Playa Rosario: memorias de un fiasco

En 2005 se demolió un centenar de viviendas en Playa Rosario. En 2017, muchas familias permanecen todavía en albergues “temporales”.

La electricidad y el asfalto llegaron en 1944, y con ello también llegaron las tiendas, las casas de veraneo, los kioscos y las capillas. Para la mayoría de su gente, no hubo otra vida que la playa, el carbón y la pesca. Se trataba de una vida en la que eran felices y a la que muchos regresarían sin pensarlo demasiado.

Pero ya no hay nada a lo que volver, salvo escombros.

Fragmentos de suelo, mosaico, vidrio, plástico, tejas, corales calcinados por el sol, raíces de mangle secas, caracoles vacíos.

Silencio.

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Su ubicación en la costa sur de Mayabeque, una zona baja, fangosa y proclive a inundaciones frecuentes, hizo de Playa Rosario una plaza indefendible ante el empuje de las olas. Entre tres y cuatro veces por año los playeros recogían sus bártulos más importantes y se marchaban del sitio. Al regresar, descubrían invariablemente que algo habían perdido. Con esas pérdidas aprendieron a lidiar, por generaciones, y continuaron apostando por una vida pegada al mar.

Los gobiernos municipales de Güines no sentían el mismo apego por la playa, ni estaban dispuestos a mantener indefinidamente ese ritmo de vida. Año tras año, las continuas evacuaciones de todo el pueblo ocasionaban gastos del presupuesto municipal y hacían saltar las alarmas de la Defensa Civil.

En 2004, un año antes de que desapareciera el poblado, sus habitantes tuvieron que ser evacuados en siete oportunidades. Ya no eran solo los huracanes. Las inundaciones provocadas por cualquier viento fuerte del sur (surazos) los obligaban a salir de allí.

Según datos ofrecidos por el Macroproyecto Peligros y Vulnerabilidad Costera (2050-2100), y confirmados con el Dr. Frank Ernesto Ortega, especialista del Centro de Meteorología Marina del Instituto Nacional de Meteorología, el progresivo aumento del nivel del mar ocasionará un retroceso notable de la línea costera en esa zona.

Específicamente en Playa Rosario, para el año 2050 dicho retroceso podría ser superior a los 250 metros tierra adentro. El caserío apenas alcanzaba los 50 metros de ancho a inicios de este siglo, por lo que, de mantenerse la predicción realizada por los especialistas, eventualmente quedaría bajo el agua. En enero de 2017, las olas rompen donde antes estaban las casas.

Los primeros intentos de retirar a la población lejos de la línea costera se realizaron hace cuarenta años. A finales de los 70 se planificó la reubicación de los playeros en El Bizarrón, un poblado rural a pocos minutos de la cabecera municipal. El ensayo terminó en fracaso notorio. Al poco tiempo de trasladarse hasta el nuevo asentamiento, los playeros más viejos, sin adaptarse, regresaron a la costa. A ellos se unirían inmigrantes de otras zonas de Cuba.

Como resultado más notable de aquella primera mudanza, Playa Rosario perdió el estatus de núcleo urbano asignado por el Censo de Población y Vivienda de 1970. A partir del siguiente acto censal de 1981 y hasta su destrucción, el caserío aparecería como asentamiento rural, debido, esencialmente, a la reducción del número de habitantes, según reza en el Proyecto de Colaboración Reubicación de la Población de Playa Rosario (2004), de la Asamblea Provincial de Poder Popular (APPP) de la desaparecida provincia La Habana.

En 1999, la administración pública dejó de destinar presupuesto para el periodo vacacional en la única playa de Güines. Desde entonces, no se volvería a incluir en los planes de veraneo del municipio. Comenzaba así un cerco económico con el único objetivo de rendir a Playa Rosario. Sin embargo, la economía informal sustentada en la pesca floreció y, al momento de desaparecer el poblado, de 233 personas en edad laboral solo 22 eran empleados estatales. La argumentación del proyecto presentado en 2004 reconoció que, cinco años después de aquella medida y “aunque no se le asigna presupuesto para su acondicionamiento, [la playa] se utiliza por la población del municipio como zona de recreación”. Playa Rosario y su gente resistían las presiones.

En esa etapa, la infraestructura dejó de recibir reparaciones. El círculo social y la escuela primaria del pueblito, dañados por los meteoros, no fueron reconstruidos. En cambio, se decidió que los niños recibieran las clases en el centro educacional de Juan Borrell, hasta donde eran movidos diariamente por un transporte escolar.

A inicios de los 2000, la posibilidad de reubicar el pueblo tierra adentro volvió a ganar fuerza, enunciada en el proyecto de la UNESCO dedicado a la Evaluación Socio-económica Ambiental y Manejo de la Zona Sur de la Provincia La Habana, Cuba. Pero concretamente nada se consiguió entonces.

A pesar de que el proyecto presentado por la APPP en 2004 enarboló “el compromiso total de la población a trasladarse al nuevo asentamiento” (2004), la mayoría de los pobladores no estaba de acuerdo con abandonar la costa. Además, casi ningún playero se acuerda de “las reuniones y contactos” relatados por la evaluación de la UNESCO en septiembre de 2001 y que, supuestamente, allanaron el terreno para que la población se viera “totalmente envuelta en la decisión de re-localizarse tierra adentro”.

Dora Caridad González (Lolo), quien fuera la delegada de la Circunscripción por 39 años, sí las recuerda. Pero recuerda también que, “en su mayoría, la gente estuvo en contra de la reubicación”.

Dora Caridad (Lolo), de 78 años, vivió casi medio siglo en Playa Rosario (Foto: Julio Batista)

Dora Caridad (Lolo), de 78 años, vivió casi medio siglo en Playa Rosario (Foto: Julio Batista)

El 22 de octubre de 2005, Secundino Lobo, como de costumbre, se quedó al frente de los nueve vecinos que no abandonaban el pueblo durante las evacuaciones. Desde que llegó allí, en 1983, sus funciones como Jefe del Grupo de Evacuación lo ataban a la playa en los peores momentos. Narra que entre las 6 y las 7 de la noche de aquel sábado fue el peor momento del Wilma para la costa sur habanera.

A la mañana siguiente, se vieron los daños. Playa Rosario era entonces un caserío con 117 viviendas, de las que el 43 por ciento tenía cubierta de fibrocemento, el 38 por ciento era de paredes de madera y el 8 por ciento tenía techo de guano. Lobo recuerda que no llegaban a 20 las casas “buenas”.

Con el Wilma, se cayeron los bajareques. “Pero sí quedaron muchas casas en pie”, dice mirando a Lolo. “Tú lo sabes. Lo que pasó fue que el Gobierno y el Partido de Güines siempre quisieron demoler la playa”. Y Wilma, sin tocar tierra en Cuba, les dio la excusa.

Las viviendas que habían sobrevivido al desastre fueron derribadas con bulldozers. “Enseguida, la Empresa Eléctrica quitó los cables y solo dejó corriente en el cuartel de Tropas Guardafronteras”, cuenta Lobo. Sin pobladores, desapareció el transporte público y la playa se convirtió en zona muerta.

El desmantelamiento fue fulminante. Las autoridades güineras habían aprendido la lección de los años 70.

El viejo cuartel es el único edificio que sobrevivió a la demolición (Foto: Julio Batista)

El viejo cuartel es el único edificio que sobrevivió a la demolición (Foto: Julio Batista)

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Inicialmente, el Proyecto de 2004 propuso la construcción de 100 viviendas para los playeros en el asentamiento Juan Borrell, a siete kilómetros de la costa. Pero luego se decantó por edificar el nuevo reparto en los alrededores del antiguo central azucarero Osvaldo Sánchez, un poblado más cercano a la cabecera municipal.

El cronograma de trabajo, calculado para dos años, ubicaba el “reasentamiento progresivo” y “derribo progresivo de las viviendas en Playa Rosario” en el tercer y cuarto semestres de las obras. O lo que es lo mismo, primero se construirían las casas y, tras la mudanza de los vecinos, se derribarían sus viviendas en la costa. Pero la decisión de arrasar Playa Rosario, adoptada en octubre de 2005, contradijo todo el plan trazado por la APPP unos meses antes.

Ese fue, quizá, el error más costoso para la legitimidad y el respaldo popular del proyecto, y el que envió a 108 familias –casi 400 personas– a los albergues.

Una vez destruido el pueblo, la construcción de las nuevas casas no comenzó de inmediato. El avance ha sido lento desde sus inicios, como se evidencia en las firmas de documentos que guarda María Caridad González, jefa del Departamento de Colaboración del Consejo de la Administración Municipal de Güines.

No fue hasta el 27 de septiembre de 2005 que el Proyecto –redactado en 2004– recibió el aval de la Delegación Provincial del Ministerio de la Inversión Extranjera y la Cooperación Económica (MINVEC). El 25 de octubre, tres días después del Wilma, también lo avalaría el teniente coronel Manuel Álvarez Campos, segundo jefe de la Dirección Ingeniera del Ministerio de las Fuerzas Armadas Revolucionarias en la provincia. Luego, el 1ro. de marzo de 2006, sería aprobado por Noelys Borrero, vicepresidente del Instituto Nacional de Vivienda.

Un año y diez meses más tarde, el 30 de diciembre de 2007, fueron suscritos los Términos de Referencia entre las contrapartes cubanas –Dirección Provincial Inversionista de la Vivienda, la APPP de La Habana y el MINVEC– y OARSOALDEA S.A. en representación del País Vasco, como donante extranjero. Con un presupuesto de 524.583,42 euros y 939.850,00 pesos, se pactó la construcción de 100 viviendas en un plazo de 12 meses a partir de la rúbrica.

Finalmente, el 1ro. de abril de 2008, el contingente de la construcción Blas Roca comenzó las obras del nuevo reparto. Al menos eso se lee a la entrada del lugar. Para entonces, los playeros llevaban dos años y medio en albergues. En todo ese tiempo, ningún otro ciclón había perturbado seriamente las aguas de la costa sur habanera.

En octubre de 2008, la APPP y la Delegación del MINVEC en el territorio avalaron un aumento de 1.227.000 pesos en el presupuesto inicial, el cual sería asumido por la contraparte cubana.

Tras iniciarse las obras, el avance en la construcción no cumplió con los plazos de entrega previstos. El 20 de abril de 2011, se firmó una prórroga que extendió la construcción por un año. El 3 de mayo de 2012, una nueva extensión alargaba hasta diciembre de ese año el proyecto con el fin de “garantizar su terminación en un segundo ciclo”.

Las edificaciones del nuevo reparto son biplantas de tipología Sandino, agrupados en bloques de cuatro apartamentos. Todos pintados de azul claro y blanco, con paredes de canto y cubierta rígida de poliespuma. El proyecto incluye la urbanización del lugar, luminarias y un parque.

Aunque se pactó para 12 meses, la construcción ha demorado casi nueve años, y aún restan por concluir 36 casas (Foto: Julio Batista)

Aunque se pactó para 12 meses, la construcción ha demorado casi nueve años, y aún restan por concluir 36 casas (Foto: Julio Batista)

Los primeros 24 apartamentos fueron entregados en 2012 a los albergados. La segunda ronda incluyó otros 36 en marzo de 2016. El 18 de enero de 2017, cuatro casas ya están finalizadas y aún restan por construir 36.

La mayor parte de la mano de obra que labora allí está constituida por reclusos, o internos, como prefieren llamarlos las autoridades cubanas. Actualmente, hay 24 de ellos trabajando en el nuevo reparto. “Así es más lento, porque tenemos que enseñarlos antes de que se pongan a trabajar, y los cambian con frecuencia”, dice Carlos González Aldama, Jefe de Obra de la Brigada 56 del Contingente Blas Roca, que desde hace poco menos de dos años se hizo cargo de los trabajos. “Cada vez que llega un grupo nuevo hay que empezar desde cero”.

Según Carlos, la inestabilidad en la llegada de los materiales ha sido otro de los grandes problemas. Esto condicionó que solo se finalizaran cuatro viviendas en 2016, lejos de los 16 apartamentos que podrían terminarse cada año, como promedio, si el flujo de materiales fuera constante.

María Caridad González, quien también es miembro del Comité de Compra de recursos para la construcción del reparto, explica que a veces “hay renglones que no se encuentran a la hora de comprarlos, o que se venden en sitios donde no podemos adquirirlos nosotros”. En este punto, la burocracia comercial hace inservible el financiamiento. Respecto al “pequeño retraso constructivo de 2016”, ella asegura que están tratando de erradicarlo al mismo tiempo que ejecutan lo planificado para 2017.

La aspiración de revertir la lentitud de 2016 implica que la Brigada 56 tendría que completar 20 viviendas, en lugar de las 12 previstas. Una meta poco realista si tenemos en cuenta que el ritmo de trabajo, desde que iniciaron las obras, ha sido de ocho apartamentos por año.

Olga Lidia Capote, inversionista principal a pie de obra desde 2014, explica que para este año tienen como plan finalizar 12 apartamentos por un valor total de 1.214.000 pesos. De concretarse y mantener ese ritmo, las viviendas que faltan podrían estar listas a finales de 2019. María Caridad González, por otro lado, cree que “podría finalizarse el proyecto completo en 2018”, pero solo sería posible si se diera un intensivo con mano de obra calificada. Algo que, hasta ahora, no se ha anunciado.

Los problemas, sin embargo, no se limitan a la demora en la entrega de las viviendas. Desde 2012 fue evidente que los detalles no eran el fuerte del Blas Roca: la carpintería de las casas era deficiente, hecha de madera verde que, al secar, perdía sus líneas rectas, desajustando ventanas y puertas de sus marcos.

Dilsia Edreida Alarcón vive en el primer bloque de casas entregadas y recuerda todo el asunto. “Era un desastre, nada cerraba bien, las puertas estaban fuera de escuadra”. Cuando la inspección de OARSOALDEA S.A. visitó el lugar, detonó la discusión. Al parecer, los representantes del Gobierno vasco no estaban contentos con la chapuza y autorizaron la entrega de más dinero para sustituir la carpintería exterior de todas las viviendas por aluminio. Esta fue la última de las inversiones vascas en la obra. Pero no la última metedura de pata en el nuevo reparto.

De los nueve bloques de apartamentos entregados en 2016, tres ya están en restauración. Grietas, filtraciones, techos de los cuales se desprenden pedazos, y hasta la historia de una señora a quien le cayó el techo de la terraza encima, aderezan las conversaciones entre vecinos. Evidentemente, los descuidos del Blas Roca en el nuevo reparto no se agotan en los detalles.

Aun con tales deficiencias, para muchos de los vecinos la mejora en sus casas ha sido notable. Pero han pagado un alto precio por ella. Algunos, incluso, cambiarían sus apartamentos allí por una cabaña en la playa. Entre esos está Raúl Montero (Cuqui). Para él, a los 55 años, vivir en Osvaldo Sánchez ha sido un castigo.

Cuqui no tiene nada en contra del central, bastante que trabajó allí en las zafras como maquinista de una vieja locomotora. Pero este siglo vino a transfigurarle la vida. En 2005, tuvo que “irse” de la playa y dejó atrás la lancha particular con la que siempre pescó, y en esa misma etapa murió el central Osvaldo Sánchez.

En 2017, Cuqui no tiene pesca ni zafra. Vendió la lancha y cerró su contrato con la empresa Acuabana, porque eran más los gastos en impuestos y transporte que lo que ganaba en el mar. Tras el desmantelamiento del central, sus funciones como maquinista tampoco fueron necesarias. Hoy es Jefe de Brigada de Vías y Obras en la empresa de ferrocarriles. Su trabajo: reparar vías férreas.

Desde que se mudó al nuevo barrio, la agitación en el pecho no se le quita. Asmático grado tres, usa hasta cinco sprays de salbutamol cada mes. Solo el aire de mar controlaba sus crisis respiratorias. “Nunca quise salir de la playa”, dice. “Nunca”.

Aunque Osvaldo Sánchez fue el sitio escogido para el reparto, en 2010 cuatro familias de playeros recibieron viviendas en Juan Borrell. Fueron las primeras en salir de los albergues.

Originalmente, las cuatro petrocasas blancas –que desentonan con las edificaciones del lugar– no eran para ellos, sino para unos venezolanos que trabajarían en Juan Borrell en la cría de animales. Pero el proyecto con Venezuela se fue a pique y ya las casas estaban levantadas.

Allá vive Lidia Esther Gasca, de 67 años. Cuando hay calma, se sienta en su patio de Juan Borrell y mira en dirección a la costa. Por supuesto, desde allí no ve el mar. Nunca más ha vuelto a la playa. En su nueva vida, Lidia Esther hace lo mismo que en la anterior: limpia el consultorio del pueblo. En ese sentido, para ella no fue tan grande el cambio.

Para Gladimir Ocaña, sí. De sus 42 años, vivió 30 en la playa y de la pesca. Ahora trabaja en el campo. Rodeado de tierra seca y amarillenta, parece una figura sin luz ni gracia, fuera de contexto. A este mismo Gladimir, sin camisa, descalzo, con cicatrices y tatuajes en su cuerpo y con la piel curtida, le sentaría mejor la costa sur como telón de fondo. En Juan Borrell, a siete kilómetros del mar, está lejos de sí mismo.

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En Marimón, durante estos once años, murieron varios viejos, y también nacieron niños (Foto: Julio Batista)

En Marimón, durante estos once años, murieron varios viejos, y también nacieron niños (Foto: Julio Batista)

Mientras las obras del nuevo reparto siguen sin fecha concreta de culminación, en Marimón la gente de la playa aguarda.

Marimón es el albergue donde todavía viven más vecinos de la playa. Allí llegaron el 9 de noviembre de 2005 y el 18 de enero de 2017 permanecían todavía 13 familias a la espera de las viviendas que se construyen en el nuevo reparto, según los listados que Lolo ha seguido actualizando, aunque ya no es oficialmente la delegada.

Donde dice 13 familias, asuma que son más, porque que se han multiplicado: en una década han muerto algunos viejos, pero también han nacido niños. Entre ellos, la hija más pequeña de Emilio Costa Costa y sus tres nietos, y la más chiquita de Marisleidys Baluja, que tiene seis años.

Marimón es la antítesis de la playa. Allí la tierra colorada se impregna en todo, incluidas las paredes exteriores de los cubículos. Antes, al despertar, los playeros podían ver el mar con salir al portal de sus casas. Ahora, cuando salen del albergue, se topan sembradíos, tractores y la tierra surcada. En consecuencia, la gente ha dejado de pescar para vivir de la agricultura. En Marimón la tierra es la alternativa de subsistencia.

Emilio Costa Costa todavía es pescador, uno de los pocos playeros obstinados que aún viaja más de 10 kilómetros para ir al mar. Pero sabe que “para sobrevivir, también hay que trabajar en el campo. La pesca sola no da”. Dice que cada vez hay menos posibilidades de ir hasta la costa. Con la ausencia de transporte, “solo se puede llegar cuando se alquila un riquimbili [especie de triciclo motorizado] para ir y virar”.

Él no nació en la playa. Llegó a Rosario en 1993, con 24 años, y allí construyó su vida y su familia. Desde entonces vive del mar. Si tiene que ser franco, Emilio quisiera volver.

Marisleydis, en cambio, es de las pocas playeras que estuvo de acuerdo con reubicarse. “No con vivir once años en este albergue”, especifica. Para ella, que había estudiado en La Habana y trabajaba en Güines, vivir en la costa representaba un problema. En los últimos tiempos el transporte fue escaso y muchas veces debían ir caminando hasta el entronque, a 5 kilómetros, para salir de allí. Esa inestabilidad en el transporte la obligó a dejar su trabajo. Por eso, y por las continuas evacuaciones, abandonar la playa no fue un trauma. Aquel sitio se le había convertido en una camisa de fuerza.

Además, no quería que su hijo fuera pescador. “Si se quedaba en la playa iba a terminar pescando, como todos los hombres de allá”. Lo dice como si la cercanía al mar determinara el destino de su gente. Para ella, que había nacido en Rosario, el mar se tragaba a los hombres del pueblo hasta convertirlos en seres de piel maltrecha y curtida, con manos callosas y olor perenne a salitre. Marisleidys no quería que esa fuese la única opción de su hijo.

Ella no se alegra de que desapareciera, a veces hasta la extraña, pero algo sí tiene claro: “Nunca más quisiera vivir en la playa”. Allá vivió “lo bueno”: el comercio, los veranos con cerveza, fiestas, transporte constante y cabañas de alquiler. También vivió “lo malo”: los ciclones, las evacuaciones, la destrucción, el no tener tranquilidad con el mar…, y esto último pesó más.

Ahora solo quiere que terminen las casas para irse del albergue. Lo que más le incomoda de Marimón son los baños colectivos, pero Marisleidys y su hija solo los usan para botar el orinal. Todo lo hacen dentro del cuarto en el que viven desde 2005.

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De los siete principales asentamientos humanos en la costa sur habanera, solo Playa Rosario ha sido reubicado por completo. Desde que comenzara en 2005, el proceso no se ha replicado. Aunque sigue vigente la prohibición de construir nuevas viviendas en la franja costera cubana –Decreto Ley 212 del Consejo de Estado (2000)–, los poblados de Playa Mayabeque, Majana, Surgidero de Batabanó, Playa Caimito, Guanímar y Cajío continúan en su lugar. Por ahora.

Han existido tibios intentos por repetir la experiencia, como sucedió en la Playa Mayabeque, pero no han prosperado. La presión de los habitantes ha incidido en ello.

A la vuelta de tres décadas, es muy probable que todos estos pueblos compartan un mismo destino: quedar sumergidos. Algunos desaparecerán antes que otros, pero, al final, para los playeros solo habrá la opción de comenzar una nueva vida tierra adentro. Aun con tales perspectivas, el desastre de Playa Rosario se ha convertido en un precedente que podría frenar cualquier iniciativa semejante.

En otros sitios más alejados, como la costa sur de Santiago de Cuba, los esfuerzos por relocalizar barrios enteros tampoco han dado los resultados esperados. Mar Verde y su gente son, también, parte de esta historia de ineficiencia y lentitud.

Lo peor es que Playa Rosario tenía todo a su favor para convertirse en un referente dentro y fuera de Cuba. La iniciativa contó con un proyecto previo que trazó una estrategia clara de reubicación, consiguió el respaldo financiero internacional necesario para llevar adelante una obra de tal envergadura y perseguía un objetivo legítimo: salvaguardar a la población ante un problema climático que afecta en la actualidad a naciones insulares.

En lo político, su éxito hubiese servido como punta de lanza para impulsar las relocalizaciones de los principales asentamientos costeros del sur de la antigua provincia La Habana. A mediano plazo, pudo haber funcionado como moneda de cambio para que los gobiernos locales consiguieran la confianza de los habitantes de esos poblados, incluso el apoyo de los más reacios a despegarse del mar.

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Hanoi es uno de los pocos playeros viejos que aún pesca (Foto: Julio Batista)

Hanoi es uno de los pocos playeros viejos que aún pesca (Foto: Julio Batista)

En enero de 2017 solo llegan hasta la playa, regularmente, una docena de hombres que atracan sus botes artesanales, pagan un permiso para ejercer la pesca deportiva y luego venden los peces a Acuabana. Fuera de los pescadores, prácticamente nadie va. La única vía de acceso es una carretera repleta de baches que conecta la playa con el municipio de Güines. Los últimos cinco kilómetros del trayecto están casi en desuso y no cuentan con transporte público. Ese tramo puede caminarse de ida y vuelta sin encontrar otro viajero.

Del centenar de construcciones que existía en 2005, solo resiste el antiguo cuartel de Tropas Guardafronteras, transformado en base de pesca. Hanoi Farradás está sentado en el suelo, bajo los árboles que rodean el viejo cuartel. Tiene el cuerpo doblado hacia delante y esculpe cuidadosamente un tronco recién cortado. Sin tener estudios de ingeniería naval reproduce, por enésima vez, una carabela. Para ser honestos, él no sabe exactamente si es una carabela. Me dice que es un barco de los de antes, con tres palos y una vela en la proa. Nunca ha visto un plano de estas embarcaciones, pero toda una vida cerca del mar le ha enseñado muchas cosas, especialmente sobre barcos. Hanoi, desde siempre, ha sido pescador.

Con cada golpe de martillo el tronco suelta lascas precisas. Hanoi levanta y examina el pedazo de madera aún verde, en el que ya se insinúa la forma rudimentaria de un casco. Entre golpe y golpe reconstruye el pueblo donde nació hace 39 años. Sin soltar el machete y el martillo con los que arranca un barco de las entrañas de un árbol, señala el sitio donde solía haber un puente, y una escuela, y una iglesia, y un bar, y una farmacia… Como si quitara la vegetación con el mismo machete, traza de a poco el plano de la playa, que es también el plano de su vida.

—Lo que hicieron fue un crimen –dice, sin apartar la vista de la madera.

2 Comments

  1. Felo

    8 marzo, 2017 at 2:52 pm

    Proyectos, proyecto y proyecto. Pero, al final, las familias siguen sin casa y el compromiso se violó. Y eso que le financiamiento es extranjero, no afecta el presupuesto. Es increíble el desccaro de todo esto. El Blas Roca es bueno para darle cabillazos a los opositores, peor plara construir, no sirven.

  2. Magdiel

    11 agosto, 2017 at 8:17 am

    Para todo el mundo es muy triste tener que abandonar el lugar donde ha vivido siempre, sobre todo si no tuvo otra opción… Pero que se podía hacer? Alguno hasta se le habrá ocurrido hacer compuertas como en Venezia o diques com en Holanda.. pero vamos… hay que ser realistas…

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