A Lita.

El día de la tragedia, el mayor de los hijos Gallo se percata de que están a merced de la inexistencia. El mar se acerca. Sube, penetra, golpe tras golpe. La familia en la cueva se ahogará en cualquier momento como ratones en cañería. Gallo hijo, que vivirá dos años allí, siente en la oscuridad los alaridos del meteoro, de olas y rocas gigantescas que vuelan. Recuerda, no sabe de dónde, mugidos de bestias primitivas, algo se despierta en él. Es un hombre, es mortal, tiembla; pero escupe.

En Siboney nació el país que vivimos hoy. En Siboney hace muchos siglos había gente, siboney, gente de la piedra preciosa. Después vinieron los cañones, las minas, el ferrocarril, los norteamericanos, la primera guerra imperialista, los grandes músicos, la Generación del Centenario, el cable de fibra óptica.

Allí está, también, La Cantera.

Una franja entre el mar y una meseta. La franja, de aproximadamente 100 metros de ancho y dos kilómetros de largo; la meseta, de unos 40 metros de altura y cuatro kilómetros de longitud.

Desértica, tierra de cabras, de casitas carcomidas por la sal, el polvo, el viento (Foto: Lian Morales)

Desértica, tierra de cabras, de casitas carcomidas por la sal, el polvo, el viento (Foto: Lian Morales)

Al que pasa por allí, lo persigue el recuerdo. Una y otra vez se puede decir a sí mismo que no es real, que la gente de la cueva no es de verdad. Cuando el forastero abandona esa arena, quiere pellizcarse, pero ni eso puede, no tendrá otra cosa en que pensar, hasta que la obsesión lo haga volver. Para ver y creer. Lo mismo, pero más intenso. Y volver da miedo. Hay que tener buenas tripas. Cualquiera se deja enloquecer con la historia de la cueva, que no es historia, es la vida de seres humanos, que no han enloquecido, no saben cómo.

La familia de la cueva ahora vive en tres chozas; verlas, hace dudar de su estado de agregación, sólidas no son. El padre de la familia está sentado en una piedra velando a las cabras que pastan. Una manguera sale de su vientre y vuelve a él unos cuantos centímetros más lejos, algo fluye en esa manguera. No invita a sentarse, a primera vista se pudiera pensar que da pena invitar a sentarse en un trocito de roca.

Hay que acuclillarse, este hombre no esperaba a un periodista.

Es mediodía, Gallo padre traga amargo (Foto: Lian Morales)

Es mediodía, Gallo padre traga amargo (Foto: Lian Morales)

***

Aquella madrugada el mar devoró tanto que se devoró a sí mismo.

María Laborde Brron, la madre de la familia, solo recuerda:

—Oscuro, frío; oscuro, frío. Clamándole al Santísimo. Íbamos a acabar como pescados muertos…

Lo que queda de la casa de mampostería de los Gallo son piedrecitas confusas, microscópicas astillas de la casa que demolieron el viento, las olas de diez metros, las moles surgidas del fondo marino y quién sabe qué más. Todo en aquella noche a la desbandada y en aquella primera madrugada en la cueva fue arremetedor.

Roberto Gallo no va al sitio donde están los restos de su casa como quien visita la tumba de un hijo, un padre, una mujer. Él va allí como quien visita su propia tumba.

Una entidad estatal, Materiales 14, recompensó su trabajo con una casa categorizada como medio básico en esta zona. Aun si tuviera cómo construirla de nuevo, otra entidad estatal le impide hacerlo allí: Planificación Física. El sitio ha sido declarado como vulnerable por su cercanía al mar.

—¿Por qué no le otorgan vivienda, o le posibilitan un sitio para construir, o materiales de construcción, o un subsidio? –pregunto.

Roberto es jubilado, enfermo renal grave, tiene un hijo y un nieto esquizofrénicos, mantiene a un sobrino epiléptico.

María interrumpe, dice que esperaba que le dieran un apartamento en uno de los asentamientos tipo petrocasas construidos en Micro-3, en el Centro Urbano Abel Santamaría, a unos diez kilómetros de La Cantera. Ahora espera por un espacio en dos antiguos edificios que recién habilitaron cerca de la playa Siboney. En estos hay 24 apartamentos, ocupados por familias a las que el huracán Sandy les destruyó sus casas.

Unas semanas después del ciclón, hermanos de una iglesia de Palma Soriano le erigieron una tienda con pedazos de tela de cultivo semiprotegido y zinc oxidado. Mide unos dos metros de ancho por tres de largo. Allí estuvieron hasta que Lázaro Expósito, primer secretario del Partido Comunista en Santiago de Cuba, ordenó darles otra solución.

—El jefe, sí, Expósito, tuve esa dicha, cuando yo me acerco a él, manda un poco de obreros pa’ montarnos esto –dice María.

—Lo hizo la Forestal –agrega Roberto Gallo.

Las casas se inundan cuando llueve, hay que hacerle zapatas por fuera (Foto: Lian Morales)

Las casas se inundan cuando llueve, hay que hacerle zapatas por fuera (Foto: Lian Morales)

Dos chozas de corteza de árboles. Nada de cimiento o al menos estacas. Colocadas como cajitas en la arena caliente. Miden unos cuatro metros de largo por tres de ancho. ¿Sol, lluvia, leve brisa, polvo? Ni hablar. Y la palabra viento mueve las sombras, y los recuerdos, que son mucho más fuertes.

—Esto fue una facilidad temporal –digo–, pero ustedes se merecen algo mejor.

—Así mismo –responde María.

—¿No se quejaron, no exigieron?

—No. Estamos aquí, esperando.

María ha echado mucha guerra en Seguridad Social, llevó los papeles de esquizofrenia de un hijo y del nieto, y le respondieron que no hay lugar donde internarlos. Los casos de Seguridad Social se atienden en el policlínico. El martes 12 de enero, a las diez de la mañana, la psiquiatra no ha llegado, la recepcionista del policlínico explica que no hay psiquiatras, la que viene es para niños. Sí hay psicólogos, que han atendido a casos como el de familias hacinadas con niños en una casa inhabitable. María esperaba que el martes viniera la psiquiatra, quien le hizo la carta para la oficina de Seguridad Social del municipio.

El nieto ya terminó la escuela especial, tiene 17 años.

María, la madre de la familia Gallo (Foto: Lian Morales)

María, la madre de la familia Gallo (Foto: Lian Morales)

Roberto Gallo se siente abandonado. De su antiguo centro de trabajo le mandaron un jaboncito. ¿Los papeles del cuarto medio básico de la empresa Materiales 14? El ciclón se marchó con todo. Menos con los Gallo, dos chivas y el perro. ¿Gestiones? A la diálisis lo lleva el joven sobrino, que sufre ataques de epilepsia frecuentes y otros trastornos. El costo que sea no es posible para ellos, tienen demasiados problemas inmediatos, multiplicados por día de supervivencia.

En el Consejo Popular de Siboney están los papeles donde se declara la casa de los Gallo como derrumbe total. El 24 de diciembre de 2015 se entregaron los dos edificios habilitados por los que estaba esperando María. Pero hay muchas familias necesitadas, más de 24. Gente que arma sus casas con los destrozos de cualquier parte.

Siboney es el museo de Sandy.

La familia de la cueva no puede decir, como una familia damnificada más, que imploró al cielo que los salvara, y que al otro día, cuando pasó la tempestad, todos se horrorizaron al ver la destrucción, la pérdida, la desolación, y agradecieron estar sanos y salvos. Esta familia podrá seguir siendo en cualquier momento la familia de la cueva. Puede que, para ellos, todavía lo peor esté por pasar.

***

Wenceslao Gómez Castellanos, jefe del Puesto de Dirección del Gobierno Municipal de Santiago de Cuba en Siboney:

—En Siboney tuvimos 3.374 afectaciones: 716 derrumbes totales, 793 derrumbes parciales, 1.096 pérdidas totales de techo, 669 pérdidas parciales de techo, otras 100 afectaciones –grietas, etcétera–. Solución completa: 762; de esta cantidad 399 fueron por crédito, 169 por efectivo, 188 bonificados y 6 por subsidio. Tenemos resueltos todos los techos de zinc.

En el Punto de Materiales da la bienvenida un “área contra insendio”. En el Punto trabajan cuatro braceros, tres en facturas, un almacenero, un económico y dos técnicos. Y Wenceslao:

—Ahora a lo que se está dando tratamiento fundamentalmente es a los derrumbes totales, que ahí sí tenemos problemas con la recuperación. ¿Por qué? Porque la mayoría de las personas que viven acá no tienen documentos legales de su vivienda, y ese es un paso primordial para poder darle atención al derrumbe total. ¿Por qué? Porque, bueno, la ley lo dice, al no tener la propiedad de la vivienda, no tener habitable, no se le puede dar la propiedad, y eso tranca el proceso. Hay gran cantidad de personas con disposición de construir por esfuerzo propio, pero no pueden por ese motivo. Sin embargo hoy tenemos 51 personas que están construyendo su casita con los recursos que tenemos. Se recibe acero, cemento, grava, arena, hay tejas de zinc. Con sistematicidad, cada un mes más o menos, esos son los recursos que más llegan, por ejemplo de acero llegan dos mil y pico de barras, y la venta es buena, incluso se está atendiendo ahora a los que tienen licencia de construcción que no son damnificados. Pueden adquirir ese acero, hasta un nivel. La recuperación no es solo para Sandy. Pero se prioriza a los que fueron afectados. ¿Con qué tenemos problemas? Para cerrar más expedientes. Si nos llegaran ventanas, puertas, tanques y más tejas de fibro ya hubiéramos resuelto buena cantidad de casos.

—¿Por qué a los que no tienen documentos no se les resuelve la situación?

—Qué sucede, aquí hay mucha gente que construyó ilegalmente. Esto, al ser zona de campo, llega cualquiera a un lugar, y pone una casita ahí. Hay quien lleva años, pero al no tener habitabilidad, nunca ha podido legalizar su vivienda, y si no tiene propiedad no puede adquirir recursos para hacerla habitable.

—Wenceslao, eso es un ciclo sin fin.

—Esto se ha debatido en todos los escenarios, estamos esperando por una resolución que debía dictar el Instituto Nacional de la Vivienda para poder darle tratamiento a esa gente.

—Y en el caso de los Gallo, ¿no se piensa al menos en algún subsidio para ese caso específico?

—No. ¿Por qué? Porque el subsidio también parte de la legalización de la vivienda.

Marlene Rivero, especialista en inversión estatal, subsidios y esfuerzo propio en el Punto de Materiales:

—A todo el que solicita se le hace la visita. Tenemos menos de una semana para verificar la afectación, nos comunicamos con el Puesto de Dirección y se hace el permiso de construcción, el dictamen del arquitecto de la comunidad, todos los documentos.

Iliana Castro Magaña, representante de subsidio de la Dirección Municipal de Vivienda de Santiago de Cuba para Siboney:

—Existen muchas personas que no poseen el documento legal, deben ser muchos más los subsidiados, pero la legalidad es primordial. Ahora estamos haciendo un llamado para todo el que solicitó subsidio antes del ciclón, en 2012 y hasta 2014. Están los que lo han solicitado, los que no han sido aprobados, más los que pueden solicitar. Lo fundamental es que tengan el documento legal actualizado. Todos tienen derecho a solicitar subsidio.

En Siboney los asentamientos hablan de las cosas elementales, de las cosas sin nombre: El Brujo, El Delirio, El Oasis, Soledad, La Caridad, El Refugio, El Carpintero, La Gran Piedra, El Sapo. No es raro que una orquesta de Siboney se llame Salsa Chula.

El Punto de Materiales, el Puesto de Dirección del Gobierno y el Consejo Popular están contiguos. Aquí había un bar en el genesiaco 1958. De su techo cayó hacia la muerte Manuel Blanco, dueño del bar. Había también una tienda, una carnicería, una cafetería y un depósito de cocos de Siboney.

***

Tras el paso del ciclón, incomunicación total en La Cantera, solo hay algunas zarzas de unos centímetros de altura, pero en el camino que conduce allí los árboles caídos, las piedras, los trozos de la naturaleza y la humanidad arrancados por Sandy obstruían el acceso.

Se limpiaron montañas de escombros de la vía principal.

En Siboney se conservan obras de arte invaluables, fragmentos de ladrillos amorosamente tallados, escombros revividos, casitas que son un primor, rompecabezas en cuatro dimensiones. Siempre falta algo, algo en la otredad.

—En la cueva –dice María– no teníamos ni un mechón ni un fósforo ni na’. Hasta que amaneció, y en ese momento digo, bueno, deja ver mi casa, que he dejado patos, camas, pero qué va, mi vida, casa y cama, nada, nada, todo fue para el mar.

—¿Qué hicieron entonces?

—Na’, empezamos a decir, bueno, aquí hay que hacer algo, algo hay que hacer. Nos daban comida, allí en el autoservicio, el Consejo Popular, buena atención, hay que ser agradecido.

La historia que condujo a María Laborde Brron a la cueva comenzó en Jamaica. Sus ascendientes llegaron a Cuba por Guantánamo, pasaron por Jutinicú antes de terminar en Santiago. Con doce años María llegó a Siboney, trabajó y se jubiló como custodio de la cantera.

—Mi suegra y dos tías de mi mujer hablaban inglés –dice Gallo padre–. Yo no entendía ni papa.

El 24 de octubre de 2012 un visitante llega a Cuba. Iba para Granma, pero Jamaica lo endereza. Espera la madrugada, el día siguiente. Las montañas lo contienen. Solo queda un lugar donde no hay montañas: el mar. Encaja en la bahía, en la puerta de Santiago. Es bello, es odioso. En los días siguientes, si es que hubo, muchos lloraron en esta ciudad.

Los siboneyes perciben la atmósfera espantada, dolorosa, petrificada, dentro de sí. Un desenlace. Un desasosiego, como una tragedia.

—Sandy nos trancó el paso –recuerda Roberto Gallo hijo–, ya no había transporte, un camión sin techo evacuó. Una mujer que había estado esperando en la parada, con una niña chiquita, corría con el ciclón detrás para que alguien le abriera la puerta. Muchos con niños chiquitos se salvaron porque subieron para la Academia de Ciencias. Él entró por Mar Verde, dio la vuelta, subió para la Gran Piedra, después entró en Sardinero y se metió con Siboney, parece que tuvo un combate fuerte con la Gran Piedra. Dicen que en Chivirico un montón de bóvedas se destrozaron, y estaban los muertos levantados, con to’ los pelos, los cráneos, to’ afuera.

Juan Odelín Lugo:

—Me sacó el carro, rompió la puerta del garaje, la puerta de la calle, la cerca, voló y cayó más allá de la carretera, más de treinta metros. No desapareció del mapa por caer en un hueco con raíces y demás que lo retuvieron. Pero estaba asegurado, a los dos años el seguro me lo cambió. Esto fue dramático, dramático… Yo saqué a las dos hijitas mías, para una casa que está ahí en la escalera que sube para la Academia de Ciencias.

Alexander Matos perdió la casa y ahora exhibe con orgullo su campito de tomate de unos metros en la aridez de La Cantera.

—Yo le vendía leche y queso al Estado, tenía más de cincuenta chivos. El ciclón acabó con todos ellos, con todo. Los quemamos, los botamos. Cómo nos los vamos a comer, compay, si no había con qué cocinar ni corriente para guardarlos. Hubo que regalar animales a la gente a ver qué provecho le iban a sacar. No, y gallinas, patos…, los ahogó, los desbarató…, esto se llenó de escombros. Mira, ese tanque –no era mío, ni sé de quién es– vino flotando, pa’ que tú sepas. Lo acomodé en alto para distribuir el agua en la casa, la ponen los viernes, viene llegando los domingos, está casi a punto el lunes y la quitan. Viene del pozo Majayabo. Tuve que vender un caballo también, por una pata que se le jodió, todo esto se llenó de pedruscones y de mar…, no dejó nada. Siboney se cayó, te lo digo yo que soy nativo. Antes de Sandy mi sembrado tenía veinte metros más. Las piedras, la gente, el camino, todo se corrió más para acá, un poquito más lejos del mar. Yo había comprado camiones de tierra vegetal, tuve que volver a abrir la tierra pedregosa, cincuenta centímetros y ya es laja completa. Y más camiones. Yo tengo un niño de un año y días, construyo lo más lejos del mar que puedo, y la zapata alta como loco. El Estado me dio una bolsa de cemento y el modulito de tejas de zinc de emergencia. Yo pesco submarino, lucho el pesca’o, saco una pala de arena y una de polvo si hablo en la cantera. Yo tenía un coche colonial. Les dábamos tres vueltas a los muchachos por un peso, aquello era una bola de muchachos pa’ montarse. Aquí no hay diversión, no hay un restaurante las 24 horas, no hay nada. Uno se disgusta. Tú sabes cuánta gente se ha parado aquí, “dime, el queso que tú haces”, y esto y lo otro, y yo, “compay, el ciclón llegó primero que tú”.

***

Roberto Gallo hijo (Foto: Lian Morales)

Roberto Gallo hijo (Foto: Lian Morales)

La cantera se explota. La pedrera…, no. Allí algunos valientes mordisquean con lo que pueden la piedra.

Robertico Gallo está unos cuantos tonos más oscuro que hace un mes.

—Hicimos una enramada al pie de la cueva, con pedazos de cartón, nailon, lo que encontramos. Dormíamos en una tabla y en el suelo –dice.

Eran Gallo padre, María, el mayor de los hijos, el hijo esquizofrénico, el hijo que vino de Santiago a ayudar, su mujer que vino después, y el nieto y el sobrino de Gallo padre.

—Después llegaron tres colchonetas –dice Gallo padre–, de Chávez… Gracias a Hugo Chávez.

—Fui a rescatar al perro –continúa Robertico–. Una piedra que estaba terminando de acabar con la última pared por poco me mata. Luché con una puerca en medio de las olas, la traje al hombro, y dos chivas también. Veía las piedras volando. Estaba oscuro, pero se veía el mar rojo, había una bola roja que venía como gritando, yo nunca había visto eso, y volví a entrar a la cueva.

En la pedrera Robertico y un vecino, trabajando toda una semana, pueden sacar 10 m3 de piedras para enchapar muros; los venden a 700 pesos cubanos, a veces, cuando viene alguien a buscar. Las lomas de piedra sacada se quedan en el descampado. Se las pueden robar.

Robertico tiene ojos verdes grisáceos, de tigre lloroso. Se ha lavado, pero sigue lleno de arena, en pie, y desesperado por acabar con el periodista sentado en el único “asiento” y volver a la pedrera. Allí lo único que no es mineral es el hombre. El dolor es constante, inmóvil, telúrico. La pedrera es la escultura del infierno.

—A las 4:30 de la tarde ya el mar estaba aquí – dice, clavando sus ojos en los míos, luego en la pedrera–. Desapareció una nave de Materiales 14. Dura treinta minutos más y nos ahogamos todos en la cueva. Aquí donde estamos ahora todo era marabú y lo quitamos. Yo lucho en la pedrera desde las seis de la mañana hasta que se va el sol. Trabajé veintidós años en el restaurante La Rueda, pero como no era rentable nos empezaron a pagar según lo que produjéramos en el mes. Ganábamos muy poco.

María interrumpe. Hace rato se oye de choza en choza preguntando por un peso.

—A las tres semanas de Sandy –prosigue Robertico–, dos funcionarias, una de Vivienda y otra de Planificación Física, vinieron a pedirme los papeles de la casa y el carné. Me desperté, estaba intrica’o en la cueva, propenso a que me cayera una piedra en la cabeza. Respondí que se los había llevado el ciclón. Discutimos. Yo digo que el funcionario, el dirigente, tiene que tener buena forma, así como Expósito, que es un tipo chévere con el pueblo, nagüe. Hay gente aquí que tiene dos y tres casas, y hay quien no tiene. To’ eso yo lo valoro, mi cabeza da vueltas. Si no hubiéramos hecho nada seguiríamos en las mismas.

Robertico trabajó como custodio en Las Pocetas, en la finca El Porvenir, en el Parque Baconao.

—Yo soy revolucionario a todas, amo mi patria, a mi Comandante. Siempre traté de ser correcto, denunciar lo malo. Iba y hacía guardia dondequiera aunque estuviese de descanso, tuve problemas laborales, me hacían un número ocho a cada rato. Una vez, subiendo una escalera, me sube la presión, caigo del último peldaño…, sangré toda la camisa. Me pasaba los días orando, para que me dieran esto [la choza], que después tuve que desarmar, con un vecino, porque estaba muy cerca de la pendiente [la meseta], y toda el agua se metía. Ahora igual se mete el agua por debajo de las tablas. Tuve que poner unos cables para tener luz. Cuando fui a buscar el módulo de platos, el cubo y la colchoneta que estaban dando, aparecía marcado como si lo hubiera cogido. Tremenda guerra para cogerlo. La Iglesia también ayudó. Cuando pasa este tipo de cosas mucha gente se afecta. Nosotros hemos quedado para el final.

Ahora la choza de Robertico es una muy original parodia de la Torre de Pisa. En la cueva se ponía en posición fetal, abrazado al colchoncito para protegerlo, le caía una cascada.

—Cuando llueve aquí, recojo todo y me quedo paraíto en firme en una pared, igual que en casa de mi papá. Escampa y vuelvo a organizar la casa. No son tiempos de pedir tantas cosas. Aquí no te traen un sirope, no hay supermercado. Yo confío en Expósito, pero esto es una escalera, uno dirige a otro y a otro y a otro. Hay gente que ya tiene materiales y que ya construyó y quiere más.

En la cueva había mosquitos, unas mariposas que pican, de todo. Amanecía con la cara llena de ronchas. Un día, llega y encuentra que un operario de la Campaña Antivectorial le ha llenado la cueva de cal. Al ver eso se le hacen agua los ojos. Había cólera. Cuando se encuentra con el operario, este le pregunta: “¿Tú no tienes dónde vivir?”. Después recapacita y le dice que puede enfermarse.

Félix Alberto Gallo Laborde, el menor de los hijos Gallo, parece el más desesperado:

—Es mucho, estamos comiendo candela, me entiende, hierro, estamos obstinados. Iban a hacer una casa, para mi hermano, que llevaba casi dos años en la cueva. ¿Íbamos a ser siete en una casa? [Se refiere a la choza de corteza]. Me decían que estaba estresa’o, me decían “cálmate que te va a dar algo”. Me pasé el ciclón ayudando a los vecinos, salvando pertenencias. El otro día hizo un aire, se dobló to’ esto, tuve que encaramarme en el techo a poner piedras. Los pocos clavos se doblan, se zafan a cada ratico. No tenemos cerraduras, ni pestillos.

Gallo padre se mueve lentamente, tiene una voz espectral, de hombre antiguo:

—Yo tenía nueve años cuando vendimos en Santiago y fabricamos aquí la casa de mi abuelo, que me crió. Él murió, yo estaba en el Ejército, una hija de él se quedó con la casa. Después la sellaron porque allí mataron a alguien. Ahora la tiene otra gente. Uno no sabe pa’ quién trabaja. No cogí ni un caldero. Fui auxiliar de Guardafronteras, una pila de años cuidando la costa noche y madrugada. El ciclón Flora me lo pasé cargando caña al hombro en Río Cauto y en Manatí, Las Tunas, atasca’o hasta los sesos en el fango. Trabajé más de treinta años en esta cantera.

Hace unos días a Gallo padre le quitaron la manguera del vientre. Le dio frío, calor, mareo. Ahora la diálisis es por el brazo. Un hermano murió de insuficiencia renal.

Martín Gallo, nieto de Roberto, vive en la tienda de viejos pedazos de zinc y tela, apenas tres metros cuadrados. Dos ruedas de carreta lo sujetan todo. Tiene esquizofrenia, diecisiete años y una madre de paradero desconocido.

María vuelve de la búsqueda. No encuentra al nieto. Una vez más.

—Le da mucha hambre, y a veces se pone agresivo. Antes, aunque fuera un caramelo le traía la mamá, que también está enferma de los nervios. No tengo ni pastillas, están carísimas. Llevo dos años en el peloteo, me vuelvo loca. La psiquiatra del policlínico envió la carta a Seguridad Social. Sigo esperando. No me conviene que ande por ahí, y menos los domingos. Hay gente abusadora. Él se ha ido para la ciudad solo, perdido, capaz que me lo maten por ahí. A veces tira palos, piedras, rompe vasijas, tejas. Ha estado a punto de matarnos. Si no estuviéramos en esta situación, no estaría tan jodido. Si se internara, uno iría a verlo, lo sacaría dos o tres días para acá. La mamá le hizo rechazo. La culpa de los mayores la pagan los muchachos.

Yohandry Moreno, el sobrino de Gallo padre, no tiene asistencia social. En las entrevistas siempre dijo que él sí podía trabajar.

—Menos mal que Robertico conoce la enfermedad y es el que atiende los ataques de epilepsia de Yohandry.

María sigue recuperando el aliento:

—Gracias a Dios que por lo menos me mandó ese barquito de auxilio. Yohandry es cariñoso, va adonde le den comida. En su casa pasaba hambre. Nos busca una leñita, quiere pescar, pero no puede ponerse en peligro.

—También tenemos que mantenerlo –dice Gallo padre–, mi cartera está lisa. Los médicos no pasan terreno, vivimos en la tierra, no tenemos ni televisor ni refrigerador, solo un ventilador que me prestó unos días mi hermano Jesús, que está trasplantado del riñón. También echó su vida en la cantera y vive igual que nosotros. El poquito de leche de llevarme para el hospital tengo que guardarlo el día antes allá lejos.

Gallo y su hermano eran del Destacamento Mirando al Mar. Recuerda una vez que sacaron cuatro kilogramos de cocaína.

—Era de la buena, nos lo dijeron cuando la analizaron. Si hubiéramos sido otro tipo de gente fuéramos ricos, pero yo no soy eso.

—Si no hacían la de mi papá, la de los enfermos –dice Robertico–, que no me hicieran nada. Vinieron por la mañana y al mediodía las terminaron.

Las chozas están en un yermo a un centenar de metros del mar, a unos saltos de la cueva.

—Aquí no hay amparo para el agua –suspira el padre de los Gallo.

A lo lejos, alguien canta. No sé qué rayos. Los alaridos son hoscos, largos, aborígenes, como de una mujer primípara. Pero es un hombre. Parado en medio del camino. Dice que en Siboney hay casas y calles desaparecidas por la naturaleza. Me dice que era una mujer la que cantaba. No hay ser vivo que se acuerde de ella. Hace mucho tiempo, murió.

Sobre el autor

Lian Morales Heredia

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