La cola empezaba frente al quiosco del kilómetro 89, Carretera Central, en Pinar del Río, y se extendía 70 u 80 metros loma abajo. Había gente desde las 2:00 a.m.; y a esa hora, ya pasado el mediodía, muchos sin haber comido nada, tenían la vista y el cerebro fijos en las bolsas de pollo que el camión había descargado. Cuatro jóvenes policías intentaban poner orden y mandaban una y otra vez a tomar distancia, como hacían los maestros de la primaria para organizar una fila.

Poco a poco llegaron a la punta caliente de la cadena trabajadores de la salud. Unos de blanco, otros de verde; algunos incluso con ropa de andar en casa, pero portando solapines del Ministerio de Salud Pública (MINSAP). Y salió la molestia. Que pasó a murmullo. Que llegó a desorden. Que incluyó manoteos. Que reventó en gritería.

“¡¡¿Y quién dijo que tienen prioridad?!!”.

Los policías, que intentaban conciliar intereses, apelaban a la solidaridad del gentío mientras comentaban a los de la salud —varios médicos entre ellos— que no había documento legal alguno que respaldara su ventaja en la fila, así que habría que ver qué solución se encontraba.

Finalmente, apenados, algunos de los de blanco y verde se alejaron; los que permanecieron, fueron intercalados por los policías en el primer segmento de la bullanguera cola, cada tres o cuatro de los presentes. Alguien, resignado y realista, dijo: “Y entonces, ¿pa’ qué tanto aplauso a las 9:00 de la noche?”.

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Desde que comenzó oficialmente la época COVID-19 en Cuba, mucho se ha debatido en torno a la ayuda, o falta de ella, hacia el personal que día a día combate el virus en instituciones de salud. Desde medios oficiales y alternativos se ha apelado, una y otra vez, a la concreción del apoyo a estos profesionales, más allá de declaraciones, canciones y poemas.

Los gobiernos provinciales han vendido módulos con varios productos de alimentación y aseo en hospitales y centros de aislamiento. Sin embargo, estas decisiones no han sido lo generalizadas y sistemáticas que demandan los miles de “soldados” de primera fila contra el SARS-CoV-2.

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El usuario identificado como Jorge Félix contó sobre un episodio, acontecido días atrás en la tienda por departamentos más grande de Holguín, en el céntrico parque Calixto García:

“[…] Me indigno contra las cosas que se ven a diario. Hace un par de días, en la Tienda Luz de Yara, no hubo forma que les dieran prioridad a los trabajadores de la salud para que compraran pollo. Yo no creo que sea necesario recordar el poco tiempo que estos trabajadores tienen para ocuparse de esas necesarias diligencias, pero tampoco creo que se tenga que emitir una resolución especial para las tiendas. “Creo que este asunto debe ser valorado por los que corresponde”.

En respuesta a su comentario, aparecía, con fecha 2 de mayo, el de Elisabet Reyes Velázquez, quien contestaba como Directora División Oriente Norte: “La Cadena de Tiendas Caribe se encuentra muy identificada con la enorme tarea que desempeñan los trabajadores de la salud. En estos momentos nos encontramos prestando servicios de ventas en centros de aislamientos y otros del sector. Coincidimos con su preocupación y lo que representan los médicos cubanos para el pueblo y las necesidades que se tienen de comprar en la red comercial de tiendas”.

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No hay que ser experto en sociología ni psicología social para entender los reflejos condicionados que despiertan, junto al genético instinto de conservación, los años de crisis. Ahora lo sufren médicos y enfermeras, pero antes, hoy mismo y después, han sido los ancianos y embarazadas en los tumultuosos abordajes del transporte público; o los limitados físico-motores con las barreras arquitectónicas y mentales; o los niños y jóvenes de alguna escuela interna a cuyos platos no llegan todos los alimentos designados para ellos por el Estado. O los clientes de las ferreterías que pasan meses y meses a la espera de piezas y materiales que ya se desviaron a los mercados informales.

Todos esos egoísmos nos disminuyen como sociedad. No hay que cansarse de apelar a lo más humano de los humanos; sin olvidar que en un instante de supervivencia cualquiera mete el codazo para subir a la guagua o, ya que estamos, coger el pollo.

“Ser bueno es el único modo de ser dichoso”, dijo el más cubano de los universales. “Ser culto es el único modo de ser libre”. A continuación –aunque casi nunca se cite la frase completa– precisó: “Pero, en lo común de la naturaleza humana, se necesita ser próspero para ser bueno”.

 

Este proyecto fue apoyado a través del programa de Microgrants Check Global COVID-19. 

Sobre el autor

Jesús Arencibia Lorenzo

Jesús Arencibia Lorenzo

Pinar del Río (1982). Periodista. Máster en Ciencias de la Comunicación. Profesor en la Facultad de Comunicación de la Universidad de La Habana (2006-2018). Columnista del periódico 'Juventud Rebelde' (2007-2018). Ha recibido premios periodísticos y literarios en concursos cubanos. Compiló, junto a Miriam Rodríguez Betancourt, el libro 'Pablo de la Torriente Brau. Pasión de contar' (2014). En 2018 publicó el volumen de crónicas 'A la vuelta de la esquina' (Ediciones Loynaz) y en 2019 el libro de entrevistas 'La culpa es del que no enamora. Claves de Periodismo y Comunicación desde América Latina' (Ocean Sur). Colabora con diversos medios de prensa y es docente adjunto de la Universidad de Pinar del Río Hermanos Saíz Montes de Oca.

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