Un colegio wayuu frente a la crisis del agua

En Manaure, Colombia, solo sobran dos cosas: el hambre y la sed.

A Johan Mosquera, porque me acompañó a cada minuto en su tierra.

En una ranchería de la comunidad Jirtú, del municipio Manaure, del departamento La Guajira, en la costa del Caribe colombiano, hay un colegio con tres maestras y 60 estudiantes.

Las edades van desde cinco hasta 16 y se estudia hasta quinto grado. Los grupos son mixtos.

Las tres maestras pertenecen al pueblo wayuu. Los 60 estudiantes pertenecen al pueblo wayuu. Y todos hablan una misma lengua: wayuunaiki. Sin embargo, las clases transcurren tanto en wayuunaiki, como en español.

El método del colegio intenta no solo integrar conocimientos de dos mundos distintos sino también educar para vivir entre dos mundos distintos.

—Así sea que ellos tienen su idioma y sus costumbres, nosotras tenemos que prepararles para que cuando vayan a la civilización no vayan idos y sepan a qué van –explica la maestra Yenifer Cotes, de preescolar y primero, que lleva casi dos años ejerciendo aquí como docente.

Cuando dice civilización, Yenifer no se refiere a un lugar sino a un mundo. El mundo de los arijunas. El mundo de las personas extrañas que no comparten sus principios, que no tienen la piel del mismo color del barro, que pueden no comprender y hasta menospreciar sus tradiciones, que se identifican con la cultura occidental, que habitan en ciudades.

La enseñanza no apuesta al aislamiento sino a una inclusión que no implique perder las esencias. Los wayuu saben que lo que ocurra en la supuesta civilización de los arijunas, puede impactar en sus vidas.

En el colegio, en la comunidad Jirtú, en Manaure, en La Guajira, desde hace tiempo los wayuu saben eso desde las experiencias del hambre, la sed y el calor.

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El entorno de la escuela (Foto: Mónica Baró)

El entorno de la escuela (Foto: Mónica Baró)

La Guajira es la región más seca y árida de Colombia. Manaure, una de las más secas y áridas de La Guajira.

La temperatura atmosférica en este municipio oscila entre 28° y 38° Celsius. Durante casi todos los meses del año. En días extremos, el cuerpo humano puede sentir hasta 46° Celsius.

Llueve poco. Solo en mayo, junio, octubre y noviembre. Pero cuando llueve, llueve con fuerza. Con furia. Hasta el exceso. Cambia el panorama de la sequía por el de las inundaciones, arroyos desbordados, deslizamientos.

La ola invernal que invadió al país entre julio de 2010 y mayo de 2011, deshizo La Guajira con ráfagas de lluvia. Fue el quinto departamento que más sufrió ese evento meteorológico, de acuerdo con un informe de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe y el Banco Interamericano de Desarrollo. Registró más de 140 pérdidas de vidas humanas y desapariciones y un total de 163.534 personas damnificadas, de una población que rondaba entonces la cifra de 846.000.

Pero el drama de la ola invernal no revela tanto de la hostilidad del clima, como de las vulnerabilidades.

La Guajira es el tercer departamento del país con mayor índice de Necesidades Básicas Insatisfechas (NBI): 65.2 por ciento, según datos de 2012 difundidos por el Departamento Administrativo Nacional de Estadística (DANE). Y fuera de las cabeceras municipales, la situación es mucho más dramática: 91.2 por ciento.

La Guajira es, también, el departamento con mayor población indígena del país. Aquí habitan 278.212 indígenas: 19.98 por ciento del total nacional. Y de esa cifra, 270.413 se identifican como wayuu, atendiendo al DANE. Cerca de 98 por ciento de las personas que conforman el pueblo wayuu en Colombia residen en La Guajira, dispersas en 15.000 km².

Uribia, Manaure y Maicao son los municipios con más comunidades wayuu. Casi 71 por ciento de la población del departamento reside en ellos. Uribia, Manaure y Maicao son, también, los municipios con mayores índices de NBI y donde se padece más intensamente la crisis humanitaria que abate hoy al departamento.

En teoría, La Guajira debería poder cubrir las necesidades básicas de sus habitantes con sus recursos disponibles: salinas marítimas, reservas de gas natural, minas de carbón, múltiples atractivos turísticos, una valiosa producción artesanal, entre otros. En teoría.

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Yenifer Cotes, del clan Epieyu, la maestra de preescolar y primero (Foto: Mónica Baró)

Yenifer Cotes, del clan Epieyu, la maestra de preescolar y primero (Foto: Mónica Baró)

El colegio no tiene nombre propio. Lo administra la Asociación de Jefes Familiares de la Zona Norte de la Alta Guajira Wayuu Araurayu. Cuando se le pregunta por el nombre a Yenifer, refiere el de la asociación que la contrata: Wayuu Araurayu.

Tampoco tiene aulas propias. Las aulas son dos viviendas prestadas por habitantes de la ranchería.

—Nosotros estamos aquí prácticamente invadiendo territorio ajeno. Porque mira: esta es la casa de la manipuladora (de los alimentos), que gracias a Dios ella nos colabora mucho. No son salones que nos haya dado la empresa. Nada.

Las viviendas prestadas son cuatro paredes de adobe y palos de madera. Techos con tejas de cinc. La tierra por suelo. No hay divisiones. En la vivienda wayuu no suele haber divisiones. Se cuelgan los chinchorros para descansar y ya no hace falta nada más. La vida transcurre a cielo abierto.

La vivienda, en verdad, es la naturaleza, el territorio.

Para cumplir función de aula, la casa de la manipuladora no se transforma. Ni la otra. Solo que en lugar de chinchorros que cuelgan, hay banquitos, sillas de madera o plástico, también bloques y piedras. Cuanto sirva de asiento. Incluso, el suelo.

Las manos y las rodillas sirven de apoyo para hacer los apuntes. Tampoco disponen de pizarras. Las maestras dictan los deberes, van de cuaderno en cuaderno.

En uno de los salones hay láminas con lecciones colgadas de las paredes. En el otro, donde enseña Yenifer a los más pequeños, una mochila amarilla.

Y la escuela crece. Un año atrás era Yenifer sola. Hoy ya son tres las docentes. Son tres los grupos de estudiantes. Y tres debieran ser las aulas.

—Si de pronto yo el año pasado no me hubiera comportado debidamente con la educación y los padres de familia, mis niños no estuvieran aquí. No hubiera más niños.

Elizabeth, una de las estudiantes de Yenifer (Foto: Mónica Baró)

Elizabeth, una de las estudiantes de Yenifer (Foto: Mónica Baró)

Pero no es la carencia de mesas y asientos, ni de pizarras, ni de salones, ni de útiles escolares, ni de libros, ni de equipos, ni de tecnologías, ni de nombre, lo que más preocupa y atenta contra el proceso educativo. Es la carencia de cosas aún más esenciales: agua, alimentos, transporte.

—Todo esto aquí es gracias a la comunidad. Y a la autoridad. Si tenemos agüita, es por la autoridad. Mira el tanque aquel, él lo consiguió. Hoy nos acaban de traer el agua. Si hubiera venido una hora antes, ahí hubiera encontrado el carro. Porque llevábamos días sin agua. Estábamos secos. Y a los niños con este sol, con esta calor, lo que les da es sed.

La batalla diaria por la asistencia es la batalla por garantizar agua, alimentos y transporte. Y es, además, la batalla de las maestras por conservar su empleo.

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Suman casi 145.000 las personas del pueblo Wayuu que no saben leer ni escribir: más de 60 por ciento de la población.

En Manaure, apenas 29.6 por ciento de sus residentes ha tenido la oportunidad de aprender. El nivel educativo superior solo lo ha alcanzado 1.3 por ciento; el de secundaria, 10.2; y el de primaria, 19.4.

Actualmente, menos de la mitad de niñas, niños y jóvenes en edad escolar de este municipio asiste a algún establecimiento educativo.

A escala departamental, la realidad no es muy diferente. La Defensoría del Pueblo, en el informe Crisis humanitaria en La Guajira 2014, advierte que aquí la tasa de analfabetismo asciende a 31.7 por ciento.

Y las estadísticas de cobertura en educación superior para la población que tiene entre 17 y 21 también resultan alarmantes. De 85.342 jóvenes que se encuentran en ese rango de edad, solo 16.37 por ciento se encuentran matriculados. Y la tasa de deserción es de 12 por ciento.

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Óscar Mengual, la autoridad de Jirtú (Foto: Sofía Villamil)

Óscar Mengual, la autoridad de Jirtú, en su chinchorro (Foto: Sofía Villamil)

Óscar Mengual, del clan Pushaina, es la autoridad en Jirtú. Sus gestiones en las instituciones del Gobierno son las que han permitido cubrir un poco las necesidades en el territorio wayuu donde rige.

—Usted sabe que si uno no está pegado a un político, no consigue nada, porque los políticos de aquí son duros para que den algo a uno para la comunidad. “¿De qué lado estás para que yo pueda ayudarte?”. Es lo que le dicen a uno.

Desde hace años, el agua es el centro de sus demandas. Primero, hace como una década, consiguió un jagüey donde construyeron casimbas (pozos) para disponer de reservas en los periodos más severos de escasez. Luego, a principios de 2016, un tanque con capacidad para 10.000 litros, que se rellena cada 15 días, como parte de un programa de la Unidad Nacional de Gestión de Riesgos de Desastres.

Las casimbas quedan en medio de la nada. Para llegar hasta el jagüey, hay que caminar unos 30 minutos desde la ranchería donde Óscar vive.

La mujer wayuu es quien carga el agua. Siempre ha sido así. Un hombre puede acompañar, pero ella es quien se coloca a la espalda la pimpina, que trae entre 20 y 25 litros, y se la amarra a la frente, y la lleva hasta el hogar. Cuando no, van niños con un burro. Cuando hay burro. Y otras veces, también se utiliza una carretilla.

—Es como ser más achispada y madre para sus hijos –explica Juana, madre de cuatro y viuda, que conoce bien la ruta a los pozos–. Por eso es que dicen que los indios son burros, porque buscan agua y trabajan. Todo para sus hijos. Y hay gente que no ve eso.

En las épocas en que la sequía arrecia o el sistema de abastecimiento falla, Juana acude diariamente al jagüey.

—Y todas las tardes la misma cosa: lleva a los peladitos a bañarse y trae agua para el día siguiente para tomar y para cocinar. Una hace chicha, hace las comidas. Y hay gente que la echa en el tanque y le echa un poquito de cloro, para que la baba del agua quede abajo en el tanque. Y los fines de semana una lleva la ropa y se sienta a lavar allá debajo del trupillo.

Una de las casimbas, en el jagüey (Foto: Mónica Baró)

Una de las casimbas, en el jagüey (Foto: Mónica Baró)

En total, son seis o siete las casimbas de Jirtú y funcionan por infiltración. Cada una puede almacenar, en sus mejores tiempos, cerca de 2.000 litros, de acuerdo con los cálculos de Óscar. Sin embargo, no es agua pura y clara. Ya se ha salinizado y sale un poco colorada.

El tanque resuelto hace pocos meses constituye hoy el principal suministro de la comunidad. Los 10.000 litros se comparten entre 45 familias. Y entre los estudiantes y maestras del colegio. Se destinan exclusivamente para tomar y cocinar. Para el resto de las labores, se utiliza agua salobre de un grifo que hay instalado en la ranchería.

Los animales beben agua salobre. A veces, igual las personas, si no hay potable.

Anilda Pushaina, pariente de Carmelina Pushaina, la manipuladora del colegio, a quien ayuda en la cocina, dice que la primera vez que se bebe agua salobre el cuerpo enferma, pero luego acaba por acostumbrarse.

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A la hora de la merienda (Foto: Mónica Baró)

A la hora de la merienda (Foto: Mónica Baró)

Ni el agua ni la comida llegan siempre a tiempo. Ocurren atrasos en las entregas. Atrasos de pocos días, pero que colocan en crisis el desarrollo de la docencia. Más si el agua y la comida se atrasan simultáneamente, como ocurrió en la segunda quincena de mayo.

—Aquí los niños vienen por la alimentación –precisa Yenifer–. No vamos a echar mentira. Los padres de familia los mandan porque no tienen comida en las casas. Yo les pregunté a mis alumnos ayer particularmente, como no había nada, si habían desayunado. Uno por uno pregunté: “¿Desayunaste?, ¿desayunaste?, ¿desayunaste?”. Solo uno de 18 alumnos, me dijo que sí. Uno solito. O sea, ¿y los otros 17? Yo no me iba a sentar en el salón a darles tarea, tarea, tarea. Imposible. Porque esos niños estaban débiles. ¿Cómo iba a ponerles tareas a unos niños que no tenían nada en el estómago? No podía. Nos pusimos hablar y así fue.

—Con este calor se pierde mucha energía –le digo.

—Exactamente. Entonces los niños como son tan inquietos juegan y hablan mucho. En su casa de repente se arrecuestan en el chinchorro y ahí se quedan. O la mamá le quita al vecino agua de azúcar o un poquito de chicha, pero aquí no.

Tres días estuvieron este mes en el colegio sin alimentación. Otros más, sin agua. La cuota de comida, que de por sí es mínima, apenas “un suplemento”, no llegó hasta el miércoles 18 de mayo. Y al día siguiente, cuando ya habían resuelto calmar la sed con naranjas, fue que apareció el carrotanque.

Las naranjas son parte del desayuno, pero a falta de agua, se reservan como meriendas para las diez de la mañana. Así las niñas y niños beben algo, se humedecen los labios, y pueden continuar las clases.

Tales atrasos suponen un reto para las maestras, pues sus estudiantes enseguida empiezan a ausentarse. Sus familias dejan de mandarles. Entienden que si en el hogar no hay comida, ni en la escuela tampoco, lo más sensato es dejarles en el hogar, para que no pierdan fuerzas estudiando y jugando.

En esta región la gente atesora las reservas energéticas del cuerpo. Atesora su vida.

En un esfuerzo por evitar que las ausencias acaben en abandono de los estudios, las maestras suelen enfrentar las situaciones de carencia abasteciendo al colegio con su propio dinero.

Por una pimpina de agua potable pagan 500 pesos (aproximadamente un cuarto de dólar). Y por la comida, bastante más.

—Nos toca buscar del bolsillo o fiado, porque así hago yo. Yo soy de las que quita fiado. Pero por lo menos a mí el año pasado me fue muy mal. Porque trabajé nueve meses y apenas me alcanzaron a pagar cuatro. Mero cuatro sueldos recibí yo en mi cuenta el año pasado.

—Le deben cinco meses.

—Cinco meses… Y yo no pensaba trabajar, pero dije: “Si no trabajo, ¿cómo voy a pagar lo que debo? Yo debía en una tienda 1.500.000 pesos (casi 500 dólares). Por lo mismo. Y a veces una, como le va tan mal, dice: “No vuelvo a cometer lo que hice el año pasado”. Que no había alimentación y yo quitaba fiado, iba acumulando, tenía mi cuenta. Pero no soy capaz. Así sea un pancito, una les trae.

—¿Y cómo hizo para pagar la deuda?

—¿Qué hice para pagar? Quité un préstamo de 2.000.000 de pesos, que nos dan cuando firmamos contrato. Con la esperanza que me paguen. Y es la hora que estamos a mitad de año prácticamente y no me han pagado lo que me deben del año pasado.

—Este año se lo están pagando como si no le debieran.

—Es correcto. El contrato comenzó el 18 de marzo y nos pagaron los 12 días de marzo y el mes de abril. Ya. Y a una también le baja la autoestima, porque el año pasado yo trabajé, me esmeraba por los niños, y una se alegra cuando recibe el sueldo. Eso es lo que motiva.

A las maestras también les toca cubrir el transporte escolar. Cada una destina 150.000 al mes para los motoristas que prestan sus servicios, de un salario que asciende a 1.800.000. Si no lo cubrieran, la asistencia decaería.

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La primaria se encuentra en un paraje semidesértico. Apenas hay sombras donde refugiarse. Solo árboles raquíticos o calcinados, plantas espinosas.

El suelo es un cementerio de cactus, caracoles, conchas nacaradas, algún que otro animal. Y también, un poco basurero: hay bolsas, papeles, pomos de plástico.

En algunas partes, la tierra es esponjosa, los pies se hunden, porque quedan por ahí jagüeyes, que no alcanzan el metro. En otras, cruje debajo de los pies, como una alfombra hecha con cáscaras de naranja disecadas. Pero en casi todas, es dura y compacta, está casi hecha piedra.

Y el viento, lejos de aliviar, agrede con rachas de polvo.

Para quien no conozca el territorio, sería muy fácil perderse. A simple vista, todos los paisajes se asemejan. Las rutas se bifurcan constantemente. Pero con fatiga cualquiera podría confundirse. Caminar por ahí con hambre y sed, sin hidratarse adecuadamente, no solo resultaría agotador, sino, ante todo, peligroso.

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La tierra en Jirtú (Foto: Mónica Baró)

La tierra en Jirtú (Foto: Mónica Baró)

Jirtú no siempre ha sido así como es hoy. Tampoco Manaure. Tampoco La Guajira.

Óscar recuerda que antes, hace 15 o quizás 20 años, estas tierras eran buenas, porque llovía muy duro, y aquí había gente que era rica.

—Uno le llama rico al que tiene bastantes animales –aclara–. Y esto fue cambiando, hasta llegar a como está ahora… Un animalito de esos lo sacaba a uno de apuro. Uno iba al pueblo y vendía un animalito, y de allá traía el café, el maíz, el arroz, la panela, y ya uno tenía para el sustento de la familia por unos días.

—¿Cuántos animales tiene hoy?

—¿Ahorita? Como mucho, son 15 ovejitos que me han quedado de los que yo tenía.

—¿Y cuántos tenía antes?

—Yo tenía como 200 ovejos aquí, en ese tiempo bueno. Y se fueron muriendo del hambre. El hambre y la sequía, que no había de dónde darles agua. Gracias que hemos conseguido agüita salada, que es lo que ha ayudado bastante a uno con los animales.

Isamar Cotes, una prima de Yenifer originaria de Manaure, pero que ahora vive y estudia agricultura marina en Riohacha, relata que cuando ella era niña el jagüey donde se encuentran las casimbas era muy distinto.

—Todo el mundo venía. Tú veías esto lleno de paisanas. Esto era un centro para reunirse y chacharear. Los hombres venían en la mañana a bañarse, para poder salir con los animales, y las mujeres en la tarde. Aquí cocinaban, lavaban y esperaban a que su ropa secara. Cuando yo era niña, yo venía y me tiraba de los palos. Esto era hondo. Ahora tú ves que no tiene una profundidad ni de 50 centímetros. Empezó a secarse de un momento a otro.

—¿Ha habido algún momento en que los pozos se hayan secado? –pregunto a Isamar.

—Hace como tres años. Con una tacita de agua había que bañarse entonces.

—¿De qué tamaño?

—Más o menos así como tu sombrero. Pero mi abuela incluso ahorraba más: agarraba un trapito y se lo pasaba. Y creo que quedaba mejor bañada que una con la tacita.

Manaure no es la única zona de La Guajira donde los jagüeyes y arroyos han empezado a secarse. Cada vez los wayuu deben cavar más hondo para encontrar agua. Hasta seis, siete, ocho metros. Hasta profundidades en las que deja de ser potable.

Hay quienes dicen que la escasez de recursos hídricos es un efecto del cambio climático. Que la región siempre ha sido seca. Sin embargo, las comunidades ancestrales indígenas y afrodescendientes aseveran que nunca ha sido tan seca como cuando comenzó la actividad minera en el territorio.

La organización ambientalista CENSAT Agua Viva reporta que, en menos de 30 años, las principales fuentes de agua de La Guajira se han contaminado o han desaparecido.

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Una de las rutas que atraviesan las motos (Foto: Mónica Baró)

Una de las rutas que atraviesan las motos (Foto: Mónica Baró)

Ya sobre la una de la tarde, las motos empiezan a llegar con sus runrunes a la escuela para devolver a los estudiantes a sus casas. Los conductores van encapuchados y con gafas, con toda la cabeza envuelta en trapos, mangas largas y pantalones. Como si fueran a un combate.

En cada viaje se montan tres, hasta cuatro niños. Chiquitos y grandes. Algunos también se cubren el rostro. “Vayan con Dios”, le dice Yenifer a los suyos.

En moto las distancias son cortas, se recorren entre cinco y 10 minutos, pero a pie es otra cosa. Igual han hecho el trayecto a pie. Cuando las motos no han podido cumplir, les ha tocado. La semana pasada, por ejemplo, les tocó.

Pero precisamente porque lo han hecho, saben que no deben.

Este no es sitio para caminar. Menos al mediodía. Menos al mediodía, con hambre y sed.

*Esta crónica se realizó durante el Taller Historias del agua: nuevas formas de narrar la escasez, que ofrecieron la Fundación Gabriel García Márquez para el Nuevo Periodismo Iberoamericano y Chicas poderosas, con el apoyo de Oxfam y CAF, entre el 16 y el 20 de mayo de 2016 en La Guajira, Colombia.

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