo desempleados.

Los motivos para tomar semejantes medidas eran la baja productividad de los campos de caña (solo 33 toneladas cosechadas por hectárea en 2002) y la depresión del azúcar en el mercado mundial. Después se sabrían más detalles de la Tarea Álvaro Reynoso. Su receta inicial: paralizar 71 centrales en todo el país y concentrar la producción en los más eficientes, con un tope de 4 millones de toneladas de azúcar al año. Su solución al desempleo: el estudio. La gran meta: un rendimiento agrícola de 54 toneladas de caña por hectárea (T/ha) y un aprovechamiento industrial del 12 por ciento.

Para abril de 2002 el valor del azúcar había caído hasta los 5,75 centavos de dólar por libra. En el discurso de aquella tarde, el presidente cubano mostró un panorama tétrico: según los cálculos realizados por los especialistas del MINAZ, los precios no debían aumentar significativamente. “No hay ninguna base lógica para pensar que el precio vaya a remontarse y ponerse aunque fuera en 12 [centavos por libra]”, aseguró el mandatario.

Sin embargo, mientras en 2005 la producción cubana de azúcar descendía a 1,3 millones de toneladas, el rubro se estabilizó en 15 centavos. Cinco años después, durante la peor zafra del país después de 1959, tuvo su punto más alto al alcanzar los 28 centavos, según datos de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE) y la Organización de la Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO).

El 23 de septiembre de 2016 los contratos a futuro de la Bolsa de Valores de Nueva York cotizaban la libra de azúcar crudo a 22,70 centavos; mientras, en la Bolsa de Londres, se comerciaba la tonelada refinada a 592,20 dólares (27,24 centavos por libra). En 2015, la producción mundial (169,1 millones de toneladas) fue prácticamente igual al consumo (168,7), según la Organización Internacional del Azúcar (ISO, por sus siglas en inglés).

De acuerdo con la edición de 2016 de las “Perspectivas Agrícolas de la OCDE-FAO”, a partir del año 2017 y hasta 2025, el precio del azúcar sin refinar se estabilizará entre los 15 y 16 centavos por libra.

Para Cuba, un país que comercializa cerca de 500.000 toneladas anualmente en el mercado internacional –luego de asegurar 700.000 para el consumo interno y 400.000 convenidas con China–, los precios enunciados por OCDE-FAO representarían una exportación de entre 163 y 174 millones de dólares. De haberse mantenido la producción existente en el país en 2001 (3,6 millones de toneladas), las exportaciones subirían –sin muchos contratiempos– hasta los 815 millones de dólares. Solo en la venta de azúcar crudo.

Los datos ofrecidos por la Oficina Nacional de Estadística e Información (ONEI) reflejan que el valor de las exportaciones de la industria azucarera cubana han ido en descenso. Si para 2001 sumaban 550,3 millones de pesos, en 2014 bajaron hasta los 416 millones. De esta última cifra, apenas 8,2 millones provenían del azúcar.

Durante la zafra de 2014, doce años después de comenzada la Tarea Álvaro Reynoso, la productividad de los campos cubanos no superó las 40 T/ha y los rendimientos industriales no llegaron al diez por ciento. En ese año apenas se produjeron 1,6 millones de toneladas de azúcar, un volumen inferior al obtenido en el año 1910.

A pesar de las acciones ejecutadas para concretar la eficiencia, desde la molienda de 2003-2004 Cuba no ha vuelto a superar la barrera de los 2 millones de toneladas, aunque el país tiene el potencial para duplicar ese volumen. Tampoco los campos han producido lo que se esperaba. En cifras globales, la Tarea Álvaro Reynoso no consiguió sus objetivos. En su defecto, el país redujo casi a la mitad su capacidad productiva.

Después de 2004, en Mañalich solo se exprime caña en una guarapera (Foto: Julio Batista)

En el libro La agroindustria cañera cubana: transformaciones recientes, el director del Centro de Investigaciones de la Economía Internacional (CIEI) de la Universidad de La Habana, Dr. Lázaro Peña Castellanos, explica que Cuba no participó en las transformaciones tecnológicas que implementaron los principales productores a nivel mundial para “poder hacer frente a las exigencias competitivas cada vez más severas”. Por el contrario, en la Isla “se implementó una estrategia que en pocos años sacó prácticamente del mercado al dulce cubano. En realidad, el intríngulis negativo de la Tarea Álvaro Reynoso estuvo en la renuncia a asumir un proceso inversionista capaz de mantener a la agroindustria al nivel competitivo mundial”, asegura el especialista.

De la misma opinión es el Dr. Ricardo Torres Pérez, investigador del Centro de Estudios de la Economía Cubana, quien explica que uno de los factores de la ineficiencia de la industria residía en su notable descapitalización. Ello fue el resultado de emplear en otros sectores de la economía las inversiones que precisaba la industria azucarera para su modernización.

Por otro lado, esta rama estuvo cerrada al capital extranjero por 53 años tras las nacionalizaciones de 1960. No fue hasta 2013 que la empresa brasileña Odebrecht, a través de su subsidiaria Compañía de Obras en Infraestructura (COI), firmó un contrato que le otorgó por 13 años la gerencia y operación del ingenio cienfueguero Cinco de Septiembre. Hasta el momento, ese es el único acuerdo de su tipo en el sector azucarero.

En sentido general, ambos economistas coinciden en que el redimensionamiento de la industria azucarera era una necesidad económica, condicionada por una realidad: la cifra de 155 centrales –tecnológicamente atrasados y poco competitivos con los precios del mercado internacional– era insostenible para el país.

Eso sí, al desmantelar más del 65 por ciento del sector se eliminó la rama industrial mejor distribuida de Cuba y la mayor fuente de empleo en la nación. Lo peor, explica Torres Pérez, es que en muchos casos no se crearon los sustitutos para los empleos y servicios que generaban los centrales a las comunidades donde estaban enclavados. Tampoco hubo, en su opinión, una estrategia definida, o bien aplicada, en la diversificación del sector.

En 2011 surgiría el Grupo Azucarero AZCUBA, sustituto del MINAZ y subordinado al Consejo de Estado. La nueva institución heredaría un total de 57 centrales, 700 unidades agrícolas y una deprimida producción de 1,2 millones de toneladas. Eran los restos de lo que había sido, por tres siglos, el motor económico de Cuba.

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Doce años después de su cierre, las ruinas del Central son los restos de un cadáver insepulto (Foto: Julio Batista)

Dos años después de iniciarse la Tarea Álvaro Reynoso, en Cuba se seguían paralizando centrales y al Gregorio Arleé Mañalich, con 140 zafras en su hoja de servicios, le llegaría su turno el 14 de mayo de 2004.

Ese viernes, cuando el pito sonó por última vez, aproximadamente a las cinco de la tarde, sus trabajadores salieron a festejar por todo el pueblo: habían sobrecumplido. Aquella caravana de gente feliz, con banderas y cláxones estrepitosos, funcionó como despedida. Era, sin saberlo, el entierro de una época, el fin de la vida que hasta entonces conocían. Desde ese momento el Mañalich entraba en la lista de las Fábricas Paralizadas.

En aquella molienda sus campos de caña solo alcanzaron las 32,4 T/ha y el rendimiento industrial apenas llegó al 9,56 por ciento. En ambos renglones el Mañalich estaba por debajo de la media para un país ineficiente. Tanto así que, para poder completar el último plan de azúcar –fijado en 23.788 toneladas–, fue necesario traer unas 35.600 toneladas de caña extra desde territorios cercanos.

De nada sirvió que, entre todos los centrales ubicados hoy en Mayabeque, el Mañalich contara con una fuerza de trabajadores estable y altamente calificada, ni que tuviera las mejores condiciones de comunicación por vía férrea con los puertos de Matanzas y Mariel, y por carretera con La Habana. Tampoco que el potencial de molida diaria fuera superior al de otros centrales como el Boris Luis Santa Coloma o el Manuel Fajardo. Ni que los campos circundantes, aun siendo ineficientes, produjeran el 70 por ciento de la caña que necesitaba el ingenio. Ni siquiera que, en el mismo 2004, una inversión de 6,7 millones de pesos instalara una nueva caldera de 45 toneladas y un turbogenerador capaz de producir 6 megawatt por hora.

En 2003-2004 faltó caña y, al final de la contienda azucarera, la cruzada del MINAZ contra la ineficiencia cerraría el lugar. La segunda chimenea del Central, construida desde 1983 y a la espera de aquella caldera por 21 años, no tendría una segunda zafra. Cuando paralizaron el ingenio había funcionado apenas por 40 días.

Fueron necesarias tres asambleas para explicar el cierre del ingenio: una con los militantes del Partido, otra con todos los trabajadores y una última abierta al pueblo. En todas, la explicación fue la misma: al Mañalich lo cerraba el campo, no la industria. “No han sido capaces de tener su propia caña”, Mirza Alayón recuerda, como si la llevase quemada en la piel, aquella frase dicha en la reunión del 11 de junio de 2005 por Ulises Rosales del Toro, entonces titular del MINAZ.

Casi todos los entrevistados repiten lo mismo: nunca se les dijo que el central sería desmantelado. La gran mayoría entendió –o les hicieron entender– que el cierre sería temporal. Doce años después resulta imposible asegurar, con exactitud, qué se les dijo. Sería –cuando mucho– la palabra de un pueblo dolido contra la de quienes decidieron por ellos.

Luis Alberto Pérez es Soldador A, tiene 65 años y trabajó en el Mañalich desde 1967 hasta su paralización. En 2004 y con 53 años en sus espaldas decidió que no era tiempo de estudiar, para él la Tarea Álvaro Reynoso significó irse lejos de casa: tres zafras en el Manuel Fajardo y después al Boris Luis Santa Coloma, que no tenía fuerza de trabajo calificada. Cuando habla del cierre del ingenio, Nene –como todos lo conocen– la palabra que más repite es engaño.

A la mentira le puso rostro, el de Ulises Rosales. “Ese hombre nos engañó”. Lo dice sin edulcorantes. Dice, también, que el entonces ministro reunió a todos los trabajadores en el Instituto Politécnico del batey y les aseguró que cerrarían un año para recuperación cañera, que debían conservar todo, que no se podía tocar ni sacar nada del ingenio.

Esa versión coincide con la de Mirza Alayón (Jefa de Cuadros), Lázaro Alfonso (Subdirector Económico), Eddy Rojas (mecánico) y Roberto Sánchez (Jefe de Planta Eléctrica). A todos les hicieron creer que el tiempo muerto dependería solo de la producción agrícola.

Sin embargo, para Juan Carlos Rivero –entonces subdirector de Inversión y Construcciones– y otros directivos del Central la explicación fue distinta. Ellos estuvieron presentes cuando se decidió el cierre definitivo. Juan Carlos, antes de irse a dirigir el Boris Luis Santa Coloma a finales de la zafra de 2004, ya sabía, ya le habían informado que el Central no volvería a moler.

En aquellas reuniones con Ulises Rosales del Toro, el Mañalich dejó de ser un Complejo Agroindustrial y pasó a la categoría de Fábrica Paralizada. Para conservar el lugar quedó una brigada de trabajo a tiempo completo. Pero, antes del primer año, comenzaron a llegar las cartas. Eran la antesala del canibalismo.

En los inicios eran documentos redactados sobre un modelo oficial en el cual solo cambiaban el nombre de las piezas que se extraerían, el destinatario y la fecha. Todas llevaban la firma de Ulises Rosales del Toro, únicamente el ministro podía autorizar cada extracción. Después la responsabilidad se delegaría al Departamento de Industria del MINAZ y las cartas llegarían mucho más a menudo.

Durante 2005 y 2006 las piezas salieron en calidad de préstamos. Ese fue otro eufemismo, otra promesa. El préstamo ofrece la sensación de retorno, y el retorno la posibilidad de que, con suficiente caña en sus campos, el Central echaría a andar.

En el Mañalich no hubo una orden expresa de desmantelar. Tampoco la intención de conservar la industria.

La maquinaria que no necesitaron se ha convertido en chatarra oxidada (Foto: Julio Batista)

Eddy Reyes tiene 64 años y espera la edad de jubilación en el Boris Luis Santa Coloma. Él fue uno de los que participó en la rapiña. Contra su voluntad. Llave en mano, desmembró las instalaciones que había hecho antes: arrancó tuberías, chapas, válvulas y bombas. Eddy es mecánico desde hace 43 años y sabe que una válvula es apenas una pieza, una de las que ha ajustado y zafado miles de veces. Pero, con cada pieza que arrancaba, iba desmantelando, de a poco, 31 años de su vida.

Juan Carlos estuvo al frente de la Fábrica Paralizada por dos años. Él fue uno de los que recibió las cartas redactadas en modelos oficiales. “En ese momento el país no tenía dinero para comprar insumos, ni piezas de repuesto para los centrales que sí estaban funcionando. No comparto la decisión, pero entiendo por qué se hizo”, asegura.

Ya para 2008 la gente del batey había asumido que el Mañalich nunca volvería a ser una industria. En enero de 2017 el sitio es una mezcolanza de ruinas y óxido, un cementerio con los hierros que nadie necesitó, o que nadie quiso arrancar de allí.

En 2015 la Unidad Empresarial Básica de Atención a Productores Agropecuarios (UEB-APA) Gregorio A. Mañalich promedió más de 56,9 T/ha y cosechó 259.623 toneladas de caña, asegura Félix Jesús Aponte, el último de los directores de Producción de Caña que tuvo el Central.

Para cumplir el último plan de producción asignado en 2003, el ingenio necesitó 251.367 toneladas. Para ser rentable, afirma Lázaro Alfonso –subdirector económico del Mañalich entre 1995 y 2005–, solo requería 211.000, aproximadamente. Esas cifras solo sirven para cuestionar decisiones ya irreversibles.

Fuente: Elaboración propia a partir del Anuario Estadístico de Cuba 2015, información de la Sala de Análisis Nacional de AZCUBA y registros de producción de la UEB-APA Gregorio A. Mañalich.

Fuente: Elaboración propia a partir del Anuario Estadístico de Cuba 2015, información de la Sala de Análisis Nacional de AZCUBA y registros de producción de la UEB-APA Gregorio A. Mañalich.

Sin embargo, los tres ingenios activos en la provincia han molido poco. Desde hace tres años, en Mayabeque ha quedado caña en pie. Si en 2004 al territorio le faltaba la materia prima, ahora lo que no tiene es dónde molerla.

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El viejo apeadero del batey ya vio pasar sus mejores tiempos (Foto: Julio Batista Rodríguez)

El viejo apeadero del batey ya vio pasar sus mejores tiempos (Foto: Julio Batista)

El legado directo de cerrar un centenar de ingenios azucareros a lo largo de toda Cuba ha sido una cifra similar de comunidades despintadas por el abandono y esparcidas en medio de los campos cubanos, que es como decir en medio de la nada; comunidades con ingenieros y mecánicos que, de un día a otro, no tuvieron fábricas que operar o reparar. La peor cara de la Tarea Álvaro Reynoso son las descoloridas imágenes del Central Luis Arcos Bergner, el Osvaldo Sánchez o el Camilo Cienfuegos.

Nunca sabremos si durante el maratónico discurso del 21 de octubre de 2002, en el cual repasó la esclavitud, las guerras mambisas, las luchas sindicales, la historia del azúcar en Cuba, las relaciones comerciales con el campo socialista de Europa del Este, el número de estudiantes de educación primaria en cada aula, la calidad de enseñanza universitaria, la cantidad de escuelas construidas en La Habana y el porciento de asistencia a las urnas en 2002 en Artemisa, el presidente cubano se fijó en las caras de quienes lo escuchaban. Si, mientras informaba que 60.000 azucareros verían cerrar sus fábricas, olvidó el consejo que diera a Mirza Alayón y miró a los hombres a quienes la noticia les cambiaba la vida.

Tampoco sabremos si lo hizo cuando aseguró que, en los centrales azucareros que habían dejado de moler cinco años antes, todo marchaba bien. “En nuestro país no ha sido una tragedia tener 50 centrales sin funcionar en el año 2002. Ningún trabajador quedó sin su protección, sus ingresos, no le faltó nada. Nuestro Estado socialista podía parar 45 centrales, sin que se enterara nadie; al contrario, en los centrales azucareros mejoraron muchas cosas, han ido construyendo viviendas, han ido mejorando la alimentación de los trabajadores, han ido haciendo hasta actividades de tipo cultural”. Eso, exactamente, les dijo.

En 2002 esas palabras pronunciadas por Fidel Castro ante 10.000 trabajadores en el central Lavandero representaban un asidero. Representaban, si se quiere, un punto de referencia para mirar al futuro; una meta que, aseguraba el presidente del país, ya habían alcanzado otros.

Dos años después de aquel discurso, el Consejo Popular Gregorio Arleé Mañalich aprendería que, cuando un central cierra para siempre, “muchas cosas” cambian. Pero casi nunca lo hacen para mejor.

Si se quiere entender qué representaba la fábrica para su gente, sepamos esto: en la zona norte de Melena del Sur primero hubo central en 1863 y solo después vendría el batey Bayate. Fundado en 1879 con 62 casas y cerca de 150 habitantes, el lugar creció a la sombra del azúcar hasta convertirse en el segundo núcleo urbano del territorio.

Ingenio mediante, allí se edificarían una biblioteca y una escuela pública; el Club Mercedita para los trabajadores; una capilla con capacidad para 100 personas (devuelta a la comunidad católica del asentamiento en 2013); un club social para celebrar bailes de salón, grandes cenas y proyectar películas; un terreno de béisbol; la estación de ferrocarriles más importante del municipio y un Instituto Politécnico que abastecería de mano de obra calificada a la industria. Por más datos, en el batey surgió Cúspide (1937-1939), única revista literaria emitida por un ingenio azucarero antes de 1959 y donde publicaron Dora Alonso, Emilio Ballagas, Josefina García Marruz, José Lezama Lima, Enrique Serpa, José Soler Puig y Cintio Vitier.

De todo lo antes dicho, en 2017 solo escapan a la lista de ruinas el círculo social y el viejo apeadero del tren, ambos destartalados y con poco uso; la capilla, muy alejada de su antiguo esplendor; la biblioteca, convertida en vivienda; y la edificación del Politécnico, transformada en centro escolar mixto de enseñanza primaria, secundaria y técnica.

El Central y el pueblo se detuvieron al unísono. Muerta la industria, el polvo creó una espesa capa de inmovilidad sobre el caserío. Después de 2004 la Tarea Álvaro Reynoso sumió al Mañalich y a su gente en un tiempo muerto que dura ya doce años.

Fábricas de silencio

Desde entonces, de las “muchas cosas” solo han mejorado la cantidad de tierras sembradas de caña, que en 2016 sumaban 9.154 hectáreas (extensión equivalente al 40 por ciento del territorio municipal), y el rendimiento agrícola de las mismas.

Cuando cerró el Central, o mejor, cuando comenzaron a destrozarlo de a poco, también dejaron de asfaltar regularmente la carretera y los servicios decayeron.

La fonda, habitualmente con sus tablillas repletas en los tiempos de zafra, ha pasado a ser casi un dispensario de rones nacionales y cigarros. Los rieles del patio de ferrocarriles, con capacidad para 300 carros de caña, fueron arrancados. Las actividades culturales se espaciaron hasta que la Casa del Azucarero quedó prácticamente en desuso. El transporte se redujo notablemente y ahora la manera más estable de llegar allí son los coches de caballo que enlazan al Central con Melena del Sur.

El abastecimiento de productos, los servicios médicos y de comunales tampoco se beneficiaron. El antiguo puesto de viandas del batey está en manos particulares desde hace más de dos años.

Sin trabajo en el pueblo y con demasiados años para comenzar a estudiar, hombres como Nene, Eddy o Roberto tuvieron que irse a otros centrales. Ellos también fueron piezas de recambio. Sin más futuro que los campos de caña y la incomunicación, muchos jóvenes del batey también se fueron, definitivamente.

Nirialis Oto halló una solución intermedia: cambió su trabajo en los laboratorios de azúcar por el de cajera en el banco. Y no fue la única. Pero donde dice cajera, léase también tendero, maestra, contador, agricultor…

Como paliativo, en el batey crearon la Fábrica de Pastas Alimenticias Gregorio Arleé Mañalich, donde recaló inicialmente el 50 por ciento de la fuerza de trabajo femenina del Central paralizado, asegura Mirza Alayón. Llamarla fábrica es forzar la imaginación. Con una producción que no abastece de fideos al municipio, los retazos del ingenio –al fondo de la nueva instalación– resultan mucho más imponentes.

La construyeron justo a la entrada del viejo Central y en sus jardines sembraron árboles frutales. Pareciera que la instalación fue pensada como cortina, como una manera de esconder el pantagruélico cadáver. La gente del pueblo, acostumbrada al ajetreo de la zafra, nunca ha conseguido hacer otra cosa que mirar el sitio con escepticismo y dolor. La productora de pastas alimenticias, desde su fundación, solo ha sido para ellos un símbolo de lo que perdieron.

Hasta las ruinas casi no va nadie. Cual si fueran restos putrefactos, la gente evita pasar cerca o mirar. Bernardo “Pucho” Nuevo Guerra, a sus 84 años, es uno de ellos.

Pucho –en los bateyes casi todos tienen un apodo que les sustituye el nombre– ha circunscrito su vida y su familia al ingenio. En 1949, cuando aún no cumplía 17 años, dijo tener diecinueve y medio para trabajar. Por el Central tiene dos cumpleaños, dos edades y una vida. Allí se jubiló en 1998. Aunque vive todavía en el batey, jamás ha vuelto. Tras el retiro trazó una frontera que nunca ha traspasado. Le oprime el pecho ver lo que ha quedado del ingenio Mercedita. Cuando lo explica, uno nota que Pucho habla de un dolor físico.

Mirza Alayón tampoco mira el Central. Para ella, que vive en lo que antes fuera el hogar de los propietarios, es más complejo. No querer verlo es un ejercicio de rigurosa disciplina: la puerta de su casa apunta, directamente, al sitio donde antes hubo una industria.

A Lázaro Alfonso el Central se le convirtió en obsesión. Una obsesión triste que lo ha llevado a reconstruir la historia de un batey. A estas alturas no está muy seguro de que todo tiempo futuro, necesariamente, tenga que ser mejor. Con 58 años, Lázaro espera que las “muchas cosas” cambien para mejor. Para él, eso solo significa que el Mañalich vuelva a moler caña. A Lázaro le queda algo de tiempo para esperar milagros.

Pero Nene terminó en 2016. A finales de noviembre el Boris Luis Santa Coloma arrancó la zafra, como siempre lo hace. Antes, Nene hizo las reparaciones necesarias y se fue de allí. Cuarenta y nueve zafras entre los hierros de los centrales le permitieron decir basta y enterrarse en Mañalich con más de 2.000 pesos de chequera. Regresó a las ruinas del sitio donde comenzó a trabajar y donde también trabajó su padre. A estas alturas ya no le importa si el país cumple la zafra, pero sabe que en Oriente hay ingenios que han vuelto a moler porque los conservaron.

Este Nene —negro, bajito, con pocos dientes y voz clara— no es un hombre rencoroso, pero no perdonará nunca que le mintieran en tres reuniones. La sensación de haber sido engañado lo carcome desde hace una década.

Nene, a sus 65 años y siendo soldador A, se retira no porque le falten fuerzas. Lo hace porque está amargado.

7 Comments

  1. Ernesto

    9 Enero, 2017 at 8:33 pm

    Desindustrialización planificada…

  2. Efren V. Alfonso

    10 Enero, 2017 at 7:25 pm

    Sencillamente genial el arículo. Es evidencia de las erradas decisiones para “resolver” problemas a corto plazo que se han tomado en nuestra isla. Sin hablar de los “pronósticos” de los especialistas de que el precio no subiría en un corto tiempo sin embarco en 3 años el costo del azúcar se había triplicado. Resultado final: ingenios desmantelados y una producción azucarera por el piso. Gracias Julito por tu trabajo, un abrazo

  3. yamill

    11 Enero, 2017 at 5:25 am

    Julio Batista, excelente tu artículo, muy objetivo, con estadisticas , testimonios, fotos y datos.Estoy de acuerdo en que los centrales azucareros en Cuba son mucho más que una fábrica de edulcorantes y derivados, son parte de nuestra historia, de la cultura de sus bateyes, centro de tradiciones, y la vida de miles de técnico, profesionales y obreros que trabajaron ene se sector.Gracias por tu arículo, esperemos tiempos mejores. Un abrazo, desde Rumanía, YAmill

  4. Juan

    11 Enero, 2017 at 9:43 pm

    Excelente investigación periodística, muy objetiva, bien documentada, amena lectura… revela sin extremos la cruda realidad, la secuencia acciones y omisiones que desmembraron poco a poco la industria azucarera, destruyeron la base económica de muchos trabajadores, sus familias y sus poblados. Eso si, faltaría una segunda parte donde algún periodista investigue y saque a la luz a los responsables de esta historia de involución…

  5. Felo

    12 Enero, 2017 at 10:22 pm

    Muy buen artículo, gracias al periodista. Cuando era niño rrecuerdo cómo se nos decía una y otra vez que Cuba era la azucarera del mundo. Después de ocupar uno de los iprimeros lugares en la producción de azúcar ha caído vertiginosamente y hoy otros países dentro de la propia América Latina, que nunca le llegaron ni a la suela del zapato, la han sustituído en el mercado. Toda la tradición y el conocimiento acumulado por los trabajadores de esa industria se ha visto afectado y ni hablar de las consecuencias sociales, reveladas en este artículo. Es solo una muestra más de c{omo el país ha sido destruido en forma metódica y perversa por quienes no les interesanotra cosa que perpetuarse en el pder anque sea a costa de hundir la isla con sus habitantes dentro.

  6. Tiburon

    18 Enero, 2017 at 1:38 am

    Se me salieron las lagrimas leyendo esta cronica , mi padre trabajo 30 años como ingeniero agronomo en el Minaz de Villa Clara y todo lo que se cuenta aqui es 100% verdad , que dolor , que clase dolor el de mi padre que vivia trabajando dia y noche en el Minaz y sufrio esto como si se le muriera un hijo, algun dia se sabra la verdad y saldra a la luz que estos degenerados siempre tuvieron un unico plan , el plan de destruir a Cuba totalmente.

  7. Guillermo Avellaneda

    18 Marzo, 2017 at 3:20 pm

    Extraordinario artículo. Muy bien documentado y magnificamente expuesto. Felicitaciones mi querido Julio. Desde Colombia solo puedo decir que no se necesitan imágenes para desarrollar mentalmente la película trágica del Azúcar. Ese don periodístico que tienes, debes seguir cultivándolo. Qué maravilla. La capacidad de escribir brillantemente es producto de tu formación y porqué no, de la herencia literaria de tus abuelos. Sigue adelante. Tienes la mejor arma para mejorar el mundo: escribir con la verdad.

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Reestructuración de la industria azucarera